portada del disco Efectos Personales

Todo apuntaba a que Danza Invisible había entrado de nuevo en una buena racha y que este “Efectos Personales” (GASA, 2001) iba a salir beneficiado de ello. Sin embargo, no fue así por dos motivos. El primero, porque el grupo decidió reenfocar su estilo para este disco y madurarlo más, dotándolo de más trabajo y otorgándole un carácter más serio. Segundo, porque el resultado es infumable.

“Efectos Personales” es un día de mala resaca en la que tienes un montón de importantes compromisos y nada te sale ni medianamente bien. Ah, la fiesta estuvo bien, pero ahora hay que encarar esto y es que no hay manera. No hay un single claro, Ojeda se desboca innecesariamente, como las peores divas, mostrando su portentosa voz -que lo es, eso ni se duda- innecesariamente y, como ocurre muy, muy, muy a menudo, se confunde “madurez” con “aburrimiento”. Este disco no es maduro: es aburrido. Sofoca. Poco aire fresco entra aquí y hasta los momentos más bailables o rockeros se perfilan a un nivel bajo. A lo más, de esas me atrevo a salvar "Las ruedas", pero le sobra bastante adorno.

Por todo ello, este disco no gustó al público más allá de algún fan irredento; el grupo le tiene un gran cariño a pesar de todo, imagino como una madre que quiere a su hijo tonto, guarro y bizco. El peor disco de Danza Invisible.

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