portada del disco Blas y Las Astrales

¿Una obra maestra o una tomadura de pelo?. Buscando referencias sobre este disco es posible que aparezcan estos dos calificativos. "Blas y Las Astrales" (Inane, 2000) es un escueto catálogo de un universo reconocible pero a la vez intransferible. Escueto porque apenas llega a los veinte minutos, y reconocible, porque está lleno de referentes a la cultura popular (mucha de ella fanzinera o directamente basura).

Empiezan presentándose con “Blas y Las Astrales son fenomenales”. La desastrada voz de Blas Chinchilla y los marcianos coros de Las Astrales, el feísta sonido de casiotone con sus ritmos pregrabados, la ausencia de una producción como tal… todo hace parecer que es una broma. Pero ellos se toman muy en serio. De hecho comentan que “molan mazo, ¿sabes?”.

Tras ella aparece la joya del disco. Si el referente básico de la banda dedicó una canción a un bote de Colón, pues ellos titulan la suya “Dixán”. La temática de un fantasma escondido en un tambor de dicha marca, que atormenta al protagonista, le hace decir ripios como “están pasando cosas raras dentro de mis bragas”  con un ritmo de… música de cámara. Trasladándonos a ambientes versallescos o del Salzburgo de la época de Mozart, con coros de ultratumba, narra el horror de la casa encantada que ríete tú de las películas de William Castle.

Siguiendo con la temática paranormal, en “Incursiones astrales” se narra un viaje, esto, astral, cuando llega la duermevela, al ritmo del himno de Eurovisión casiotonizado. Aunque más tarde nos desvelarán su secreto en “Somos de Saturno”, no podía ser de otra forma más que una banda de extraterrestres, amigos de Astraco (de Los Mundos de Yupi) y con superpoderes. Quizá este disco era su forma de apoderarse del Planeta Tierra.

Los otros dos puntos álgidos del disco junto a “Dixán” son su cuasijit “Drogas duras”, construida sobre el ritmo de la sintonía del programa de TVE Gente Joven y hablando de aficiones politoxicómanas con un trotón ritmo que la hace poco menos que irresistible, y la demencial “Me satura tanta cultura”, con uno de los versos más certeros del cambio de milenio: “Me satura tanta cultura, demasiada información, que viva la telebasura, esa es la solución”. Sin tener que recurrir al rock urbano, al punk o al rollo cantautoril hacen una crítica de la sobreinformación y a la vez de la pose seudointelectual.

Como queriendo demostrar que menos es más, el crisol de estilos utilizado en el breve álbum es agotador. Si ya han pasado por la música clásica o el tecno-pop, ahora se atreven con “El rap”, riéndose de todos los tópicos del emergente estilo en ese momento, y con otro gran lema: “abandona tus neuronas”. También le dan a la jota en el número más prescindible del lote, “Chorrapoa”, en la que desvelan que más que de Saturno son de Calahorra. Además de esto una oda al consumismo pobre en “Todo a cién”, y una versión significativa del “Pero qué público más tonto tengo” de Kaka de Luxe, rebautizada como “KK de mix”.

¿Estamos ante un buen disco? Definitivamente no. Musicalmente biafreño, cantado de forma paupérrima, con textos menos ingeniosos de lo que los mismos autores quieren pensar, no puede verse más que como producto de una época que se estaba terminando. Y mucho de su valor reside en ello, el ser un testigo de privilegio de un momento concreto (el final del pasado siglo) en un lugar determinado (la Malasaña del tontipop), que fenecía para dar paso a algo más concreto.

Y más aburrido.

Su problema es que todo lo que representaba había nacido y caducado veinte años antes.

Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Esta web utiliza cookies propias para facilitar tu navegación y una atención personalizada gracias a la información estadística que obtenemos tras analizar hábitos de navegación. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

ACEPTAR
Aviso de cookies