portada del disco Alta Suciedad

La nueva andadura de Andrés Calamaro tras bajar el telón de Los Rodríguez levantó mucha expectación, tras la notoriedad que logró el músico argentino a raíz del éxito de la banda madrileña. Hiperactivo por naturaleza, el artista comenzó a sentirse constreñido en el grupo y prefirió retomar su carrera en solitario, una decisión que levantó ampollas en el seno de la formación y también entre muchos seguidores, conscientes de que el nivel alcanzado con el cuarteto era difícilmente superable.

Calamaro abrió su nueva etapa contando con todos los lujos posibles. La compañía DRO puso a su alcance la producción de Joe Blaney -responsable del sonido de "Palabras Más, Palabras Menos" (DRO, 1995)- y la participación de la flor y nata de los músicos de sesión estadounidenses. "Alta suciedad" (DRO, 1997) fue grabado en Manhattan en febrero de 1997, e integraron el equipo músicos como Marc Ribot -guitarrista fetiche de Tom Waits-, Steve Jordan -batería de Keith Richards-, Charley Drayton -bajista de Herbie Hancock y Johnny Cash, entre otros- o Hugh McCracken -colaborador habitual de Steely Dan o Van Morrison, nada menos-. La oportunidad era, por tanto, única.

El músico argentino había estado grabando en su casa, mientras apuraba sus últimos conciertos con Los Rodríguez, una maqueta con temas nuevos que presentó a Blaney. El productor norteamericano se quedó boquiabierto: buena parte de "Alta Suciedad" está ahí, con las canciones exquisitamente arregladas. La revista Efe Eme publicó una edición especial del disco incluyendo este material, que permite comprobar el enorme talento del cantautor bonaerense. Fue la base sobre la que trabajaron los músicos en el estudio, mimando hasta el último detalle.

El resultado es "Alta suciedad", un disco soberbio que se nutre del talento de un compositor en estado de gracia y de la calidad de unos músicos que barnizaron la grabación de música negra. Ninguna de las canciones flaquea, nada es prescindible, todo suma. Una delicia para los oídos.

Abre el disco la canción que le da nombre, un petardazo que estimula el espíritu insurgente y carga contra la clase política argentina, siempre en descrédito. Hasta parece anticipar el corralito: “Señor banquero / devuélvame el dinero / Por ahora, / es lo único que quiero / Estoy cansado de los que vienen de amigos / y solo quieren rellenarme el agujero”. Le sigue la evocadora "Todo lo demás", repleta de imágenes brillantes y con algunos versos definitivos: “Puedo presumir de poco / porque todo lo que toco se rompe / Te presté un corazón loco / que se dobla con el viento y se rompe”.

En este último tema, Blaney quedó tan encantado con los coros que Calamaro había hecho en la maqueta que se cuidó mucho de hacer grandes modificaciones.

"Todo lo demás" deja paso a "Donde manda marinero", una de las mejores canciones que Calamaro haya facturado. Monumento a la insatisfacción, tiene trazas de tango y gana con cada escucha: “Con el crudo de las bodegas, volveré a buscar / todo el tiempo vivido que hemos perdido sin protestar. / Voy a probar primero al olvido, a lo ajeno / voy a mandar al retiro, de un tiro, al culpable de mi soledad”. "Loco", un funk redondo donde los músicos se lucen y que se convirtió en single, relaja un poco la intensidad, es un remanso a la espera de la próxima vuelta de tuerca.

Y la siguiente vuelta de tuerca es la célebre "Flaca", que por muchas veces que suene en las radios -parece como si el autor no tuviese otras canciones- seguirá manteniendo intacta su belleza. Una melodía de inicio arrebatadora da paso a una letra majestuosa, que habla del amor con espinas, el que duele y da vida a la vez, del que deja marca: “Flaca, no me claves tus puñales por la espalda / tan profundo, no me duelen, no me hacen mal. / Lejos, en el centro de la tierra, las raíces del amor / donde estaban quedarán”. Una maravilla que los músicos impregnan de soul y que habla, dice Calamaro, “de los pequeños daños que nos hacemos a veces las personas”.

La rebeldía ante la realidad, que aparecía ya en "Alta suciedad" y "Donde manda marinero", parece conectar los siguientes cortes del disco, "¿Quién asó la manteca?" y "Media Verónica". El primero es un funk al ralentí que brama contra el tedio y la mentira, y el segundo cuenta la historia de una joven golpeada por la guerra: “Llegó una carta desde el frente / el cántaro se rompe / y se secó la fuente”.

"El tercio de los sueño", una canción donde se confunden el blues y la ranchera y que ambienta un amor fatal en la corrida de toros de San Isidro, remite a José Alfredo Jiménez y a Bob Dylan, y demuestra que aún en las piezas aparentemente menores el talento de Calamaro es un manantial: “hay un hombre que recuerda / y aunque la memoria muerde y no le engaña / en la tela de araña cayó / y la mantis ya se lo comió”. La pequeña "Comida china" es otro de los momentos de descompresión del disco.

"Elvis está vivo" bromea con las leyendas sobre la falsedad de la muerte del rey del rock, aunque la letra parece hablar más bien de una tradición que sigue viva -“en Memphis lo saben todos / pero es gente muy discreta / y no dice nada”-, y acaba invocando humildemente a la inspiración -“Elvis es un buen tío, / espero que me invite a comer”.

"Me arde", otro de los single, trata de espantar a los celos mientras que la balada "Crímenes perfectos" trata de aliviar una ruptura y supone otra de las cumbres de la grabación, con  versos maravillosos: “Me parece que soy / de la quinta que vio / el Mundial 78 / Me tocó crecer / viendo a mi alrededor / paranoia y dolor / La moneda cayó / del lado de la soledad”.

"Nada es igual", un reggae que huele a pura marihuana y contiene un recitado del filósofo Antonio Escohotado, precede a la guinda del disco, "El novio del olvido". Una gema acústica que, con ironía, habla de la ¿imposibilidad? de mantener los lazos muerta ya una relación, y que Ribot teje con su guitarra. Es un brillante punto y final al álbum.

Un trabajo imbatible, que dispersó (al menos entre la mayoría) la nostalgia de Los Rodríguez, y que colocaba a Calamaro a la altura de cualquier estrella (Rolling Stone lo eligió como mejor disco de la historia del rock argentino). Él mismo habla de la ambición que se escondía tras "Alta Suciedad": “Fue quizá el primer álbum en castellano con capacidad para venderse en India o New York, el primero hecho para conquistar el mundo”. Escúchenlo y verán lo difícil que es llevarle la contraria.

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