CONVERSANDO CON GERMÁN COPPINI

Una de las muchas satisfacciones que me produjo la elaboración de «50 Anos de Pop, Rock e Malditismo Na Música Galega» (Toxosoutos, 2010) fue poder conversar con Germán Coppini sobre el pasado, presente y futuro de la música y descubrir su amor incondicional hacia ella. En el siguiente texto simplemente transcribo sus impresiones, sin adulteraciones innecesarias, justamente a dos días de enterarnos de su trágico y fulminante fallecimiento.

Un placer, Germán.

Foto de Xulio Correa
Foto de Xulio Correa

La Movida fue ante todo euforia, creatividad; había menos posibilidades que ahora, y muchos menos medios, pero esto lo suplimos con una gran curiosidad. Teníamos muchas ganas de hacer cosas, la falta de medios y de conocimientos musicales en muchos casos se suplió con talento. Fuimos una generación técnicamente inferior a la siguientes pero dejamos grandísimas canciones que perduran y perdurarán a lo largo de la historia. Hoy en día sufrimos una avalancha de nada, vivimos en un mercado saturado en el que no hay tiempo para escuchar música con la tranquilidad necesaria.

En esos primeros 80 éramos una hinchada generalizada, amigos unos de otros y los éxitos de nuestros vecinos los asumíamos como propios. En ese sentido podemos hablar de corporativismo. En la actualidad la música está regida por el anarco-individualismo, falta definir unos objetivos y unas formas. Nosotros vivimos los inicios de todo, tanto los grupos como los medios y las discográficas fueron pioneros en todos los aspectos; era un proceso continuo de acción-reacción, no había miedo a equivocarse: primero se hacían las cosas y si funcionaban se mantenían. Era todo como un constante programa piloto. La curiosidad llevaba al descubrimiento, y no teníamos ningún pudor a la hora de reconocer influencias o apropiaciones ajenas. Esto es importante, las generaciones antiguas deben estar presentes siempre, la música carece de puertas, es un proceso en continua construcción que tiene unos cimientos que deben reflejarse.

En cuanto a mis inicios con Siniestro Total y Golpes Bajos tengo que decir que Vigo era un territorio muy duro en el que la mejor manera de hacer soportable la semana era tener un grupo con otro tres o cuatro descerebrados en el que tocar los fines de semana. Sin proponérnoslo alcanzamos la notoriedad. Creo sinceramente que el hecho de que con el tiempo se generara ese romanticismo acerca de los primeros Siniestro y Golpes Bajos fue su corta vida, no dio tiempo a desgastarse, a convertirse en réplicas absurdas de lo que habían sido.

Luego llegó mi aventura en solitario, de la que tengo que decir que me hizo desmarcarme de un mundo y una industria en la que perdí la fe -aunque la pasión del músico se regenera constantemente, por eso continuo en escena-. Los 90 fueron años terriblemente tristes para mí, perdí a mis padres y a mi hermano y me sentía formando parte de una industria mezquina sin visión para llevar adelante mi carrera. Reconozco que tuve una trayectoria atípica y que pagué los platos rotos por ser un pionero, por ser el primer solista, y es que fui el primer solista, entendiendo por esta definición el primero que salió en solitario a un escenario alejándose del prototipo de cantante romanticón. No se valoró mi papel, Urrutia, Manolo García abrirían el camino posteriormente.

Lo que más me duele hoy en día, es que se reconozca nuestra labor mediante premios y palmadas en la espalda pero al mismo tiempo nos cierren las puertas de la industria y los medios para dar a conocer lo que hacemos actualmente. En otros países el artista lo es hasta que muere, y se le reconoce su trabajo dándole la oportunidad de desarrollarlo durante su vida. Aquí nos reconocen las canciones que hicimos de adolescentes, con apenas veinte años, y ahora que tenemos el doble de edad y el doble de cosas que contar, se nos condena al olvido.

De lo que más orgulloso me siento es de ser siempre fiel a mí mismo y no convertirme en un trabajador de la música que edita un villancico cada Navidad, todo eso a pesar de ser lento y prejuicioso para hacer determinadas cosas y de tener un carácter muy visceral que fue el responsable de algún que otro encontronazo.

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