Categoría: LA GASTROTECA

Tatin de peras / Marisol
Tatin de peras / Marisol

No somos como nos vemos a nosotros mismos. Tampoco somos como nos ven los demás, esa imagen que proyectamos y que apenas podemos controlar. Somos como somos, con nuestros reversos, nuestros ángulos, nuestros recovecos, un magma gris donde nada es blanco o negro. La visión general de ese todo completo no la tiene nadie.

La imagen más extendida de Marisol es la de la niña prodigio, canora avecilla de alas cortas, criatura decente y vital, ángel radiante, virginal representación de una España catolicorra, de confesionario y ovispones predicando que sólo era moral su moral (siguen insistiendo en ello).

Pepa Flores quiso desprenderse de todo aquello según fueron pasando los años setenta. Qué hartazgo, qué atragante más insoportable debió de sentir y padecer con tanta hipocresía y tanto puritano para que dinamitara todo su yo posando desnuda para la revista Interviú en 1976. En la transformación que había iniciado no sólo se le veía el semblante más grave; el registro musical también empezaba a ser otro. Y llegó 1980, que si nos parecía de una modernidad palpitante, en realidad no lo era del todo. Los tiempos modernos entonces eran incipientes, primeros balbuceos, más brotes verdes de lo por venir que un árbol ya cuajado de hojas. Y ahí había estado antes ella, Pepa Flores, no aquella Marisol famosa aunque conservase el nombre artístico, para poner delante de todos a una mujer que reclama su derecho a hacer lo que le salga de la gana, que toma sus propias decisiones, que manifiesta un empoderamiento inusual hasta entonces, que denuncia el abuso, que da un golpe en la mesa tan fuerte que derrama las copas de las convenciones y hace torcer el gesto macho.

Galería de perpetuas (Zafiro, 1979) es un disco único, portentoso, una pedrada lanzada contra el escaparate de lo establecido. Asoma la intención desde la primera línea que se escucha: “Hay cosas / que hay que arrancarlas de cuajo / y echarlas en una fosa”. Y así hasta el final. La reafirmación de su sexualidad: “Aunque mi madre no quiera, / cuando te vayas a Río, / por un capricho que tengo / en la bodega del barco / me voy a meter contigo”; o “Piña, mora, chirimoya, / naranjas, / uva, melón, / caquis, higos y aguacates, / cereza y melocotón […] Y entre el duermo y ahora velo, / durmiendo con el frutero / le robé el fruto mejor”. El aullido contra el yugo histórico: “La mujer… ¡un enser más / del macho y la sociedad / por el macho gobernada”. Historias de mujeres “condenadas” en la vida: el grito de denuncia por la violación sufrida en “Por la fuerza”; la pajillera que se gana la vida con la mano en “Cuestecita de Moyano”; la recluida para que prevalezca su honra y no le ladren los curas (“Duerma usted tranquila, madre”); la que se negó a seguir consintiendo malos tratos (“Galería de perpetuas”). Tremendo todo.

Un disco para darle la vuelta a las cosas, revertir situaciones. Como una tortilla de patatas o una tarta Tatin, que quedan incompletas si no se las voltea. ¿Quién fue realmente Pepa Flores, la primera o la segunda? Ni la una ni la otra; fue ambas. En su honor y para que no le quiten lo bailado con el frutero, esta tarta tatin de peras.

Twitter: @goghumo

Lasaña de setas / Caliza
Lasaña de setas / Caliza

 

¡La Geología no es una ciencia!, clama y proclama Sheldon Cooper con una tirria más intensa que la de cualquier otra de las múltiples fobias de este personaje de la serie Big Bang Theory. Podríamos aventurar que el pensamiento del personaje juega con la disyuntiva de que si una ciencia es la que investiga, experimenta, plantea hipótesis y deduce leyes, la Geología más bien organiza, estructura, clasifica. O sea, que tiene más de taxonomía que de método científico. Pero la Geología igual habla de formaciones, describe la composición y la estructura de la Tierra, indaga en pos de yacimientos y profundiza en términos como remoción de masas, como teoriza, por ejemplo, acerca de cómo las placas tectónicas afectan la diversidad de la fauna. Así que, como casi todo en esta vida, el origen del odio de Sheldon por la Geología es mucho más prosaico: proviene de un desengaño amoroso juvenil.

Lo que nunca se dice de la Geología es que esta disciplina es una de las mayores aportaciones de la humanidad al vivero léxico de la crítica musical. ¿Hay alguien que jure no haberse topado nunca en una reseña con palabras como capas, estratos, sedimentos, manto, erupción, subsuelo, telúrico… para describir un disco? Desde luego, si queremos hablar del debut en solitario de Elisa Pérez, habitual baterista hasta entonces en varios grupos (Cosmen AdelaidaAñade este contenido, Rusos BlancosAñade este contenido), te topas inmediatamente con la tentación de recurrir a ese tipo de metáforas o imágenes geológicas. Y te sientes incitado a ello tanto desde el continente como desde el contenido. Para empezar, su nombre artístico: Caliza. A continuación, la portada del álbum —Medianoche/Mediodía (Discos Walden, 2015)—, que se acompañaba de pegatinas de minerales para que cada cual tunease la tapa a su antojo. Y por último, su composición musical.

La repentina, inesperada y misteriosa aparición (erupción) de Caliza tuvo en vilo a la escena indie. Caliza es Elisa Pérez haciendo pop sintetizado a base de loops superpuestos (capas), restos (sedimentos) de krautrock, insondables (telúricas) cajas de ritmo (¡Ella, una baqueteadora extraordinaria!) y una cobertura (manto) de electrónica fría. Desde el primer corte, Caliza despliega una extraña capacidad para desconcertarnos y poner a prueba nuestra ambivalencia. Es como si sus canciones nos rodearan con una soga y tirasen de ambos lados en direcciones opuestas: mientras nos anima con ritmos sintéticos bailables, nos hiela el alma con unas letras donde vierte su pesimista visión de la existencia, demasiado real como para que no nos afecte. “Verano no”, gélida como una estatua, con un martilleo machacón y una tristeza palpitante que te horada el ánimo, es el mejor ejemplo.

Los suelos calizos son muy fáciles de distinguir, incluso a simple vista. Marrones y con muchas piedras, no son precisamente terreno abonado para que asomen las setas. Para eso está el mercado si no eres de salir con una cesta a buscarlas a parajes más propicios. Compra una buena cantidad, prepara un relleno con ellas e intercala láminas de pasta en una fuente de horno, verás qué estratificación culinaria más suculenta. Y si además se hace mientras suena el disco de Caliza, no quedará geólogo ni hambrólogo que se resista.


 

Twitter: @goghumo

Pita vegetal / Trastos
Pita vegetal / Trastos

 

Para quienes vivimos dentro de esas agitadas siglas que hoy son la UE, la llegada del euro representó el inicio de una nueva era, la toma de conciencia de que estábamos verdaderamente aventurándonos por un nuevo siglo. El euro era la proa segura que nos dirigía hacia un porvenir feliz e idílico. Atrás quedaban los reales de nuestros abuelos, sus posguerras y sus miserias, la transición o lo que fuera aquella travesía en la que nos encontrábamos. Las pérfidas equivalencias monetarias que trajo la moneda común en el fondo nos hacían sentir más ricos que pobres, aunque las subidas de precios, todos redondeados al alza, no se adecuaran a nuestra realidad económica; nuestras ínfulas nos alimentaron durante un tiempo. Qué obsoleta se quedó en ese preciso instante aquella queja del grupo Trastos, de cuando un botellín valía 8 pesetas. Un atraco por aquel entonces, según cantaban en una de las canciones más cerveceras que se han compuesto en español.

En caso de que tras el Brexit y las pandemias todo se vaya al traste (atención al asombrosamente ingenioso juego de palabras usado) y la eurozona termine siendo el nombre de un antiguo territorio —como una Asiria o un reino de los Burgundios—, los españoles podríamos instaurar el botellín como nueva moneda de cambio. Como quizá no sería muy práctico andar con botellines arriba y abajo, volveríamos a recurrir a las monedas pero esta vez cada comunidad autónoma podría poner en la cara trasera de las nuevas acuñaciones el dibujo del logo de la cerveza más popular de su región. Podéis perfectamente imaginar cuál habría en Galicia, en Cataluña, en Andalucía, etc.

Trastos fue una banda que equivocadamente parecía prefabricada para quinceañeras. Siempre conjuntados (de rojo y negro la mayoría de  las veces), con la poderosa CBS detrás, se les veía como un producto (hoy día les promocionaría alguna marca cervecera como hacen en los festivales). Eso hizo que no contaran con el apoyo de la crítica musical. El fenomenal empuje de la discográfica, que a codazos los metieron en el afamado concierto homenaje a Canito en la Escuela de Caminos de Madrid, hizo que grupos de la Movida tenidos por independientes en aquel momento no los aceptaran en la manada.

A favor de Trastos, pocos temas hay en el cancionero ibérico como la exultante “El poli te ve” que haya plasmado con tanta frescura la new wave de entonces. “El botellín” es de un vacile encantador. Y “El loco de la línea 5”, basada en un personaje real que pululaba por el metro, es un tema que le habría gustado firmar a Moris, Mermelada o incluso, a su manera, a Kaka de Luxe. Las tres están incluidas en el único álbum que grabaron (CBS, 1980), aunque al resto de cortes les escuece que el inefable productor metiera unos vientos y unas cuerdas discutibles en los arreglos.

Trastos duraron lo que se tarda en comer una pita con un botellín. En este caso una pita vegetal, que la comida rápida no tiene por qué ser sinónimo de comer mal. Ni Trastos un grupo tan poco considerado.

 

Twitter: @goghumo

 

 

Kétchup / Las Rodilleras
Kétchup / Las Rodilleras

 

Pulverización de cristales en el suelo de la cocina. Se te ha caído un vaso, que no ha dudado en deshacerse en pedazos de todos los tamaños al llegar abajo. Te agachas para recogerlos, pero con uno de ellos te pinchas y de la yema del dedo asoma una gota de sangre. Te quedas mirándola unos instantes, atraído por ella como por las llamas de un fuego, antes de llevarte el dedo a la boca y succionar la dulzura del tibio fluido.

La imagen de la sangre nos lleva a pensar en un vino denso, pimentón líquido, cerezas licuadas, kétchup a borbotones. Ay, el kétchup… El kétchup tuvo que existir porque las patatas fritas pedían a gritos chapotear en algo. Su historia incluye ese punto de genialidad que diferencia una creación de otra: tiene como origen al ketsiap chino, una salsa picante que acompañaba el pescado y la carne pero que no incluía el tomate entre sus ingredientes, algo que se ocurrió al señor Heinz. Desde entonces, kétchup y sangre han convivido juntos como símil. La de kétchup que sale en una película, decimos, cuando tiene escenas con mucha “sangre”. Bien lo sabe, por ejemplo, Peter Jackson, que dirigió una de las cintas consideradas más sanguinolentas de la historia del cine —Braindead (Tu madre se ha comido a mi perro)— y que parece rodada durante una tomatina de Buñol.

El kétchup con patatas fritas es infancia pura. Una niñez que no se nos ha borrado; continúa en nosotros. Es un plato tan ligado a aquella época de nuestra vida como las rodilleras que nos cosía nuestra madre para alargar la vida de los pantalones o las que nos poníamos en el patio del colegio para no desollarnos las rodillas cuando nos tocaba de portero. No llegaremos aquí al extremo de Paquita la del Barrio, que en una de esas canciones suyas rebosantes de resentimiento recomendaba a su expareja unas rodilleras para que las usara con su propia madre si se ponían ambos en determinada posición. Nos quedamos con otras Rodilleras, el trío de chicas que residían en Londres cuando grabaron Horror Pleni (Disundead Records/Cruda Realidad, 2009). El álbum es un catálogo de garage-punk truculento y onda siniestra, cobijado bajo el espíritu de The Cramps. Gore musical, podría decirse, ya desde los títulos de algunos de los temas: Festín caníbal, Roja como la sangre, Sosa cáustica u Homicida. En esta última, nuestra favorita del disco, cantan: “Llevo dos muertos en el maletero / soy una homicida total”.

 

Atención, la salsa de tomate casera, cuando hierve, es tremendamente bulliciosa y escandalosa. A poco que no tengas cuidado con las tapaderas, paredes, encimeras y puertas de armarios lucen como si se hubiese cometido un asesinato en la cocina. Y pueden tomarte por un asesino en serie, por el carnicero de Milwaukee, por otro homicida total.

 

Twitter: @goghumo

Papaya con carabineros/ María Jiménez
Papaya con carabineros/ María Jiménez

Intentaré hablar de María Jiménez sin que me salga una sarta de adjetivos como si fuera una ristra de ajos. Y digo bien que lo voy a intentar, porque sé que me costará, que tendré que esforzarme, que reprimirme, pero sabed que a mí toda la impetuosidad de esta cantante me arrastra, me exalta y me atiborra la mente de calificativos. Qué narices, no me aguanto. Ahí va: bulldozer arrollador, tornado del flamenco y sus arrabales, propaladora de energía, cuando canta te tiemblan las piernas y te peina pa’trás, fuerza rubia, lugareña exótica, talentazo brioso, inaudito camaleón, artista huracanada, potencia del cante, ardiente fuego fogoso, chorro pasional, resurrección salvaje, tierno volcán, suprahumana, insufladora, temperamento desbordado, lúcida evocación de lo que llaman vida.

Esta sevillana ha sido siempre una gran intérprete, de esas cuya personalidad fagocita lo que toca, en este caso, lo que canta. Igual que el bogavante ilumina cualquier plato en el que aparece, María Jiménez mejora una canción si participa en ella. Chano Lobato, Joaquín Sabina o La Cabra Mecánica, por ejemplo, lo saben. Un dueto con Tom Jones habría sido lo más parecido a un tsunami del espectáculo. Además, siempre ha poseído esa capacidad para hacer de todo un poco —ya sean rumbas, tangos, bulerías, boleros, rancheras o baladas— tan desmadejadamente brillante, tan a su manera, a lo lolafloresco en cierto sentido.

Desde su primer álbum (Movieplay, 1976) pisó para dejar huella. Y eso que empieza con unos teclados progresivos (volverán de nuevo al final) que ocultan, como un telón antes de abrirse, lo que se vendrá a continuación. Con golpes de pecho, se irá abriendo camino corte a corte, con una seguridad y un temple propios únicamente de los llamados para ser auténticos artistas. Según haga falta en cada caso, muestra vigor, sensibilidad, firmeza, sensualidad; se muere de amor como no está dispuesta a aguantar tonterías. Es cierto que venía rodada (la llamaban La Pipa en los tablaos), pero aún así hay que tener agallas como papayas para dejar grabado un primer disco como este. Hay en él una madurez impropia de quien tiene 21 años, como ella tenía entonces.

Es un disco que pide cocinar algo fresco, muy fresco, singular, aromático, que lleve fruta, marisco, hierbabuena, sésamo… Se me está acabando lo bueno que tengo.

Twitter: @goghumo

Pappardelle con espárragos/ Betacam
Pappardelle con espárragos/ Betacam

Muchas pasas. Pasas por todas partes. Se pasan con las pasas. A la mínima que te distraes, te aparecen en algún plato. Hasta se les ha ocurrido meterlas entre las bolsas de kikos. Ya lo escenificó, a su manera, Sheldon Cooper en un capítulo de Big Bang: Amy le prepara con cariño sus galletas favoritas, y él, con la apabullante falta de tacto que le caracteriza, le devuelve un “Tú lo llamas amor, pero tiene un montón de pasas”.

Lo de los alimentos ricos en fibra es una de esas letanías de los nutricionistas. Ya se sabe, la fibra alimentaria, además de mantener la flora intestinal —ya es capricho llamar flora a todo eso que vive y convive en el intestino—, empuja, da espesor y conduce al baño. Los espárragos, como las pasas, son otro de esos remedios para avivar el tránsito. Verdes o blancos, no importa; los mismos brotes a dos colores, todo depende de si han crecido o no
recubiertos de tierra para que no les dé el sol, espárragos albinos como ratones de laboratorio que nunca hayan visto la luz natural.

Javier Carrasco es alto y delgado; definitivamente alargado y, por qué no decirlo, de figura esparragada. Pero de las de yemas verdes, porque es persona radiante, soleada. Tiene el don musical de esparcir esos rayos luminosos allá donde colabore, en el ya casi incontable número de bandas en las que ha participado o participa, bien grabando o acompañándolas en directo.

Remedando a Astrud, hay un hombre en España que lo toca todo, y ese es él.
Su proyecto personal se llama Betacam, que con «Mítico» (Intromúsica, 2018)Añade este contenido ha emergido del subsuelo llamando la atención de más medios y de algo más de público del que tenía hasta ahora. Claro que describir Betacam como un proyecto ‘personal’ se queda corto. Betacam es él y sólo él con sus sintes, algo estrictamente individual, lo cual engarza en el hilo de esta historia, pues los espárragos, aunque los veamos en manojos en los mercados, afloran de uno en uno. En «Mítico» hay una decena de ellos, gruesos, jugosos, sin hebras, cojonudos. Diez canciones que no son fácil botín para el olvido, sino que permanecen y reaparecen en tu mente. Emocionan, alegran, hacen que te sientas identificado. Son retratos de la edad adulta, cotidianos, agridulces, tuyos. “Otras chavalas”, por ejemplo, es una de las declaraciones de amor más
honestas que uno haya escuchado. O “Rey Sol”:

Te quise dar calor
como si fuese el sol.
Creí ser suficiente, pero no,
de pronto me apagué.

En el fondo «Mítico» es un disco romántico, que es algo que no se dice quizá por miedo a resultar cursi o como si ello llevase implícita una connotación negativa. Es romántico en cuanto que habla de los sentimientos que nos asaltan en las relaciones amorosas y los efectos secundarios que conllevan, de cómo nos engullen sus contradicciones.

Twitter: @goghumo

 

 

Gazpacho/ Veneno
Gazpacho/ Veneno

Podríamos convenir que no hay dos gazpachos iguales; incluso cabría sugerir que hay uno diferente por cada casa española. Una respuesta tajante a tamaña afirmación sería que lo mismo ocurre con cualquier otro plato, como el cocido, por ejemplo. Sí pero no. Es en el gazpacho donde las texturas y los sabores tienen un ligero no sé qué que los hace distinguirse más. Un cocido llevará este o aquel ingrediente, sin embargo, el todo no varía sustancialmente, mientras que en todos los gazpachos se esconde una receta susceptible de pequeñas pero decisivas variaciones.

Eso sin contar con que hoy día los tipos de gazpacho se han multiplicado al ritmo de la tabla del 9: de sandía, de melón, de remolacha, verde (abundante en pimiento y pepino), blanco (almendras y manzana)… Seamos serios, gazpacho, lo que se dice gazpacho, es el de tomate; lo otro son meras sopas frías. Así pues, centrémonos en el de toda la vida —con los sutiles toques personales o familiares que cada cual disponga—, y que suele asociarse con Andalucía. Para acompañar el rato mientras lo preparamos, que suene un disco de profundas raíces andaluzas pero sin ortodoxia ni academicismo, que al gazpacho lo que mejor le sienta es una alborotada mezcolanza.

Kiko Veneno y los hermanos Amador fueron el punto de partida de los tan efímeros como cruciales Veneno. Por hacer un símil que venga al caso, Rafael y Raimundo serían el pan y el tomate, y Kiko el aceite que emulsionaba todo. Esta combinación surgida en Sevilla en la segunda mitad de los años setenta fue única en su concepción musical. El asunto cuajó en un solo disco homónimo (CBS, 1977). Por aquellas fechas las cosas aún estaban delicadas para eso de la censura, así que la fotografía de la tableta de hachís de la portada se amplió con bien de zoom para que la interpretación no fuese tan evidente. Quedaba un resquicio para la duda, como la pequeña grieta que la recorre. La edición de 1986, cosas de las discográficas, se tituló «Grandes Éxitos» (CBS, 1986). No obstante, es idéntico disco, con las siete mismas canciones, en el mismo orden y sin alteración alguna o temas añadidos. Solamente es la portada la que aparece algo cambiada. Sobre el fondo original, que ahora recuerda a una pared, se dispusieron las fotos del quinteto al completo y dos miniaturas: encima de un suelo color gazpacho, una inefable e indescifrable figura de mujer está subida sobre la típica silla que usa un combo flamenco en sus actuaciones, con lo que podría entenderse que de eso iba el álbum. Etiquetarlo así sería demasiado simplista. Se ha dicho de este disco con enorme tino que “es flamenco que quiere ser rock que quiere ser flamenco”, pero que no es una cosa ni es otra, ni tampoco es flamenco-rock. Es un disco poligonero, en el que se arrumbaron escombros procedentes de muchos géneros musicales para revolverlos junto a una pizca de delirio surrealista, unos gramos de aire hippy y aroma de suburbio.

Una última curiosidad que parece cerrar un círculo. En el estribillo de “Los delincuentes”, tal vez el corte más reconocible de Veneno, se dice: “Me quiero asegurar que mi sombrero está bien roto y así los rayos pueden entrar en mi cabeza». Kiko Veneno acaba de publicar nuevo álbum titulado «Sombrero Roto» (Elemúsica, 2019)Añade este contenido.

Gazpacho también son las ideas que tienen algunos políticos en su cabeza, aunque eso es otra historia.

Twitter: @goghumo

MorisSe tiene a la cebolla por alimento pobre y humilde. No le favorece el tosco traje que lleva puesto, la escasa elegancia de su aspecto, lo burdo y simple de su condición. Si al menos fuera como la lustrosa berenjena, como la alocada calabaza o incluso si tuviese el dorado de una patata nueva. Cierto es que hay cebollas amarillas, blancas, rojas, y así hasta una docena de variedades. Pese a la diversidad de colores, tamaños, formas y apelaciones rumbosas —cebolletas, chalotas, cebollas perla, albarranas, cebollas de primavera…—, no consigue sacudirse el estigma de alimento bajo y sostén de desharrapados, que Miguel Hernández
poetizara: “La cebolla es escarcha / cerrada y pobre”.

Sin embargo, no hay restaurante que no la trabaje por muy finos que sean los manteles que cubren sus mesas. La cebolla siempre está presente, es imposible que falte. Sobre ella se asienta prácticamente toda la gastronomía, repostería aparte (aunque algún
postre habrá que la lleve). No es sólo el pilar, la base sobre la que construir un plato, es el cimiento sobre el que levantar los principios de tu alimentación. Porque en una casa sin cebollas podrás comer, pero nunca comerás bien. Ya lo dijo Arquímedes, dadme una cebolla y moveré el mundo. O tal vez fue Arguiñano. Lo mismo podría decirse de una patata, pero si hay una patata en la despensa, habrá una cebolla, cosa que al revés no ocurre necesariamente. Y qué más quieres, si se cultiva todo el año, es barata y tiene la amabilidad de aguantar semanas en la alacena sin echarse a perder.

A veces la cebolla te hace llorar más que un documental sobre crías de foca apaleadas. Hay quien se pone en la cocina unas gafas de buceo para evitarlo, pero en esta vida hay que tener dignidad incluso para llorar. Lo de que se te caigan lagrimones cuando la descuartizas tiene su explicación científica. Al parecer, en la historia intervienen unas sustancias que se liberan y mezclan durante la acción, de manera que producen un gas con azufre; este, al entrar en contacto con agua, como la humedad que protege los ojos, se descompone en ácido sulfúrico, ante lo cual el cerebro reacciona ordenando a los conductos lacrimales que abran el grifo y produzcan más agua, es decir, lágrimas. Visto así, ¿no tiene su belleza?

Pocos artistas han cantado tanto a la ciudad de Madrid como el argentino Mauricio Birabent, alias Moris. Llegó en 1975 y antes de volverse a su Buenos Aires natal, grabó cuatro discos por aquí. El primero de ellos, «Fiebre de Vivir» (Chapa Discos, 1978)Añade este contenido, lo convirtió en una figura legendaria que aún hoy no se ha diluido. Lo que Moris hacía era algo parecido a lo que en Inglaterra se llamaba entonces pub rock, que era un rock afín al rock & roll clásico, o sea, un rock básico, humilde y sencillo en su concepción, pero de enorme sabor en su interpretación. Un rock cebolla.

Escuchando sus temas, te imaginas a Moris paseando de noche por la calle Princesa, el barrio de Tetuán y Cuatro Caminos, las plazas de Colón y de Castilla, los bulevares de Arturo Soria, o tomando un búho solitario con destino a otra parte de la madrugada. La portada, de hecho, lo muestra bajo la luz de un farol en una calle dormida. Y en el disco, canciones con nocturnidad y melancolía. Morís encarnaba o daba voz al proletariado, trabajo duro, de sol a sol, salario escaso, el metro como medio de transporte, esperando al fin de semana para salir y olvidar como toda meta en la vida, en la que unos zapatos de gamuza azul son la propiedad más preciada. Parece mentira que a estas alturas la letra de “Rock de Europa” no haya perdido ni una pizca de actualidad.

El himno que lo inmortalizó es “Sábado noche”. Es, además, uno de los mejores temas que existen en castellano para acompañarte en una cocina. Es vibrante, eléctrico, contagioso, un trío de adjetivos que enardecen cualquier plato que prepares. El martilleo de su teclado acompasa de maravilla el picado de verduras. Lo puedes escuchar un puñado de veces seguidas, hasta acabar de cortar el kilo de cebollas que necesitas para un pastel, por ejemplo. Chas, chas, chas, chas… Y notas una cascada de lágrimas por las mejillas, que no sabes ya si son
de la cebolla o porque las historias de los parias que retrata Moris te han puesto triste.

Twitter: @goghumo

Bizcocho de manzanas/ Parade
Bizcocho de manzanas/ Parade

La población robótica que coloniza la Tierra se halla escindida. No se sabe cómo ha podido suceder. Era imposible que las órdenes de base con que estaban programados los androides se vieran alteradas. La computación era perfecta. La planificación automática impedía, o eso se pretendía, actos violentos en contra de cualquier otro autómata. Sin embargo, las funciones “cognitivas” de los CYMX han sufrido una mutación en los bits. La inteligencia artificial ha cobrado atisbos de comportamiento individual más allá de lo esperado. El razonamiento y la conducta actúan por sí mismos.

Los autoproclamados CYMX-pr1 persiguen a los denominados CYMX-pr0. Ahora ambos bandos luchan hasta la aniquilación. La guerra sólo acabará cuando se extermine la facción contraria. En Gogintania, el ataque de los CYMX-pr1 está resultando especialmente cruento. No pueden oler el hedor a cable quemado, al chisporroteo de millones de cortocircuitos, pero no son ajenos a las escenas de destrucción. Por todas partes yacen cuerpos metálicos reventados, con sensores y terminales despanzurrados; un lóbrego rastro de componentes retorcidos y vertidos de níquel-cromo. Acosado por la ofensiva del enemigo, el humanoide Parade51, un CYMX-pr0 de última generación, emprende la huida. No queda ningún otro de los suyos en toda el Área 51. Lleva días atravesando páramos hasta que ha ido a parar a un valle preñado de verdor, donde insólitas criaturas reptan, corren, saltan, vuelan y, lo que más le fascina a Parade51, se llevan alimentos a la boca para ingerirlos. Él mismo ha empezado a percibir en su interior algo nuevo. Aún no lo sabe, pero si tuviese un dispositivo que lo avisara, se encendería el piloto de lo que podría llamarse hambre. Le llama la atención un animal enroscado en la rama de un árbol. Tiene el cuerpo largo y estrecho, sin extremidades, con la piel cubierta de escamas, que le atrae irremediablemente con el magnético siseo de su lengua bífida y que parece invitarle a que coja la manzana que cuelga a su lado. Parade51 la toma y la muerde…

Millones de años más tarde, alguien hornea una masa de manzanas mientras gira un disco en el salón de la casa. Está sonando ya “Bizcochos”, pero esos son unos bizcochos, digamos,infrecuentes, “de gente muerta”. El tema cierra el tan hermosamente singular «Demasiado Humano» (Jabalina, 2016), de Parade, que compuso Antonio Galvañ un día que, invadido por una impresión ancestral que no supo identificar, se sintió metálico.

Twitter: @goghumo

Conejo con castañas / Los Mitos
Conejo con castañas / Los Mitos

Gagarin, Neil Armstrong y Pedro Duque, cualquier astronauta, los científicos de la NASA y demás agencias espaciales, saben que los cielos están poblados de vacío, silencio, soledad y estrellas, como cantó el poeta. Nada más; ni hay dioses ni se les espera. Gracias al avance del conocimiento, los cielos y sus etéreos moradores han entrado en decadencia. Antes era una
fiesta, sobre todo en la mitología clásica. Todas aquellas deidades y sus líos, tan humanos los pobres. Era entrañable aquella candidez divina. Luego se nos vino encima la otra, la mitología del cristianismo, donde lo inocente se tornaba retorcido, oscuro y avieso; se deshumanizó, el bien y el mal se desgajaron, se polarizaron, y se sembraron la culpa y vagas ilusiones de
salvación.

Desde entonces hasta llegar a nuestros días, la mitología no ha dejado de transformarse, de reelaborar su sentido semántico; ahora mito es que si te arrancas una cana te salen siete más, mito es Marilyn Monroe, o que la vitamina C previene los resfriados, que Einstein suspendió matemáticas, que los delfines son los animales más inteligentes después de los humanos. Tanto se ha licuado su significado que mito puede equivaler a leyenda, quimera, infundio.

Como la historia de que siglos atrás una ardilla podía cruzar la Península de norte a sur saltando de rama en rama sin necesidad de pisar el suelo. Ya puestos, mucho más íbero y mítico es el conejo, que hasta lo llevamos incrustado en el nombre. Según algunas teorías acerca de la etimología del apelativo latino Hispania, este provendría a su vez del fenicio Ispan (‘conejo’), de cuando aquellos comerciantes arribaron a Torrevieja y Guardamar (es decir, nuestra costa mediterránea así en general). De ser cierto, debieron de encontrarse con los campos plagados de colonias de gazapos. Los romanos insistieron en la idea de que aquí abundaban esos pequeños animalejos de orejas desmesuradas e incisivos salidos llamando “conejera” (cuniculosa, decían) a esta tierra. Que haya decenas de recetas con conejo en nuestra gastronomía también significará algo (de ardillas he visto menos sugerencias culinarias): a la cazadora, al ajillo, asado, de parranda con un arroz…

Muy emparentados con la cosa del comer —o del no comer, mejor dicho— estaban Los Mitos, pues antes de formarse el conjunto como tal, algunos de los miembros formaban parte de Los FamélicosAñade este contenido. Los Mitos eran de Bilbao y, como toda buena comida, hacían un pop sencillo, jugoso, condimentado en su punto. Hasta consiguieron que medio país canturreara uno de sus temas, “Es muy fácil”, desbordantemente feliz y soleado; claro que teniendo detrás al genial productor Rafael Trabuchelli todo era así, muy fácil. Algunas de las letras de Los Mitos hoy pueden resultar ñoñas, de fuego de campamento santurrón, pero al escuchar esas melodías perfectas y esos arreglos formidables a uno le entran ganas de echarse a andar silbando y dando brinquitos, como un conejo, porque te sientes flotar en un mundo en el que han dejado de existir las preocupaciones y los quehaceres.

Twitter: @goghumo