portada del disco Voodoo Ritual

Grabado entre 2016 y 2017 en los Estudios Mirage y Laboratorios Ordesa de Cartagena, donde trabajaron con R. Ros como técnico de sonido, y con diseño, mezclas y masterización a cargo de Juan, su guitarrista, este ritual de vudú sirve a Kante Pinrélico como muestra palpable de su vitalidad y energía.

Componer una canción de punk oscuro para preguntarse por las condiciones metereológicas habituales que escenifican las letras de las canciones siniestras pasa por un golpe de estilo propio de los de Cartagena. Encuentran siempre el punto de vista justo, la separación adecuada para afrontar todo con el sarcasmo que les salva de andar sacralizando un género sacrílego y hereje para con religiones.

Decían sentirse a gusto en el laboratorio, así lo proclamaban desde el título del disco anterior. Ahora proclaman trabajar en el maniconio, en un tema en el que antes que nada, es puro rock poderoso.

"Tumba que veo, tumba que abro", resulta harto difícil no dejar escapar una sonrisa ante la irreverencia que se gastan en un terreno tan escabroso y peliagudo como el de la necrofilia de un género que tiene en el camposanto su habitat habitual. Coros fantasmales y efectos de burbujeo final para arropar el punk de guitarras rocosas de "Calaveras en mi bañera".

Es precisamente entre las tumbas del cementerio es por donde corren los canes de "Perros de lluvia", una canción que se sustenta en el equilibrio que conforma el estribillo que canta Pepe y las guitarras.

Por su parte, "Sangre qué bien" se abre con el sonido de campanas. Luego un riff para colocar todo en una especie de rock stomp clásico. El tema de los vampiros que se sorprenden ya viejos cuando se miran en el espejo (¿pero no decían que estos seres no se reflejaban?) resulta sencillamente irresistible. Una auténtica congregación de ellos llegada de distintas partes de la geografía mundial es la que hay en "Reunión de vampiros". Entrecruzamiento de rock urbano y banda sonora de monstruos con el eco y rasgueo eléctrico habitual para finalizar.

Pero claro, a la hora de hablar de bebedores de sangre, cómo no invocar al verdadero príncipe de las tinieblas o, al menos, al actor que mejor lo encarnó: Christopher Lee tiene garantizado su homenaje con el mismo tema que abre el disco.

¿Qué ocurre cuando el alienígena no es ningún ser extraterrestre, sino el mismo terrícola emplazado allá arriba en otro planeta, sistema o galaxia? Te lo cuentan en "Planeta hostil", otra pequeña maravilla que combina letra ingeniosa, rock and roll oscuro como de versión de un clásico hecha por los Sex Pistols de cuando Glen Mattlock (hasta la última reverberación eléctrica con la que muere el tema recuerda a los ingleses) e intensidad.

Parece sonar incluso un teclado en "Entre cipreses", probablemente un giro de tuerca hacia la seriedad para poner pelos de punta ("No sé quién de los dos está muerto") en paisajes de frío invierno bajo la luz de la Luna.

¿Que eres un zombie lento al que se le escapa el papeo? Sin problema, te motorizas. "Zombies en moto" tiene esas disquisiciones en la letra, mientras que en lo musical oscila entre la velocidad de punk rock inmisericorde y distorsión final de guitarras propias de Motorhead o combos con esa carga. Inapelables.

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