portada del disco Vidas Ejemplares

En un 2011 de lo más interesante y prolífico en cuanto a grupos debutantes se refiere, llega justito a tiempo la puesta en largo de Los Lagos de Hinault, una genialidad cuidada hasta el más mínimo detalle de la mano del colectivo Fikasound. Grabado casi en su totalidad durante enero de 2011 en los estudios Maik Maier de Barcelona, con Cristian Pallejá (Fred i Son) encargado de la producción y masterización de Yves Roussel, la curiosidad técnica llega con la aportación de Guille Mostaza (Ellos), pasando a formato MIDI los ritmos de varias de las canciones. Para el artwork La Parte Gráfica parte de una idea del propio Carlos Ynduráin, a partir de un dibujo de unos cisnes encontrado por la red.

Es fácil, tras una primera escucha superficial, caer en el error de pensar que lo que los Lagos de Hinault nos proponen es una enésima ración de pastel, caramelos y confeti. Pero nada más lejos de la realidad. Mientras otros siguen anclados a esos clichés, éstos se dan cuenta de que muchos de nosotros nos hemos convertido ya en unos putos treintañeros, y de que, ya que el tiempo no perdona, puede convertirse en un perfecto aliado muy a tener en cuenta. Sí, hablo de madurez, pero de madurez bien entendida, de la que da la perspectiva de la propia experimentación vital, sin convertirnos necesariamente en algo pelma y aburrido.

Y eso es precisamente lo que Los Lagos de Hinault hacen, engañarnos ("a los 35 el autoengaño está permitido", en "La sabiduría de Occidente") con unos ritmos amables cargados de hiel y amargura, que no tristeza, pues se parte de la necesaria aceptación de la inadaptación y el fracaso, "algo que se consigue solo sin querer". Así, declaraciones de principios como "ya no soy ni triste ni llorón" en "Leandro de Borbón", o la más cruda aún: "Sí que es guapo, sería estúpido negarlo", en "Sí que es guapo", que se clavan como puñales.

Las letras de Carlos (todas las canciones están compuestas por él, salvo "La distancia sobrante", al alimón junto a Pablo Hernández, antiguo compañero de Portonovo y "Amor en frío", compuesta por Santiago Auserón y Kiko Rivas para Las Chinas) son muy puñeteras. Punzan, hieren. No vale de nada que intente descafeinarlas con esos ritmos saltarines y esas excepcionales armonías, melodías y coros de Matilde, uno de los puntos fuertes del disco y que sirven de contrapunto perfecto hasta el punto de haber sido comparados con los Magnetic Fields. Lo mismo da. Siempre, absolutamente siempre, en todas y cada una de las canciones hay algo que te termina desarmando.

Es en esta suerte de cinismo ilustrado y melancólico que nos encontramos con (anti)hits instantáneos como "Las chicas rubias de Serrano" ("las tengo que matar aunque sólo sea esta vez") o "El verano no nos quiere", por citar un par en este disco rebosante de saudade, que huye magníficamente de la cursilería y que rezuma, a pesar de todo, optimismo, o más bien fe.

LLH. VE. MMXI. El año en que Los Lagos de Hinault nos regalaron este excelso trabajo. El año.

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