portada del disco Tejido de Felicidad

Ante el milagro de la vida, lo único que hace atisbar un resquicio de felicidad es cuando podemos agradecer el amor y la existencia. Y, quizás, incluso, haya esperanza después de todo. Algo así debió pensar Fernando Alfaro cuando vio nacer a su primera hija. La felicidad y el amor desbocado que se celebra en algunos de los primeros temas de "Tejido de Felicidad" (Chewaka, 1999) no dejan de sorprender, teniendo en cuenta el abismo existencial que fue "78" (Virgin, 1997), su primer largo.

Producido por Kaki Arkarazo, el productor que mejor les ha sentado y un estupendo arreglista, el disco dispara con energía. En la inicial "Cirujano patafísico" el protagonista promete una vida feliz a su amor, si se deja, tras ese inusitado drum 'n' bass que lanza la canción de forma trepidante. En la segunda, la imparable bestia del amor se llama "Hamorambre", un nuevo concepto que añadir al diccionario del rock. Un alto en el camino celebra la vida en "Magic", en recuerdo a su amigo Ricardo que falleció agonizante en el hospital  -¿el "Ricardo ardiendo" de "Los Diarios de Petróleo" (Chewaka, 2001)?- y ese minuto de felicidad absoluta se atisba en "Mi vida en un segundo", al son de una composición del autor clásico Samuel Barber.

Para entonces, el disco vuelve a abordar el profundo caudal interno que lleva a amar a alguien, en el single "Revolución" que desemboca en un mar revuelto que enseña la cara más dañina de las relaciones en la pop y ácida "Mare Nostrum". Isabel León le da en la canción un contrapunto perfecto. El daño en la pareja ya no es involuntario en "Erección del alma", urgente y punk declaración de odio y deseo.

Un despiste en esta historia la protagoniza la niña poseída de "El Exorcista" (William Friedkim, 1973), que escupe su rock casi satánico en "Alicia Rompecuellos". El cine continúa presente en "Aguacero al infinito", que incorpora parte de la banda sonora de "Abre los Ojos" (1997) de Amenábar.

En este punto, la ruptura de esa imaginaria pareja es un hecho. Cuando es momento de mirar atrás y surgen las dudas sobre el amor perdido, le toca el turno a "Una f-foto tuya" con un evidente homenaje a "Twin Peaks": desde esos conocidos compases de la sintonía de Badalamenti al estribillo en el que se evoca a Laura Palmer.

Y como ya no se puede hacer otra cosa más que huir hacia adelante tras el desastre del amor, surge "Perruzo", otra manifestación de ese concepto que tiene Fernando Alfaro sobre las necesidades primarias. Es la forma más fácil de olvidarse de todo: volver a ser un chucho que sólo desea saciar su vicio y sacarle ansiosamente el jugo a la vida.

Después de esta montaña rusa de emociones al final, en una pista escondida, la primogénita de Alfaro aparece esbozando unas palabras.

Recogiendo retazos de otras vidas, las suyas propias, Chucho confecciona una obra maestra en la que quedan reflejadas las fases del amor, desde los inicios felices y de promesas hasta el desastre total. Y si encima a ello le sumamos la disparidad de estilos y de sensaciones que despierta, pues sí, estamos ante la obra cumbre de los de Albacete y una de las mejores del pop en España.

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