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LaFonoteca, Disco: Tan Simple Como el Amor
portada del disco Tan Simple Como el Amor

Las versiones o las citas sirven en el arte en general, y en la música en particular, para contextualizar a un artista y, para qué negarlo, dar pistas elegidas o falsas a los que escriben y analizan esa música. Comenzar un disco como “Tan Simple Como el Amor” (Elefant, 2003) con un tema en el que se cita a The In Crowds, a Barry White preñado de coros duduá, y con un innegable aire a la música surf (Brian Wilson es una de las obsesiones de Guille), es dejar las cartas boca arriba desde el minuto uno. Tras la maravilla que constituyó “El Sonido Efervescente de La Casa Azul” (Elefant, 2000), se hace esperar este nuevo disco nada menos que tres años. Para muchos, el debut oficial, debido a que el anterior era un disco de apenas ocho canciones. Para el que esto escribe, es su segundo disco tanto por intenciones (una evolución consciente en sonido del anterior), como por carácter de obra completa en sí misma del primero. De hecho, este “Tan Simple Como el Amor” es mucho más disperso, irregular, y supone un pequeño traspiés.

El inicio es excelente otra vez. “En noches como la de hoy” un sonido heredero de canciones como “Barbara Ann” de The Beach Boys (imposible no menear la cabeza al ritmo transportado desde los 60 al siglo XXI), no como un mero ejercicio caligráfico sino como una actualización en clave barcelonesa de ese ritmo, y con una producción sobresaliente, agotadora, con miles de lecturas. Unos coros finales pasados por el filtro del vocoder nos recuerda que ya es 2003. La energetizante “Quiero parar” parece una sintonía de dibujos animados, de Scooby Doo, un tema de los Monkees, un número de un musical hippie, perjudicado por una letra con tópicos no muy afortunados (hablar de caramelos es ponérselo demasiado fácil a tus detractores). Le sigue uno de los momentos estelares, la mágica “Vamos a volar”, vaporosa muestra de Sonido Filadelfia con delicados vientos, cuerdas de plástico, y una suave cama electrónica de la que es imposible escapar. Aderezada con un sample de una conversación intrascendente, pero que en su intranscendencia da un toque de absoluta sofisticación, es todo un triunfo. En “El Sol no brillará nunca más” se vuelve a los sonidos heredados del pop asiático, y aunque te invite a la pista de baile, nuevamente la letra es bastante tétrica, un canto dolido a la vuelta del amor que te deja de lado. Ahogada un poco en los filtros que utiliza Guille para retocar su voz (hay que admitir que no es un brillante intérprete), reconoce a la vez que necesita con desesperación al amor de su vida, pero que se entrega a lo mundano de otros cuerpos si lo pide el instinto.

Aquí comienza un bache importante. La terrible “Cambia tu vida” puede que encierre un mensaje muy trascendente, pero falla y está más cerca de una canción de misa que de una aparentemente buscada lisergia psicodélica, a tenor de lo que indica la instrumentación. “El secreto de Jeff Lyne”, homenaje a uno de sus productores favoritos, queda a años luz del modelo buscado. Además, por acumulación, los coros llenos de papapás comienzan a agotar y a dar una sensación de monotonía que puede ser injusta (el disco es muy variado, incluso disperso). El trío de fallos consecutivos se completa con “Prefiero bailar”: la no muy afortunada inclusión de una voz femenina con deficiente entonación da la puntilla. Una letra que sirve tanto para describir a ciertos personajes de la noche muy reconocibles, como para los críticos que parecen no enterarse de lo que los grupos quieren transmitir con su música. Dicho queda.

La breve “C'est fini” levanta el vuelo. Por momentos es casi un plagio de la celebérrima "Love so fine" de Roger Nichols & The Small Group Of Friends (ese final clavado). Con una magnífica producción, y un uso del estéreo buscando matices como en los primeros momentos de este elemento de la ingeniería musical, es uno de los puntos estelares de la grabación. Lástima de otro momento bache en “El Sol siempre brilla”, que remite al pop español de los años 60 (de hecho cita a Los Gritos, pero suena a Fórmula V).

A partir de aquí el disco vuelve a tomar los bríos de la primera parte y encadena una serie de irresistibles hits para todos los públicos. El single de adelanto con el provocativo título de “Superguay”, que una vez más deja en bandeja a los críticos de la banda las acusaciones facilonas de música intrascendente, con un toque pijo para cabezas huecas, cuando en realidad la canción habla de lo contrario. Un video de estética pop hipertrofiada (como la mayoría de las fotos, material audiovisual, iconos, apariciones en televisión, en definitiva, la imágen del "ficticio" grupo), tampoco ayuda a desprenderse del estereotipo más tópico que uno pueda imaginarse. La entrañable “Por si alguna vez te vas”, con un ligero toque country pero unida también al northern soul británico, tiene una de las letras más convincentes y trabajadas. El final es propio de Rocky Sharpe & The Replays. “Aunque parezca lo mejor”, acelerada como si la pisasen los talones, casi sin dar tiempo a Guille a cantarla, pone a prueba sus limitadas dotes vocales como intérprete.

El disco se cierra con la otra canción elegida como sencillo, la extraordinaria “Como un fan”, juego de palabras (¿quizá un homenaje a las adorables Astrogirls?) que establece símiles de diferentes ámbitos de la vida (desde los futbolísticos hasta los musicales), contando el deslumbramiento del amor que evita ver los numerosos defectos que contiene la persona amada, y que perdonamos “como un fan” se los perdona, pero que al distanciarnos se convierte en bilis y reproches por no haberlos visto en aquel momento, tornándose el dolor en puro sarcasmo. El final, propio del cheesecore de los Países Bajos, sorprende pero se integra a la perfección. Sensacional. Otra vez añade un bonus track, de menos de un minuto que, como en el disco anterior, no aporta nada, y en el que vuelve a lanzarse contra los (¿sus?) críticos.

En definitiva, un irregular catálogo de (grandes) aciertos y errores que allanaban el camino para el éxito masivo que llegaría en la siguiente obra, tras un periodo en que uno de sus trabajos alimenticios lo convertiría en todo un fenómeno mediático. Me refiero, por supuesto al archiconocido “Amo a Laura” que hizo para la cadena televisiva MTV. También todo un catálogo y declaración de principios que en menos de cincuenta segundos desfilen por las letras los fantasmas de Barry White, La ELO, The In Crowds, Stereolab, Ben Folds Five, Los Gritos, Cris Montez, Billy Joel, The Clash, el softpop… Queda para la reflexión cuántos de sus fans ya conocen estas disecciones o cuántos de ellos investigaran en el fascinante mundo de espejos que nos propone Guille Milkyway.

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