portada del disco Set Tota la Vida

Es muy difícil que catorce cortes puedan aumentar la gloria y el prestigio de una verdadera obra maestra del pop indie de una manera tan compacta y a la vez variopinta, siempre enriqueciendo sus sabores, y a la vez fortaleciendo, embistiendo su concepto, su filosofía, su riesgo. Con "Set Tota la Vida" (Sinnamon, 2007) Carabén alcanzó cúspides reservadas sólo a los más audaces. ¿La clave? Esa búsqueda metódica pero sentida y sufrida de la esencia, la poesía auditiva y lírica de las pequeñas cosas que respiran en nuestra vida: la intimidad, las preguntas, los viajes interiores, la infancia, el amor, la veneración, el apasionamiento, la visión futura... Aquí el grupo hace una apuesta valiente y decidida por la brevedad, por captar al máximo en el mínimo parpadeo, ir al grano, que decía Carabén y que empezó a vislumbrarse en su anterior LP.

Así pues, tenemos un álbum que transmite de cabo a rabo esa sed, esa predisposición kamikaze a vivir, a sentir sin medidas contrastadas, a plantearse con mayor ambición el futuro, la ansiedad por dar testimonio y entresacar respuestas, en un loop agónico, jadeante. Un viaje sin interrupción ni pausas. Canciones que se dan el testigo unas a otras sutilmente, abriendo nuevas ondas expansivas de una misma porción de belleza, multiplicando las posibilidades de caracterización y perspectivas. Fue para Mondo Sonoro -o quizá Rockdelux, da igual-, uno de los mejores discos del panorama independiente del 2007, lírico, agudo, también contradictorio y con un demostrado valor por hablar de las cosas sencillas sin temor, sin complejos, sin vuelta atrás.

Con un ritmo frenético y vitalista, arroja todo el zen esta "La tarde esclata", destaponando la sordera, invitando al convite del paracaidista. Rápidamente pero sin ningún tipo de duda lo dejan claro: "habría de decirte lo que quieres sentir / tendría que hacer lo que todo el mundo espera de mi / pero de repente el sol perfora una gran nube y estalla como si fuese una mañana/ y en este intercambio aparente / las verdades se confunden/ el cobarde es valiente / y en la tarde que pasa / entre que lo veo y lo entiendo / va creciendo que no nos necesitamos / la certeza pero nos tenemos'". Ahí es nada. Con qué complejidad y bisturí se pasa en un aliento, de un plumazo, tantas y tantas cuestiones abiertas sin saber cuál es de ellas. Un piano loco, supersónico y una batería machacona vuelan, estallan y se reintegran y vuelven a intentarlo por el mismo camino aceitunado. Sin bajar el caos o la velocidad, se escuchan coros a lo Beach Boys, cerrándose esta gema con "no se si me entiendes pero tú ya me tienes".

Toma la electricidad "Aguéev", que es el apellido del escritor de la afamada "Novela con Cocaína" (1935) cambia de tercio poniéndose en el lugar de la persona despechada con un redoble medido, respirado, casi prebélico. La intensidad nunca se abandona, va acaparando estados, descripciones, puntos de infexión, y se agarrota en una ráfaga tubular que si es un directo. David arqueará su espalda para reafirmarse y al final se apaciguará para desembocar en más poesía -"Neix el món dintre l'ull"- inspirada, escuchando "Molly" de Michael Nyman, donde su autor confiesa que vomitó todos sus fantasmas momentáneos en una reflexión abierta con cigarrillo a compartir: ¿Hacia dónde nos lleva? ¿Cuándo vendrá ese salto? ¿Donde quedó lo que soñamos ser? Y como la rutina, las agendas van diluyéndonos, sustrayéndonos de esa deuda personal.

Con la típica rémora obsesiva aparece repicando la rugosa "La forma d'un sentit", con un sonido sucio y alterado que explotarían más en su siguiente obra, una instrumentación sofocante, abigarrada, espesa, que da nuevas sacudidas a la contínua determinación, a la fe en un guiño del creador respecto al oyente, a su deseo nada velado de hacer eso mismo en algún momento o de alguna forma (sigue la mecha). Parece dedicada a los amigos, o como apuntábamos, al público.

"Qui n'ha begut" ganó por derecho propio los mimos y parabienes de fans y extraños. La adicción, la excesiva velocidad, las experiencias contradictorias, tantas cosas, tantas tazas de café empezadas y nunca acabadas. "Y ahora tú dime si es verdad lo que me han dicho que vas explicando / dicen que tú también lo has probado/ dime te acuerdas o cuando lo dejas todo se olvida / ahora tu  dime si es verdad / o tú tampoco sabes muy bien de que hablo / dime que es verdad / dime que no puede ser que esto también sea mentira". Están abiertos los turnos de palabra o esto ya lo había oído, pues como dice la letra, no sabemos si mezclado de Omar Jayyam, "qui n'ha begut tindrà set tota la vida".

La sección más herida, más sentimental del disco la abre el clásico "El temple", una canción que por muchos motivos se ha convertido en uno de los temas llave de mis refugios y estancias huidas. Delicada, lúgubre, sollozante, el tratamiento vocal de David es increíble, incluyendo su desnudo falsetto, que es motivo de carcajadas en sus directos, que dice así como si nada: "¿Qué haremos del deseo ahora que hemos encontrado el amor?"... toma ya. O ese comienzo genial: "Lo siento si una parte de mi cuerpo / no puede verte más que como un templo / si mi sentido de lo sagrado comienza allí donde se me acaba el vientre / lo siento María pero adorándote he perdido la mitad de mi vida". Empieza serena con guitarras dulces y nítidas, para ir adquiriendo pequeños matices sonoros habilitados por la percusión. Con el estribillo desaparece todo rastro, sólo David a dos voces: falsetto y una herida. Vuelve con una especie de fraseo de circunstancias y lugares donde el bombo y los platos marcan una descripción más acuciante, para desembocar en la desnudez completa del rezo principal, fascinante.

Más lírica y esta vez de la oficial en una versión muy valiente de un precioso poema de Joan Maragall, "Els ametllers", con una musicación más arriesgada de la lírica española respecto de la que siempre hemos sabido canturrear, y que consiste normalmente en una guitarra y en un acompañamiento previsible y rígido, usando una instrumentación un tanto tenebrosa para desembocar en una laguna de luz hablilitada por los teclados y unas guitarras más límpidas. La descripción episódica de la actividad dels ametllers es maravillosa.

"Un tros de fang", ya un clásico de la música sentimental de este lado de la indiana belleza, cómo se puede decir tanto en apenas tres esbozos de estrofas: "Tú no sabes cómo me haces sentir / como un muñeco cerca de la caja tan pequeño e insignificante / en tus manos un trozo de barro (...) tu no sabes reconocer en mi / lo que tengo nuevo te parece una lata y me arrugo y voy oxidándome / lo que encuentro dulce en ti te esconde / y para alargar la tontería que nos quemaba hoy está ahogándome". Con un ritmo endiablado, mimado por una percusión acariciante y metódica y esas notas de piano a destiempo en discordia que recrean tan bien esas dudas, y a la vez secundan en tonos más graves la carrera de los platos, simplemente perfecta.

Una bendición al reconocimiento del amor de la mano del mítico productor Paco Loco se emplea a fondo con esta carrera vertiginosa de redobles de tambor y confesiones desesperadas que es el visceral "Llavors tu simplement": "Tú eres la única causa santa por la que estoy dispuesto a sufrir, estoy dispuesto a padecer, estoy preparado para el dolor (...) Ay amor no te había visto todavía y a los ojos de la otra gente fulguraban otras drogas. Entonces yo era valiente, y el miedo la mejor medicina, entonces tú, simplemente, no existías"; vertiginosa, frenética, bailable, saltable, pinchable.

"Despertes l'inútil" cierra este círculo más íntimo, herido y romántico, con una gema delicada y grácil que habla de la dependencia, de los sentimientos irrefrenables, de los tiempos que no encajan, servido con una instrumentación mullida, húmeda, sútil... una pequeña obra maestra.

El medio tiempo de apenas un minuto "Alguna cosa em diu que sí" parece un apunte de libreta de viaje, sencillo, como un sorbete de limón de boda tras deglutinar los aparatosos platos, como un break. Vientos añejos de country y una interpretación vocal de sobremesa abre la parte más costumbrista del LP, que nos estampa el dulce-ácido "Em deuria enamorar" un tema muy bien resuelto, que se desenvuelve con sigilo y mesura creando una deliciosa tela de araña que independientemente de la historia que susurra: "Comienzas creyendo que te perderá la belleza hasta que te encuentras con el amor", da carpetazo al dilema de la percepción de la belleza contra el instinto y la química de los olores y las feromonas, que nunca coinciden, que siempre te alejan de esa fe.

"Vine", que parte al parecer de una base de Oscar D'Aniello, es sin duda la canción más experimental del album, con una suerte de musique concrète, bombo emulando los latidos, ese instante mojado en que sólo queda eso: la pertenencia, la locura, la desnudez... Se rompen todos los tempos y arreglos y florituras para quebrarse en una declaración de amor engulliéndose eternamente, mágica.

Y bueno amigos "D'un costat del carrer" es noble, cotidiana, muy sencilla, quizá la más liviana de todo el album, que desgrana un relato de rutina desde el balcón, desde la confusa consciencia de otro día, sin encantamientos ni engaños.

Así pues, uno de los mejores albums que se han parido en las provincias-países de este cajón de sastre en este siglo XXI. Ganas de vivir y sufrir, ecos playeros, preciosismo, energía venenosa, adicción asegurada. Les dejara con sed para toda la vida, garantizado.

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