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LaFonoteca, Disco: Presidente
portada del disco Presidente

Tras una cortina de humo se esconde el personaje de la portada que presenta el nuevo disco del Sr. Chinarro. ¿Malos presagios para afrontar el tan esperado trabajo de Antonio Luque? A estas alturas del partido no debiera uno dejarse llevar por augurio de ningún tipo. ¿Que las primeras críticas leídas aquí y allí no son todo lo positivas que uno quisiera esperar? Bueno, la verdad es que esos territorios ya los hemos transitado antes. Me viene a la memoria, por ejemplo, el repentino silencio que forcé entre los encargados de un puesto de discos con la compra en CD de dos trabajos de Sr. Chinarro, tras una actuación especialmente floja en el festival de Benicassim de hace muchos años. Cuestión de gustos.

Grabado en los estudios Sputnik de Sevilla con la producción de su guitarrista Jordi Gil, "Presidente" (Mushroom Pillow, 2011) viene a llenar el vacío impuesto desde "La Tapia del Perejil" (Mushroom Pillow, 2008), el que había sido su última entrega.

El arranque es desde luego desconcertante; inevitable resulta afrontar la escucha con algún a priori, o expectativa, y la primera parte del disco a la que se enfrenta el oyente puede forzar más de un fruncir de ceño. Creo que los problemas no vienen precisamente en "Una llamada a la acción", donde, a mi al menos, me ha parecido encontrar más de una pirueta válida en las letras. Pezones de la chica como detonantes de esa acción que reclama el título de la canción en el particular chico-encuentra-chica que nos relata Antonio Luque; incluso la aparente resignación con la que se afronta el hacer el amor, paso natural, lógico y aparentemente inevitable tras el ligue de bar. Contado así, ¿no tiene algo la historia de "Al calor del amor en un bar" o de los requiebros de "La culpa fue del cha-cha-chá" que cantara Gabinete Caligari?

Es quizás en lo musical donde el aviso de novedad es más evidente. Una especie de alegría vital, ganas de sentirse bien, quizás algo impostada, es la que parece unir en un mismo vínculo a la primera canción, "El boxeo" y "Vacaciones en el mar". La cristalinidad de las guitarras probablemente tengan algo que ver. Es el tipo de sensación que uno advierte en filosofías como Le Mans o Pauline en la Playa, pero a mi me resultan nuevas en Sr. Chinarro. Vaya por delante, eso sí, que le profesaba cierto abandono desde los discos del final del siglo pasado.

El ritmo trotante, casi infantil, de "Vacaciones en el mar", parecen reminiscencias de un rock and roll añejo. Los ecos de las guitarras para darle un aire casi hawaiano encuentran aquí su razón de ser por la condición de insularidad del tema, pero se repetirán sin rubor más adelante en "Babieca".

Si se me permite romper un momento el estricto orden impuesto por la lista de canciones, aprovecharía para mencionar que muchas veces, los arreglos musicales parecen no casar a la perfección con el timbre, ritmo y maneras de la a veces anárquica voz de Antonio Luque. Si además se tensa esa ruptura, uno inevitablemente piensa en cantautores de otro tiempo. A mi, el galope de esta regresión ibérica a lo "Reinvidicación del Conde Don Julián" (Juan Goytisolo, 1970) que es "Babieca" me hace pensar por ejemplo en Paco Ibañez. Algo similar me ocurre en "La lección".

Me duele confesar que muchos pasajes de "La lección", "San Borondón", "Una frase socorrida" y "Un final feliz" tienen algo de fracaso. Sin embargo, me parece advertir una enorme belleza en "María de las Nieves".

De "Fotos no" me ha convencido lo de desacralizar la memoria congelada en las fotografías, especialmente si se trata de instantáneas de antiguos novios de tu chica. La parte con componente etno-tribal chirría por contra catastroficamente. Para muchos suficiente para su enmienda a la totalidad. Órgano y bajo al comienzo y unas evoluciones de guitarras confieren al conjunto una estética The Doors.

La apuesta para "El cuchillo y el pastel" es grande. Se cede el peso, como todo acompañamiento a unos bonitos juegos de palabras y símbolos entre ajedreces, blancos y negros, huecos y cuerpos que los ocupan, a una modesta pero encantadora línea de guitarra al más puro estilo Durruti Column.

"Una frase socorrida", un poco antes, se redime especialmente donde menos lo espera uno: en lo musical.

Como final de fiesta el encabezonamiento por esa felicidad. Casi naufraga en los estribillos, donde coros femeninos, violines y orquestalidades varias a lo Divine Comedy nos ponen en un extraño fuera de juego cuando acaba el disco. Disco para el debate

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