portada del disco Panorama

El cuarto trabajo de La Buena Vida, convertidos ya en grupo de culto tras “Soidemersol” (Siesta, 1997), no hizo más que asentar la sobresaliente posición de la que empezaba a gozar el grupo, incluso fuera ya de nuestras fronteras, como quedó patente con la reedición extendida del álbum en Corea. Con una exitosa gira de presentación por todo el país que concluyó con la incorporación definitiva de José Luis Lazagorta a los teclados, “Panorama”(Siesta, 1999) continuaba por un lado la fórmula exitosa del anterior disco (arreglos instrumentales conformando deliciosas composiciones), pero de una manera un tanto circular y quizá menos exitosa, (que no peor) por lo previsible, mientras que por otro se llevaba a cabo una ruptura con lo hasta ahora editado, dejando por una vez de lado a las guitarras frente al teclado y los sintetizadores.

Con un recuerdo difuminado a los inicios de un Sr. Chinarro apesadumbrado, el disco se abre con “Melodrama”. El tema, con un cierto sabor a banda sonora, supone un buen modelo del álbum en su conjunto: un abandono total de la candidez y la inocencia. “Panorama” sitúa a La Buena Vida en otro plano. Dejando de lado sus inicios, el grupo al completo se ha terminado de encontrar. Ya definidos, continúan caracterizándose por lo naif pero con hiel donde antes hubo azúcar. Un disco esférico, espiral, que gira sobre sí mismo en torno a una sensación, un sonido que parece repetirse a lo largo de todo él. Es el amargor del arroz y sus (12 + 1) canciones. Con reminiscencias a lo Le Mans, coetáneos en casi todos los sentidos. Más nocturno y urbano, propio de café moderno, “Panorama” es al mismo tiempo “Soidemersol” y al mismo tiempo algo ya muy distinto.

Muchos son los temas que merecen ser destacados, pero entre ellos “El largo adiós”, una de esas composiciones que fácilmente pueden transformarse en himnos o canciones de calendario. Tomando su nombre de un bar de Valladolid frecuentado por el grupo, la canción goza de un carácter grandilocuente, como la mayoría del disco, donde la voz de Mikel, también distinta y evolucionada, nos transporta al mismísimo interior del corazón.

Por primera vez La Buena Vida incluye tres temas instrumentales: “Odessa”, viaje épico, y “Aquella noche de sábado” y “Métronome” perfecto acompañamiento para una película de humo y champagne a lo Isaac Hayes. Pero el disco continúa reinventándose a sí mismo. La introducción de sonidos electrónicos es más que evidente y sirven de base perfecta para arreglos y voces, que susurran más que cantan, dotando a los temas de un aura hipnótica y barbitúrica con la que dejarse llevar, como “Aquella noche de sábado” o “Guillermine”.

Y como despedida y regalo, un bonus track, que, a pesar de su brevedad, encandila y enamora como el resto de canciones. Esta va surgiendo en la lejanía, aproximándose para después perderse, como un tren que se ve pasar y que deja tras él una estela de almibarada melancolía.

La edición en vinilo venía con una canción extra, "Mil ventanas abiertas".

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