portada del disco Me Siento Viva

Dedicada a otros menesteres (principalmente la televisión, cosa curiosa en alguien cuya vocalización es menos que deficiente), dejan descansar un poco a Rosa; en vez de publicar su cuarto disco en cuatro años, se conforman con dejar pasar un par de años entre el tercer y cuarto álbum. El grueso de la promoción cae en que Rosa ha adelgazado cuarenta kilos y en que lleva un corte de pelo más actual. Algún día los responsables de marketing y los A&R de Vale deberían purgar en el infierno sus miserias, pero eso no va a pasar.

Una nueva nómina de mercenarios de la composición internacional (hay unos cientos de nombres que hacen canciones al kilo para cantantes del target de Rosa a lo largo de todo el planeta: la basura se paga bien).

Bajo los mandos chapuceros de sus productores habituales, Xasqui y Toni Ten de Ten Productions, el disco quiere adquirir un sonido más cosmopolita. Madonna ha arrasado con “Confesions On The Dance Floor” (Warner, 2005) y si ella a sus casi cincuenta años puede ser la reina de la pista todos pueden serlo, deben pensar.

La verdad es que el primer single “Más” está a un tris de ser una gran canción. Digamos que es efectiva con un ritmo trotón y machacón que no por obvio y ya escuchado mil veces (hasta los arreglos remiten al italo-disco de los 80) funciona peor. Hay una búsqueda mayor al fin de un sonido definido para la Diva: la mirada fija en la pista de baile y dar lustre al disco cueste lo que cueste. Esto, como pasa siempre, funciona a ráfagas.

Para dotar de profundidad al sonido se trabaja con el equipo de Ric Wake responsable primero en Sony y luego bajo su propia marca de gente como Celine Dion, Jennifer López, Mariah Carey, Anastacia... ya se imaginan lo que pretendían con Rosa. También mandan a mezclar algunos de los cortes más discotequeros a Dan Hetzel, que ha mezclado a gente como Taylor Diane, Lionel Richie o Marc Anthony. O sea, un vale todo.

Cuando el disco pisa el acelerador en temas como “Yo te guiaré”, “Etymon es el rey” (tan curioso nombre hace referencia a un supuesto dios del ritmo) o “A media luz”, este sube muchos enteros. Se desenvuelve con ligereza, las canciones no se meten en demasiadas sutilezas y todo funciona casi por inercia y por el buen acabado de los temas.

Como siempre hay una parte no desdeñable del disco que se centra en baladas que, deben pensar, hagan destacar el amplio registro vocal de Rosa. El resultado es, por supuesto, el contrario. El espantoso single “Más allá”, la insufrible “La parte que no quiero aguantar” y una estrambótica versión del clásico de Carly Simon “Let the river run”,que parece sacada de los descartes de la banda sonora de "El Rey León" (Disney, 1994), son claros ejemplos de cómo maltratar a Rosa y sus facultades: falsa épica, gorgoritos innecesarios (supongo que para tratar de emular a una de las cantantes más insufribles del planeta como es Anastacia) y unos coros enfáticos, soporíferos.

Una pena porque el disco, además de ser el mejor de Rosa, tiene bastantes números defendibles. Si en vez de catorce larguísimas canciones hubiesen optado por un disco apañadito de una decena dejando fuera toda la morralla baladista, el disco hubiese pasado de regular a bueno sin duda. Hay que saber decir no. Por todas las batallas en las que ha estado metida Rosa está claro que ella no lo sabe decir. Pero alguien podría habérselo aconsejado.

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