portada del disco Los Punsetes

La puesta en largo de Los Punsetes supone varios pasos adelante. Con un sonido mucho más cuidado, este, muy ochentero en temáticas, ritmos y tempos, pero -y ojo que esto hay que reseñarlo y muy bien- con una calidad instrumental superior a la de los demás grupos que beben de estas influencias, lo llena absolutamente todo, fundiéndose con la premeditadamente estática y aniñada voz de Ariadna.

Con el atrevimiento lenguaraz de La Movida por bandera, Los Punsetes, esponjas como ellos mismos se han definido, se desprenden de las referencias más evidentes de sus maquetas para, ahora sí, conformar un sonido propio. Que sí que es cierto que "Dos policías" tiene un aire puramente Nikis, pero si los de Algete apostaban por un punk-pop directo y ramoniano, sin complicaciones pero efectivo, Los Punsetes recogen todas sus influencias generacionales para crear un sonido cargado de matices noventeros en la instrumentación, como su gusto por la distorsión en las guitarras. Vaya, que las semenjanzas en el silabeo y la ironía en la forma de expresión sí que hace que los Nikis sean una referencia ineludible, pero el carácter de Los Punsetes esquiva el mimetismo y la mera calcamonía. En todo caso, y refiriéndonos al tema en cuestión de la polémica "vigilancia del ocio ajeno", como decían Eskorbuto de una forma mucho más sutil, "mucha policía, poca diversión", y zanjamos el asunto.

Uno de los puntos fuertes de Los Punsetes es el de ser capaces de contar historias mundanas que todo el mundo entiende, que nos tocan de cerca, pasados por su irónico prisma y caleidoscópica visión compuesta de pesimismo, cinismo y entomología. Tan pronto les queda tiempo para saludar a los amigos como su querido Alberto González Vázquez, como para soltar proclamas lapidarias de grandes quilates como "si eres feliz eres deprimente" o irse de copas al Escorial (antención al fantástico ronrroneo de bajo).

"Por favor dejadme en paz", pide Ariadna. Pero aún no puedo hacerlo: "Pinta de tarao", la más planetera del lote, merece un párrafo aparte. La típica historia de un chico que se fija en una chica por la noche y la ofrece llevarla a casa, pero contada con más gracia e incitando a la reflexión, todo ello aderezado con una psicodélica distorsión de guitarras y estallido de rabia. Porque todos sabemos cómo acaba la historia cuando no es una película, y uno ya harto, exclama: "¿Pero tengo yo pinta de tarao? ¿Tengo pinta de empezar a hablar y perder el control y mirarte mal, taparte la boca, rasgarte la ropa, guardar tu cadáver en el desván, coleccionarte, saborearte, hacerme un traje con algunas partes?¿Tengo yo pinta de tarao?". Sublime.

Mucho se ha escrito sobre la presunta libertad con la que ahora se cuenta para poder soltar frases como "¡muerte al Escorial!" o "quiero morir en una discoteca llena de maricas" y no causar revuelo. Incluso he leído cosas como "por menos de eso a fulanito de tal"... pamplinas. ¿Que nadie se acuerda de los Siniestro Total del "¿Cuándo Se Come Aquí?" (DRO, 1982)? ¿Y de Glutamato Ye-yé? ¿Los Toreros Muertos? Vivimos precisamente en una época donde la correctitud política está llegando a cotas de opresión que nos impide respirar con tranquilidad, lo que sucede que Los Punsetes bordean con éxito la barrera de la zafiedad y, lo que es más importante, acercan sus neuras a la normalidad, punzando pero sin herir.

Porque lo natural es desconfiar, casi tanto como pensar que este es un discazo. Y si hay que morir en una discoteca llena de maricas, pues se muere. Tremenda canción.

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