portada del disco Loco por Incordiar

Siempre que uno tiene que sentarse a escribir unas líneas sobre un mito se encuentra con que es difícil no decir algo que ya se haya dicho, en fin de qué hablo: ¿de un gigante?, ¿de un mito?, ¿de una estrella? Da igual la analogía que pretenda utilizar; conociendo la figura de Rosendo nos podemos imaginar que le importará muy poco que hablemos de él como un símbolo o un gurú, soltaría una de sus carcajadas socarronas.

Quizá deberíamos ponernos en situación: año 1985, el rock patrio se estremece con la noticia de que Leño se separa dejándonos en legado tres discos de estudio sencillamente maravillosos, y un vacío tremendo que nadie pensaba que podría llenarse, por suerte para todos Rosendo tenía sus propios planes.

Tras pelearse mucho con su casa de discos porque querían conservar el nombre de Leño –algo a lo que siempre Rosendo se negó– finalmente el madrileño consigue firmar con RCA para su primer disco. Las expectativas eran inciertas... ¿saldría bien el experimento? Sacar un disco y eliminar de un plumazo el nombre de Leño era como hacer ensaladilla rusa eliminando la mayonesa. Los jefes de RCA algo recelosos le dan al de Carabanchel un tiempo muy limitado para grabar, tanto que la letra de “Callejones” tuvo que ponerla Ramoncín porque Rosendo sólo tenía pensada la parte musical. Al final el disco salió adelante, y de qué forma, vaya estreno.

Pongamos las cartas sobre la mesa; que nadie se espere un disco de solos vertiginosos y virtuosismos, que nadie espere los tappings furiosos de Eddie Van Halen, ni tampoco las instrumentaciones grandilocuentes de Yes o los primeros Genesis, ni devaneos sinfónicos mezclados con guitarras obtusas al tiempo que clarividentes de Robert Fripp y sus King Crimson. No, aquí no hay nada de eso, aquí hay pellizco, aquí hay rollo, feeling, buena onda que dicen en México; es lo que cantaba Neil Young: “Hey, hey, my, my /  Rock and roll can never die”.

Y como ya se sabe que la vela que va delante es la que alumbra, el inicio del disco es inmejorable, “Agradecido” arranca con unos tímidos teclados in crescendo que van dando paso a la incombustible Fender y de repente, ¡Zas! la bofetada, Rosendo no se guarda nada, nada más empezar nos pone un himno del rock español al alcance de la mano.

Lejos de quedarse la cosa ahí siguen las canciones con su puntito chulesco, “Corazones” es una buena continuación para que el disco no decaiga, “…y Dale!” parece dibujar acuarelas de otros ritmos impensables para Rosendo en la época. Tiempo después se terminaría atreviendo.

Tras la mencionada “Callejones”, sigue la canción que da título al disco, “Loco por incordiar” se faja con el oyente en el cuerpo a cuerpo y para que no le dé tiempo a reponerse entre rounds viene después una “Me gusta así” de excelente factura.

Como dicen que no hay dos sin tres -con perdón por el cliché– este disco contiene un tercer estandarte de los ejércitos del rock, “Pan de higo” se muestra diáfana, dispuesta a ser cantada a grito pelado en conciertos y garitos; le sigue el tributo al metal que el madrileño pensaba que tenía que hacer en su disco de debut, “Crucifixión” aún quedando lejos de Obús o Barón Rojo tiene guiños y carantoñas para el sector más heavy, todo mezclándolo con su rock urbano con mucha eficacia.

Para cerrar la sorprendente “Buenas noches” donde Rosendo se permite el lujo de meter una balada instrumental con un sonido muy acústico, todo eso tras una vorágine de riffs y ritmo diabólico. Porque él es Rosendo, porque le da la gana, y al que no le guste que no mire, que es lo que hay.

En total 35 minutos espectaculares, sin ni un solo reproche. Uno de los mejores y más importantes discos de la historia del rollo en nuestro país. Que no es poco.

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