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LaFonoteca, Disco: La Revolución Sexual
portada del disco La Revolución Sexual

Tras una época convulsa en lo profesional (el terremoto de “Amo a Laura” aún no había quedado atrás y se convierte en una pregunta comodín en cualquier entrevista), vuelve Guille Milkyway tras un prolongado silencio discográfico (cuatro años desde el anterior larga duración).Una mirada superficial de sus críticos puede llevar a pensar que, en realidad, no ha cambiado mucho en su personalísimo mundo de influencias en primer plano, y melodías que conjugan la excitación musical con el mal rollo en los textos, sonido A&M, y desazón vital. Pero muchas cosas sí que han cambiado. El primer cambio que se aprecia es a nivel estético. Una portada blanco nuclear, eliminando el rastro de los actores que componían la imagen de La Casa Azul, muy sobria, en contraposición con lo que alberga. Aún así, es obra del diseñador habitual Gregorio Soria. Sin duda su periplo asiático es un elemento de importancia capital en la composición.

Mirando al  fenómeno del pop japonés y a los grupos de shibuya-key, e integrándolos de forma definitiva en su sonido, apenas deja un respiro ni espacio a los medios tiempos que tanto perjudicaban el disco anterior. En las letras se aprecia también una evolución de mirar más a su alrededor que el ensimismamiento de los anteriores esfuerzos. Es un disco sobre el mundo, más que sobre su mundo, y el sonido lo acompaña. Sigue habiendo todas las clásicas referencias a la vida de club en la muy Saint Etienne -pero también muy A&M-, “Chicos malos”, maravillosa madurez de un estilo en la que es dueño de un registro vocal mucho más amplio y trabajado, aún estando cubierto por filtros y capas de sonido. La exuberancia de la música disco en todo su esplendor.

Aunque la que abre fuego tras unos sonidos de videojuego de sala recreativa, “La nueva Yma Sumac” (metáfora utilizando a la soprano peruana como ejemplo de un logro supremo) parece indicar una vuelta a los sonidos menos sintéticos, la verdad es que el resto del disco no continúa por ese camino, dominado más que nunca por una mirada puesta en la sala de baile, como la titular. Hit indiscutible que funciona a todos los niveles, tanto como hedonista jugada maestra para mover el cuerpo, como un contrapunto en el plano subtextual de “Amo a Laura”. Por cierto, el inicio de la canción engaña, y por unos momentos parece que lo que va a sonar es “Ritmo de la noche” el himno de Mistyc.

Aún hay ciertas citas a la primera etapa del grupo, como “Una cosa o dos”, que no hubiese desentonado en el primero o segundo disco. Lo mismo se puede decir de “Prefiero no”, la más guitarrera del álbum en la que, cosa curiosa, hace un catálogo de cosas que le molestan y que encuentra criticables para decir con cinismo que prefiere no hablar de esos temas. “El momento más feliz” podría sustituir sin problemas cualquiera de los temas de “El Sonido Efervescente de La Casa Azul” (Elefant, 2000). Todo un piropo para esta preciosa canción con una letra de retorcido romanticismo. Además en su segunda parte casi casi se podría jurar que a ratos es una relectura del ma-ra-vi-llo-so “Shout to the top!” de Style Council (grupo con el que comparte muchas filias). El disco está trufado de referencias a la cultura oriental, a veces en forma de samples, como la insulsa “Triple salto mortal”, que comienza como una especie de indigestión de Daft Punk para convertirse en pop de guitarras con base electrónica a lo Helen Love (sin conseguirlo).

Sin duda su mayor fortaleza se encuentra en un bloque central de temas que basculan entre las vigorizantes, como “No más Myolastan”, que podrían haber firmado el grupo italiano de eurobeat tardío Eiffel 65, tanto por el tratamiento de la voz, como por la eficaz simpleza de la base. El tema trata de los problemas de estrés que sufrió debido a su trabajo como músico mercenario. Ese, el de la ansiedad, es otro de los grandes sujetos de este trabajo. “La gran mentira”, con coros a lo pitufo makinero, podría ser parte de cualquiera de los dos excelentes discos de TCR. La ya citada “Chicos malos” se convierte en robusta espina dorsal de “La Revolución Sexual” (Elefant, 2007). Aunque por encima de todas destaca la insoportablemente bonita “Esta noche cantan para mí”, catálogo de filias del autor por el que desfilan algunas de sus vocalistas femeninas favoritas, como Nina Simone, Blosson Dearie,  Dusty Springfield, Kirsty MacColl, Astrud Gilberto o Karen Carpenter. Una canción que remite lo mismo a la era disco que al sonido Stax.

El instrumental “Un mundo mejor”, lleno de más samples (esta vez no sólo nipones sino también italianos) como único acompañamiento vocal cierra un disco diverso y estimulante cuyo máximo interrogante que deja abierto es el camino que podrán tomar las composiciones en el futuro, porque la fórmula aquí aparece perfeccionada… y agotada. Otra ración de toneladas de vocoder, de mezcla entre el chicle pop y europop, o insistir en metáforas futbolísticas, no parece una idea demasiado estimulante.

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