portada del disco Honestidad Brutal

Tras el éxito de “Alta Suciedad” (DRO, 1997), Calamaro afrontaba el final del siglo XX con “Honestidad Brutal” (DRO, 1999), un disco doble que aún hoy provoca debate entre los seguidores del músico, y que suponía un salto sin red, una clara ruptura con su predecesor.

Si “Alta Suciedad” era un disco cuidado hasta el más mínimo detalle, que contaba con la presencia de algunos de los mejores músicos de sesión de los Estados Unidos, “Honestidad Brutal” por su parte,  tiene un sonido mucho más crudo y un repertorio de canciones más amplio, 36 nada menos (una versión alternativa de “La parte de adelante” cierra el álbum). Ello suscitó críticas sobre la irregularidad de la cosecha y la necesidad de un filtro para los temas. Sin embargo, para ser un disco doble facturado apenas dos años después de la anterior entrega y con tantas piezas inéditas, el nivel es extraordinario.

En abril de 1998, en un periodo de efervescencia creativa, Calamaro grabó en Buenos Aires junto a varios amigos -entre ellos Coti Sorokin y su hermano Javier- varias de las canciones incluidas en “Honestidad Brutal”. Parecía haber repertorio suficiente para gestar un disco, pero el músico argentino no paraba de componer y decidió posponer su publicación.

Preocupado por la relación entre el tiempo y la música y encariñado con la urgencia y emotividad de los temas grabados a quemarropa, Calamaro quiso aprovechar el resultado de aquellas sesiones y continuó registrando canciones bajo la premisa de la inmediatez. Pasó por más de una decena de estudios de Argentina, España y Estados Unidos, y contó con la producción de Joe Blaney en algunas ocasiones; él mismo llevó el timón en otros casos. También participaron en la aventura algunos de los músicos de excepción que Blaney había reclutado para “Alta Suciedad”, como Marc Ribot o Hugh McCracken. De todo ello resultó “Honestidad brutal”, un disco viajero y errante, y al tiempo “una superproducción”, recuerda el autor. Alfonso Pérez, de DRO, aseguró a la revista Efe Eme que “si no fue el álbum más caro de la compañía, casi”.

“Honestidad Brutal” es un disco que hace honor a su nombre y muestra todas las aristas del músico argentino, las más celebradas y las más cuestionadas. También es un álbum -y de ahí en parte el título- que se nutre de las experiencias vitales del autor, entonces afrontando un proceso de separación. Muchas de las canciones reflejan este turbulento periodo personal, y caben todo tipo de enfoques: hay temas descarnados como “El día de la mujer mundial” o “Son las nueve”, pero también piezas construidas a partir de una energía hiriente -la que se tiene, o se sufre, en momentos de cambio- y buenas dosis de humor. Sirvan como ejemplo “Te quiero igual”, “Jugar con fuego” o “Cuando te conocí”.

“Honestidad Brutal” contiene varios pasos adelante de Calamaro, y precisamente esta última canción es uno de ellos, aunque en principio no enamoró -ni mucho menos- a la crítica. Narra una historia de amor inolvidable con un tono entre la más implacable revancha y la más absoluta inocencia. La presentación de los personajes es maravillosa y muestra a un autor maduro: “Cuando te conocí ya no salías / con el primero, que te había abandonado / no vale la pena hablar de aquellos años pasados. / Cuando te conocí ya no salías / con aquel chico casado / que te prometía que la dejaría / y todavía no se había divorciado. / Cuando te conocí, te reconocí por tus botas / y mientras tomabas tequila, / dejamos atrás dos almas rotas”" (si quieren un consejo, busquen el videoclip, en el que el protagonista encarna a un policía corrupto en la lucha antidroga; pura ironía).

Paloma” es otro de los hallazgos, arquitectura sonora. Calamaro parte del “No woman no cry” de Bob Marley para transformar el himno de Amnistía Internacional en una sangrante firma de divorcio, con guitarras que suenan como si en lugar de cuerdas tuviesen alambres de espino. El órgano completa el colchón perfecto para que el autor escupa unas rimas urgentes (la voz es la de la primera toma) y cargadas de guiños. Ribot pone el colofón con un solo estremecedor.

Los aviones” es quizá la mejor canción del álbum. Tiene aires de bossa y el trabajo de Ribot con la guitarra es magistral. La letra, cargada de imágenes brillantes, habla de enganches peligrosos -no se sabe si lo es más la cocaína o la melancolía- y de la dificultad de superar una relación fallida: “Es tarde, se hizo de día / menos mal que está nublado / se acabó todo lo que había / queda un cigarro mojado / Porque quiero dormir / y soñar con ella / mientras por afuera / pasan los aviones / no quiero que se termine / no quiero que me abandones”.

El tango también está presente y protagoniza alguna de las mejores piezas del disco. Andrés pone letra a un clásico de Mariano Mores, quien le acompaña en “Jugando con fuego”, quebranto e ironía a voces y piano. Otro tótem del género, Virgilio Expósito, interviene en “Naranjo en flor”, tema imperecedero que escribió junto a su hermano Homero y que es otra de las cumbres del álbum.

Hay otras gemas en “Honestidad Brutal” que quizá no tengan tanto calado, pero que mantienen un alto nivel de calidad. La enfermiza “El día de la mujer mundial”, puro rencor, supone un inicio arrollador junto a “Te quiero igual” y la entregada “La parte de adelante”, impulsada por el piano. “Clonazepán y circo” parece bajar la intensidad, pero no lo hace en absoluto, con una cruda y reivindicativa letra. “Son las nueve” y “No son horas” tienen pegada y “Con Abuelo”, que finiquita el primer CD, es un emotivo homenaje -quizá a medio terminar- al malogrado Miguel Abuelo, compañero de Calamaro en Los Abuelos de la Nada, grupo argentino de los 80.

Además del rock -hilo conector del disco-, o la bossa y el tango, ya citados, tienen acomodo en “Honestidad Brutal” otros muchos estilos, como es habitual en el autor. Hay espacio para piezas largas y recitadas, incuestionable herencia de Dylan, como “No tan Buenos Aires”, duro retrato de su ciudad y de su país natal; también para el reggae -“Las heridas”-, el funk -“Más duele”-, el blues -“No va más”- o la ranchera -“Hacer el tonto”; e incluso para la pachanga -“Maradona”, un himno nada solemne para el astro argentino, que colabora en la grabación-.

Y, es de suponer, habrá quizá en “Honestidad Brutal” muchas piezas prescindibles, aunque es difícil decir cuáles cuando uno relaja el oído para escuchar el disco de principio a fin. Puede que la experiencia ruidista de “Hay”, “Para qué?” -cargada de citas relativas al cine- o “Una bomba” no tengan la calidad suficiente, pero aunque parece imposible sustraerse a la tentación de eliminar algunos cortes e imaginar un álbum diferente, hay que reconocer a Calamaro que el repertorio tiene coherencia y hondura.

Lo que es seguro es que lo que parecía un verdadero riesgo comercial, hacer un disco doble con 36 canciones nuevas, supuso un nuevo éxito para Calamaro, tanto en Argentina como en España. “Honestidad Brutal” es un álbum auténtico, repleto de talento y emoción y cuya importancia no reside únicamente en la calidad del repertorio; es un tratado sobre el proceso de grabación -cómo deben hacerse los discos, cómo deben sonar, qué deben contener y qué no- que suscita polémica y que aviva el debate sobre la música popular.

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