portada del disco Herreros y Fatigas

Es de agradecer cuando una banda mantiene un ritmo de producción equilibrado entre la saturación y el olvido, que cree sin llegar a agobiar pero haciendo que siempre los tengas en cuenta. Cuando los estás echando de menos, reaparecen para hacer la existencia un poquito mejor. Y haciendo el más difícil todavía: sonando a ellos mismos, superándose y experimentando una vez más. Lo más llamativo de “Herreros y Fatigas” (Jabalina, 2012) -título sacado de una calle de Murcia que hace referencia a una técnica de la herrería, pero que viene como anillo al dedo a la situación económica y social del momento- es lo compacto de la colección, ya que la banda continúa con su apuesta por el eclecticismo pero con un sonido algo más lineal, con menos sensación de estar escuchando un recopilatorio, algo que sí que ocurría en “Tu Hoguera Está Ardiendo” (Jabalina, 2008) y en menor medida en “Tierra, Trágalos” (Jabalina, 2010). Además, parece que los ensayos acústicos de “Amor A, Amor B” (Jabalina, 2011), fueron eso, ensayos. El resultado final es un disco con menos hits inmediatos, pero con canciones más preparadas, más pensadas. Mantienen, sin embargo, algunas de sus señas de identidad extramusicales, como un cuidadísimo diseño, esta vez inspirado por el constructivismo ruso y el arte popular, haciendo referencia no solo al título, sino a la situación económica y social de España, que también abordan en alguno de los temas. Y, una vez más, el número de canciones se mantiene inalterable: catorce composiciones, como en sus anteriores largos. Además, tanto las fotos promocionales como el videoclip de presentación del album (“Ojo por diente”), mantienen una estética común y totalmente coherente con el contenido de “Herreros y Fatigas”.

El disco va (voluntariamente) de más a menos, con un inicio demoledor que va dando paso a paisajes más pausados y reflexivos, en un trabajo de orden y progreso totalmente impecable. "La duda ofende" sigue la tradición de comenzar sus discos con temas largos y oscuros, que contienen pistas del resto. Esta vez, nos encontramos con unos Klaus & Kinski muy electrónicos y vintage, con programaciones bastante ochenteras y una línea de bajo y unos teclados que los acercan a pasajes góticos. Completan el trío electrónico “Contrato”, una fábula política que narra el periplo vital en tiempos de crisis vestida con un traje kraut y “El día de los embalsamados”, otro de los enrevesados títulos del dúo.

Marina canta más claro que nunca, y sus clases de canto dan buenos resultados, ya que sale airosa de melodías complicadas y momentos realmente forzados, como la angustiosa “Sacrificio”, donde Alejandro coquetea con el flamenco y los clásicos españoles en la composición más lírica que han hecho jamás, o “Poderoso caballero”, en la que vuelven a abordar uno de los géneros que nunca falla en un disco de Klaus & Kinski, el country. Prima hermana de “Flashback al revés” y “Mamá no quiero ir al colegio” en sus formas, vuelve a ser uno de los acercamientos que tanto gusta al dúo al análisis personal del poder del dinero.

Tema, el pecuniario, que también aparece de soslayo en la enorme “La pensión”, un contraste de violencia y tranquilidad donde las cuerdas adquieren un protagonismo épico perfecto. El repaso a los géneros “profanos” dentro del indie se completa con una habanera, “In the Goethe”, una historia de muerte y amor, de tuberculosis, sangre y suicidio que le viene como un guante a la melancolía y transparencia de la voz de Marina.

El pop mayúsculo, y más convencional, pero no por ello menos eficaz, viene con composiciones como “Soneto”, de corte muy clásico y con una estructura en su letra de, precisamente, soneto. Una melodía reconocible y fácil de recordar con juegos de palabras marca de la casa, que va in crescendo en su instrumentación, terminando con un amalgama de distorsión y cuerdas muy acertada. Y una de las favoritas de quien esto escribe, “Daño cerebral”, no solo por lo dulce que es la música, sino también por la historia que cuenta (vivir sin capacidad de empatizar) y esas cuerdas tan bien engarzadas.

En este saco podemos meter también el single de presentación, “Ojo por diente”, sin duda una de las letras de amor más extremas que se han escrito nunca, divertida, incondicional y salvaje a la vez. Mención aparte merece la cita a “Dos Gardenias” de Antonio Machín y a las “Cuatro rosas” de Gabinete Caligari de “Dos males tienes”.

Hacia el final llega otra sorpresa, “Cumbres profundas”, que aun sonando a Klaus & Kinski 100%, tiene un riff hard rock que se repite varias veces en la canción y unos punteos muy noventeros, que remiten al noise y, casi casi, al grunge. Sigue con “Relatividad general”, que mezcla distorsión con una melodía y unos arreglos que convierten a Marina en una cantante de los años 50, una preciosa tonada que no sale de la cabeza. El disco se cierra con “Buceador”, un broche denso y calmo, algo desencantado y tristón, que sirve para acabar con toda una experiencia personal.

Un disco larguísimo, de esos que ya no se hacen, que como todos los de Klaus & Kinski requiere varias escuchas para poder degustarlo como merece, algo de agradecer en los tiempos del consumo rápido, de la sobreinformación y de la falta de tiempo. Entre tanta saturación, dedicarle horas y horas a un solo artefacto supone una satisfacción extraña, añeja. Se nota cuando una banda no tiene nada que demostrar y crea libremente, ya que la calidad y el buen hacer de Klaus & Kinski están certificados casi desde el primer momento que supimos de ellos. “Herreros y Fatigas” es una maravillosa manera de comenzar 2012.

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