portada del disco En Este Mundo Raro

Cinco años después de “Una y Mil Veces” (DRO, 2006), su anterior disco de estudio, llega una nueva entrega de estos patriarcas del pop español. Un disco en que sus trece temas suenan a Los Secretos. Esta perogrullada no lo es tanto si tenemos en cuenta treinta años largos de trayectoria en los que, para bien o para mal, han mantenido un estilo perfectamente reconocible sin caer en brazos de especulaciones ni adaptarse a tantas y tantas modas musicales como han visto nacer y morir en este tiempo. La voz suena gastada y el empuje ha decrecido; sin embargo, hay algo claro: esta gente sabe hacer música.

Si nos metemos en el contenido de este generoso CD, lo primero que encontramos es uno de esos temas llamados a ser de los más recordados de su trayectoria. Las guitarras, la voz de Álvaro y el estribillo hacen de “En este mundo raro” el número más atractivo desde un punto de vista comercial. No es mala elección para titular todo el trabajo y para servir de punta de lanza promocional. Y ya escarbando en las interioridades, vamos a descubrir un buen puñado de canciones íntimas en las que Álvaro y su recuperada guitarra se agigantan frente al resto del grupo, relegado a un segundo plano. Voz, guitarra rítmica, algún buen detalle de piano y unas letras que merecen la pena ser analizadas despacio para encontrar esa universalidad sentimental que ya antes mostraron y ahora sigue vigente. “Quiero que me digas la verdad” y, sobre todo “Trenes perdidos”, son buena muestra de ello. Una pieza, esta última, en la que Álvaro se vuelve un cantautor de lo más maduro.

Pero la tristeza no tiene obligatoriamente que moverse en tiempos lentos. Ahí está “Desapareces” para demostrar que una base contundente, un ritmo muy marcado y un inconfundible aire a The Eagles pueden esconder la melancolía más profunda. De una forma bien distinta, podemos fijarnos en la hedonista “Buena vida, mejor vino”, que no es en absoluto una obra maestra sino un guiño al pop ligerito, no todo va a ser trascendencia y seriedad. Un tema que nos enseña que una ruptura puede ser un paso necesario para recuperar la alegría.

La versión del disco nos lleva en esta ocasión a aquellos primeros tiempos de Los Secretos. Se trata de “Lágrimas sin nombre”, un viejo tema de los ignotos The Cages, que el grupo ya cantó alguna vez en los primeros 80 y nunca había sido grabada oficialmente.

En el tintero, aún quedan temas por descubrir y tras el aparente parecido formal de todas las canciones, quedarían muchos caminos por recorrer sin salir del exiguo círculo de este CD. Un disco que no va a defraudar a los incondicionales de la banda y en el que los nuevos oyentes pueden descubrir que el pop no es sólo diversión, ocurrencia y banalidad. Además de la voz y la guitarra de Álvaro hay que hacer notar la gran aportación del piano de Jesús Redondo. Los otros tres "secretos" vienen esta vez desvelados por Juanjo Ramos, Santiago Fernández y Ramón Arroyo.

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