portada del disco elbicho II

Hoy en día, meter en un disco una suite instrumental de quince minutos de duración es toda una declaración de principios. Hacerlo después de haber llegado al disco de oro con tu debut es algo exclusivamente reservado a los más valientes. Si además estamos hablando de un grupo español, la hazaña alcanza tintes épicos.

Que elbicho no era un grupo de fusión cualquiera ya quedó claro en aquella magnífica primera entrega de 2003. Lo que nadie podía predecir entonces es que estábamos ante el grupo español de fusión. “elbicho II” (DRO, 2005) es un auténtica orgía musical, un atropellado asalto al ideal coltraniano (de Coltrane) de la música pan-cultural.

Pero empecemos por el principio. “La Toba”, el espectacular tema que abre el disco, comienza con una psicotrópica introducción del sitar de Dani Ibáñez (Möondo), que se explaya hasta que los vientos de Pepe Andreu (trompeta) y Juan Carlos Aracíl (flauta) llaman a rebato. Entonces hace acto de presencia el poderío de Miguel Campello, y la música empieza a deslizarse a ritmo de rumba hacia el rock progresivo setentero. Cuando Campello entona el desquiciado mantra “A ver si una vez / de una vez / sale el sol y la luna a la vez” sabemos que estamos ante algo grande. Esto es psicodelia y jazz, rock y flamenco, todo perfectamente destilado en un discurso tan homogéneo que nunca se sabe muy bien donde empieza lo uno y donde acaba lo otro. Hay que destacar aquí el soberbio trabajo de producción, que esta vez corre a cargo del propio grupo y de José Luis Garrido.

“De rodillas” son unos tanguillos con vocación orquestal, con un estribillo que entra a la primera. Campello canta con una fuerza poco habitual en el rock español, algo que también queda claro en la bellísima “Zappatillas”, tema en el que Dani Ibáñez nos deleita con el exótico sonido de la baglama, un instrumento turco de cuerda de la familia del laúd. El funk aflamencado de “Contigo” demuestra que uno puede colarse en las radiofórmulas sin renunciar a la dignidad de la buena música.

“La suite” es precisamente eso, una ambiciosa composición que se extiende hasta el cuarto de hora, sin que la intensidad baje en ningún momento. La primera parte de esta extraordinaria suite instrumental se construye sobre el juego contrastante de dos secciones bien diferenciadas: por una parte, unas bulerías progresivas en la tradición de Triana, y por otra, una sucesión de riffs  y de retórica rockera digna de los mismísimos Black Sabbath. En la parte central se cambia radicalmente de tercio: la guitarra de Víctor Iniesta enuncia una melodía sublime que más tarde recoge la trompeta de Pepe Andreu, en un crescendo sinfónico que parece sacado de la banda sonora de “El Bueno, el Feo y el Malo” (Sergio Leone, 1967), del gran Ennio Morricone. La tercera y última parte es una explosiva jam rumbera. Juan Carlos Aracil se luce con un electrizante solo de flauta, apoyado en la exuberancia de la percusión caribeña de David Cobo. Cuando la contemplativa coda de la guitarra de Iniesta pone fin a este festín musical el grupo ha conseguido dejarnos sin aliento.

Sólo unos músicos en estado de gracia pueden yuxtaponer como si tal cosa la ambición de un tema como “La suite” y la maestría dentro de la tradición de “Parque Triana”, una rumba con sabor a clásico, a calle, a Los Chichos, una rumba que duele, que ofrece el agridulce consuelo de la música, el redentor desplante de la alegría. Los coros de La Mari (Chambao) resultan aquí de lo más convincentes. Más impresionante aún es “Pa'Cai”, siete minutos y medio de pura y dura locura, algo así como un frenético zapping de músicas (africana, española, anglosajona), un apasionante desfile de estilos en modo centrifugado. “La estructura del tema es la antiestructura. No existe”, llegó aconfesar Carlos Tato (bajo) en una entrevista.

Luego llega “Mira” para confirmar lo que todos ya sabíamos: estos tipos también son unos virtuosos de la melodía. Por si fuera poco, esta música llega, conmueve de verdad. Campello convierte un texto tan elemental como “mira cómo se van las penas / cuando tú estás / y cómo vienen los llantos / cuando te vas” en algo trascendental. Pero este es un disco de contrastes: “La niña de la cueva” es el más jazz-rock de todos los temas del álbum, la jam definitiva. El nervio latino y rumbero del grupo remite aquí al mejor Santana y a una de las bandas más marcianas de los últimos años: The Mars Volta. Apabullante esa fiesta final de los vientos (¿Turquía?, ¿Balcanes?, ¿Magreb?), y la enésima exhibición de la batería de Antonio Mangas y la percusión de David Cobo.

En “La azotea” seretoma el compás de los tanguillos gaditanos y en torno a él se edifica un demoledor crescendo que acaba conquistando la estratosfera. La guinda del álbum la pone “El tambalea”,la última genialidad de un trabajo lleno de genialidades: un emocionante pop por seguirillas que sirve para terminar de convencernos de que estamos ante un disco único en su especie.

Sobre "elbicho II" se puede decir lo mismo que dijo Ethan Mordden a propósito de "El Mar", la fascinante obra orquestal de Debussy: "Si simplemente quieres recostarte a oírla, entonces bien. Pero si prefieres escucharla, preguntándote qué es, qué ocurre en ella, entonces tienes mucha tarea por delante."

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