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LaFonoteca, Disco: El Por Qué de Mis Peinados, página 3
portada del disco El Por Qué de Mis Peinados

Es complicado enfrentarse a un disco como “El Por Qué de mis Peinados" (Acuarela,1997). Desde su erróneo título a esa fascinante portada basada en un cuadro de Marc Chagall. Un disco que en su momento fue saludado como la demostración de que nuestra enclenque industria independiente podría dar cobijo y manto a miniaturistas como lo hacían otras escenas a las que mirábamos con envidia (sin ir más lejos en Francia).

El tercer disco de Sr. Chinarro es el resultado de muchas confluencias felices. La aparición de Belmonte en el complejo y fallido “Compito” (Acuarela,1995) propina una apertura sónica, una búsqueda del gusto por los arreglos preciosistas dentro de los límites de estilo (y presupuestarios, imagino). Aquí David Belmonte parece desarrollar toda su locura, su paleta de sonidos a descubrir con una certeza a la que uno no puede más que rendirse. Otro cambio fundamental es la impagable aportación en los coros de Sandra, que venía del grupo sevillano Hébridas, dando a las canciones un contrapunto vocal pero también un aura fantasmal escalofriante.

Si en sus dos discos anteriores parecía investigar en recuerdos deformados de niñez y primera juventud, aquí el Antoine Doinel chinarresco se encuentra en plena pubertad descubriendo los misterios del sexo, los desengaños amorosos, los exámenes en los que hay que copiar para no suspender en el instituto, las primeras obligaciones inexcusables con la vida, la propia y las ajenas. En definitiva, una mirada turbia a un alrededor de los recuerdos que funciona como palanca emocional para todo el que quiera darse un baño en los suyos a través de las intrincadas metáforas que Luque dispara sin parar.

La acusación de opaco sólo puede revelar una mirada superficial. Como un libro en imágenes 3-D que se pusieron de moda por aquellos años uno, tras mucho tiempo sin enterarse de qué está ocurriendo puede llegar a ver la figurita que se esconde tras los puntos. Mal hecho. Como con la Medusa, te convierte en piedra y te quedarás allí, dentro de los peinados de la Medusa, para siempre.

El aire mediterráneo, incluso festivo de algunas de las músicas (“A la luz de dos velas”, “Chaufferette”, “El tío de la cabra”) contrastan con una capacidad abisal para provocar la tristeza con una voz de Luque al fin soltando el acento andaluz, un tono monocorde casi susurrado que embriaga hasta provocar auténticos terremotos emocionales en el oyente con esas historias tan cotidianas como increíbles fruto de la observación retorcida, de los chistes malos, de las imágenes mentales con las que cada uno fantasea en soledad sin llegar jamás a confesarlas. Jamás a no ser que las hagas canción. Pensar que el autobús en el que uno viaja, en ese en el que no se puede hablar al conductor pueda estar falto de un tornillo y hacer un recto y salirse de la calzada.

Con una capacidad de observación que roza lo asombroso, inventando un nuevo subgénero del costumbrismo al que hay que cazar al vuelo, con delicadeza, como el que caza mariposas no se les vayan a caer las alas, retrotrayéndonos a esos tristes domingos con el ruido de fondo de las entrevistas a pie de campo (“la hora que dan los sabios comentaristas del carrusel”), juegos de palabras imposibles pero reales (“eras mi tapón de alberca, mousse con chocolate”), canciones de desolación amorosa, de imposibilidad de conseguir el objeto amado que siempre se lleva otro más alto, más tonto, pero ganador al fin y al cabo como en ese desierto de tristezas que es “Tu casa o la mía”.

Si no hubiésemos metido el dedo en la yaga para comprobar que era cierto, si no hubiésemos comprobado con nuestros ojos en aquellos desastrosos conciertos de la época cómo todas estas canciones iban naciendo de alguien real, la escucha de este disco podría hacernos pensar que en realidad son puras abstracciones, sicofonías encontradas en algún caserón viejo lleno de fantasmas, de parientes de Pedro Páramo que se lamentan por las esquinas para recordarnos todo lo que dejó, todo lo que dejamos atrás con nuestra juventud.

Elegido entre los 100 mejores discos del pasado siglo por la revista Rockdelux y uno de los mejores 25 en castellano por Mondosonoro todo lo que se pueda decir de el es redundar, estropear su verdadero sentido. Se explica por si mismo un disco lleno de dichos deformados, de espejos rotos con imágenes quebradas en miles de segmentos que nos devuelven a una el todo y sus partes. Esta obra mayor del pop patrio que navega por todas las aguas, es flamenco como en “Ouija” pero es tan oscuro como lo más negro de Echo and the Bunnymen, o como con ese “Disintegration” (Fiction, 1989) con el que se le ha comparado tantas veces, un disco que, como él, más que avanzar parece detener el tiempo.

También es el disco de “Quiromántico” quizá no la mejor canción de esta etapa Belmonte pero sí la más representativa: si alguien piensa que no es un tema cantado por fantasmas tras escuchar los susurros de Luque y los coros de Sandra es que, definitivamente necesita que le den otra vuelta de tuerca.

Quien no haya aún entrado en esta obra maestra debería hacerlo de forma inmediata. Como el mismo Chinarro advierte: “La tarta se llena de cera, si tardo en soplar”. Quizá la próxima vez que miremos ya no esté.

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