portada del disco El Niño que Miraba el Mar

Con más de medio siglo de música a las espaldas desde aquel lejano grupo de Los Sónor y más de una treintena de álbumes publicados, Luis Eduardo publica este CD que iba acompañado por un DVD de unos 20 minutos de duración con la película de animación: “El niño y el basilisco”, un trabajo artesanal a la antigua usanza cuando los dibujos animados se dibujaban y coloreaban uno a uno.

La obra se gestó en el malecón de La Habana y se grabó en Madrid entre septiembre y octubre de 2012 con dirección y producción de Tony Carmona. En noviembre de ese mismo año disco y película, relacionados y unidos, ya estaban en la calle.

Las letras se adentran en lo social, dejando a un lado las temáticas amorosas tan habituales en su obra. Como todas las reglas, también aquí hay una excepción cargada de sensibilidad y añoranzas de piano titulada “Señales de vida”, en mi modesta opinión, la mejor pista de este álbum.

Acompañamientos básicos de guitarra, teclados, bajo y percusión más que batería,  que rozan lo esquemático, dándole todo el protagonismo a la voz. Un CD poco variado, monótono en ocasiones, pero puro Aute en todo momento. La canción que presta título álbum es una especie de cuento triste enmarcado por las olas del océano. Sigue el ambiente falsamente infantil en “Un ser humano” que lanza una puya a la condición humana en su letra con ropajes de instrumentación minimalista. “Parece ser que fuimos amasados con barro y una exhalación de amor” define Luis Eduardo a la humanidad en “Cera perdida”.

Varapalo sin disimulos a la bolsa, los poderosos y las corporaciones multinacionales en “Feo mundo inmundo”, quizá la mejor letra de todo este CD. La música sigue siendo puro pretexto para recitar un alegato contra las poltronas.

Del resto merece una parada observadora “El Basilisco”. La introducción del violín nos mete de cabeza en un sueño, un sueño del que el oyente siente pereza de despertar. Una nana moderna para todas las edades con letra intrincada y melodía adormecedora. En los mismos arcanos del duermevela se mueve “La ley de Galilei” con esos versos escondidos en algún lugar del cerebro: “bajo la luna se amaron un murciélago y una luciérnaga, pero su ciega pasión no superó las luces del amanecer”.

 

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