portada del disco El Manifiesto Desastre

A finales del 2008, Nacho Vegas publica un esperado álbum propio (los tres anteriores eran compartidos con Bunbury, Christina Rosenvinge y con Xel Pereda en su proyecto Lucas 15) con Limbo Starr de nuevo, y para el que va a cambiar hasta de formación. Una vez disueltas las Esferas Invisibles (su grupo de acompañamiento) y del que solo queda su fiel guitarrista Xel Pereda, suma a la grabación al también compositor Abraham Boba en calidad de pianista, a Manu Molina como batería y a Luis Rodríguez al bajo. Ese cambio en la formación se percibe en la producción y en los arreglos de las canciones de este “El Manifiesto Desastre” (Limbo Starr, 2008), mucho más limpio y con menos tendencia a lo sórdido.

Sin embargo, en lo que se refiere a las canciones, sería injusto hablar de un giro compositivo que se supone que Nacho Vegas ha dado. O avergonzarse de ese acercamiento a figuras tan "terribles" para el mundo del indie como Joaquín Sabina. Cualquiera de las acusaciones que penden sobre éste son apreciaciones y tics propios de una comunidad tendente a odiar a grupos más por su pertenencia que por su valía. En cualquier caso, aunque “El Manifiesto Desastre” tiene algo de eso de lo que lo critican algunos, peca más de repetitivo y tedioso que de cualquier giro estilístico. Y el tedio es un error que Vegas solo ha cometido cuando publicó un disco doble. Además, no tiene una continuidad, y parece cada vez más esquivo a la hora de hablarle al oyente, tanto ocupándose de asuntos privados (“Un amor teórico”) como de oscuras historias (“Un manifiesto desastre”, “Junior Suite”), a las que es tan aficionado.

A pesar de que en todas las canciones logra recrear esas imágenes que tan bien se le dan, por lo general, el disco es irregular. Pero claro, también tiene grandes aciertos. Al rey lo que es del rey. La primera “Dry Martini S.A”, a pesar del título (maldita la gracia), es una acertada reflexión sobre la capacidad de uno mismo de enmendarse, algo que Vegas trata durante todo el álbum. “Detener el tiempo” es una entrañable historia que sale un poco de la temática común que el asturiano desarrolla en casi todos su discos pero que tampoco va mucho más allá. Más serio se pone en “Junior suite”, aunque es difícil desentrañar la historia que nos propone.  “Un amor teórico” solo se puede tomar como un broma, pero con “El tercer día”, a pesar del dramatismo y de su inicio, la canción termina con buen pié.

A partir de aquí lo más interesante es la impresionante “Mondúber”, con la puesta en escena de sentimientos que a Nacho Vegas le salen ya de carrerilla. También se podría señalar “Un desastre manifiesto”, pero es redundante y un poco pesada, así como “Crujidos”, que de ordinaria se queda un poco hueca. Ninguna de las canciones consigue calar hondo, aunque algunas lo propongan realmente. Tan solo al final, el disco vuelve a lo más alto con “Morir o matar”. Quizás hayamos oído la misma historia contada por el autor varias veces, pero es que en este último corte lo hace tan redondamente... Es difícil encontrar una canción con una letra en la que nada sobre.

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Comentarios

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athinna
18 abril, 2011 at 19:19

Me gusta más el Nacho minimalista…

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