portada del disco El Año del Cometa

Con "El Año del Cometa" (Polydor, 1986), Miguel Ríos apuesta fuerte por la radiofórmula con un álbum detallado y trabajado; sin embargo, no logra los objetivos y con él se inicia una serie de discos cuya repercusión comercial, independientemente de su calidad y orientación, es más bien discreta -dentro de esta etapa no entran, lógicamente, los discos publicados a tenor del éxito del programa Qué Noche la de Aquel Año, inmediatamente posteriores a este, ya que son dúos y versiones que no se entroncan dentro de la línea creativa de Miguel-.

Si nos fijamos en los datos, lo cierto es que extraña que este álbum no tuviera más éxito. Cuenta con un brillante productor, el ganador de un Grammy Tom Dowd, fallecido en 2002 y que se puso a los mandos en discos de artistas tan brillantes y diversos como Eric Clapton, Otis Redding o Charlie Parker. Para las canciones, Miguel Ríos cuenta con la firma de Santiago Auserón en diversas canciones. El sonido es más joven, más rítmico; el trabajo de arte es brillante y además ya el título se hace eco de hechos del momento como la llegada del cometa Halley, dando ya desde su nombre por ello una imagen de actualidad. Tal vez la sobreexposición de Miguel Ríos en los medios y la música había provocado en el público un agotamiento; tal vez se esperaban otras cosas de él. Quién sabe.

Pasando de cuestiones circunstanciales, nos encontramos aquí con poco más de lo que ya teníamos en "La Encrucijada" (Polydor, 1984), aunque como ya se dice este conjunto es más vibrante, menos frío, más agradable de escuchar y por ello corre el peligro de convertirse en mera música de fondo.  Antes de caer en manidas etiquetas, señalemos como destacables algunas canciones, como la autobiográfica "Todo se lo debo al rock and roll", "Quinientas noches sin futuro" o el lamento del guripa, la inicial "El ruido de fondo", que nos mete en harina con mucha potencia o la seminal "Boabdil el Chico", enésimo retrato de la tierra granadina.

De esta época, "El Año del Cometa" se encuentra un tanto en tierra de nadie y la percepción generalizada de él es que se trata de un álbum menor completamente prescindible. Sin embargo, creo que en la carrera gana claramente al anterior, aunque ciertamente es inferior al siguiente, "Miguel Ríos" (Polydor, 1988). Es, en cualquier caso, un álbum que no recoge ninguno de los momentos más destacables o singulares de su autor.

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