portada del disco El Acto

Llevo treinta días sin luz / encerrado en este ataúd / tumbado soñando en mi celda / que es mentira / ¡es una pesadilla! / un recluso que me mira / me sonríe y me insinúa / es mi piel fría y morbosa / le seduce / ¡le fascina! / mentes depravadas /adictos de la lujuria / decadencia corporal / amantes de la obscenidad / otra mente retorcida / soñolienta de ojos húmedos / olor fétido y nauseabundo / me persiguen / ¡me atosigan! / ahora estoy ya sin sentido / metido hasta dentro del vicio / las pupilas ya se ocultan / ya no sufro / ¡no me agito!”. Apacible letra la de “Adictos a la lujuria”, que nos sitúa ya desde un primer momento en el ambiente bajo el que se va a desenvolver el esperado (y a la postre, único) larga duración de Parálisis Permanente.

“El Acto” (DRO, 1982) comienza, por tanto, sin sobresaltos: con una instantánea atroz de esos otros mundos presentes (y aún ajenos y distantes para el común de los mortales) en el nuestro, en que el sometimiento a los placeres más mundanos no está sujeto a ningún tipo de tabú, y el sexo se entremezcla con el dolor por mero disfrute. “Vamos a jugar” (no precisamente al parchís), continúa ahondando en el terreno sadomasoquista, como siempre con un envoltorio acorde al contenido, siendo especialmente indispensables esos teclados que tanta personalidad le otorgan al sonido de la formación. La vertiginosa “Te gustará”, con ese nombre, evidentemente tampoco podía estar referida a otro tema.

Con “Héroes”, versión castellanizada del tema de Bowie, se demuestra cómo una reinterpretación puede ser llevada a lo personal para conformar una de las canciones más destacadas del lote y, en este caso, alcanzar como mínimo a la original, que, tratándose de la que se trata y de quién se trata, ya es bastante.

Sin embargo, tras esta especie de concesión, retornamos a la senda que conduce al camino correcto, una via, un arcén y un cuerpo con precio. Paguemos el peaje, si no queda más remedio.

Tras un preámbulo de tormenta llega el turno de “El acto”, brillatísima composición, no precisamente por su luminosidad, en la que destacan las distorsiones de guitarra muy al estilo de lo que Poch estaba haciendo en esa misma época con sus Derribos Arias, y con una gran presencia del bajo de Rafa.

Si con “Héroes” se hablaba de reinterpretación, con “Quiero ser tu perro”, adaptación del “I wanna be your dog” de Iggy Pop, no se puede decir lo mismo, ya que es bastante calcada a la primigenia. Evidentemente, no suena nada mal.

Más interesante es “Bacanal”, único tema instrumental de la formación, que se erige como una excelente banda sonora de los horrores, con gemidos, figuras fantasmagóricas y un regusto flamenco más que apropiado y elegante.

“Esa extraña sonrisa”, el tema más gótico propiamente dicho, se encarga de escampar la tormenta iniciada en “El acto”, y dar cierre asi a este segundo bloque que consituye el fin del disco.

El grupo, a pesar de todo, demuestra funcionar mejor en dosis breves, y temas como “Jugando a las cartas”, “Esta no es” o “Todo el mundo” se sitúan en un escalón evidentemente inferior, sobre todo estas dos últimas que, junto a “Tengo un pasajero”, tema perteneciente al primer EP de la banda, parecen dejar un poso de relleno, sobre todo al compararlas con lo que habían y serían aún capaces de hacer.

Un magnífico disco, no obstante. Y, sí, la de la portada es Ana.

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