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LaFonoteca, Disco: Dímelo en la Calle
portada del disco Dímelo en la Calle

Tras el renacer del éxito vivido en 1999 y el recordatorio de su extensa carrera en un directo, Sabina se dispuso a seguir conquistando más mercado habiendo pasado los cincuenta. La consolidación de este renacer vino en 2002 con este álbum, ecléctico y maduro.

Arranca con “No permita la virgen” un tema claramente dylaniano en el que no faltan armónicas ni sencillas estructuras acústicas; siguiendo con una efervescente “Vámonos pal sur” para poner el toque eléctrico, que fluye sin  control alguno.En el tercer corte Sabina tira de complejas argumentaciones visuales para su “La canción más hermosa del mundo”. El resultado es brillante y evocador, aunque quizás un oyente analítico podría encontrarle ciertas similitudes conceptuales con el “Desolation Row” de Dylan. Puede que debido a la admiración que alguna vez ha confesado el jienense que tiene por el de Minnesota. Siguiéndole una difícil de clasificar “Como un dolor de muelas” cuya letra escribió a medias con el Subcomandante Marcos.

No se olvida Sabina de los desamparados cuando les dedica “69 punto G”. Que trata de los programas radiofónicos nocturnos de llamadas. Ni de los soñadores que buscan la utopía irrealizable y el amor perfecto en “Peces de ciudad”, que ya cantara Ana Belén en 2001, ya que le compuso la canción a ella. En tanto, el sorprendente tono de gypsy jazz de “El café de Nicanor” nos roba una sonrisa de complicidad.

Sigue el tributo semi oculto de Sabina con un deje muy Lou Reed en “Lágrimas de plástico azul”. Las letras del maestro son cada vez mejores: “Los cirujanos de las decepciones / cercenan por lo sano la alegría  / las venas del amanecer nacen sangre fría / y cada lunes nace muerto el nuevo día”; y “Yo también sé jugarme la boca” traza un croquis sin sentido con un lápiz azul cobalto y un trazo demasiado fino para que no te conmueva: “Las mejores promesas son aquellas que no hay que cumplir”, asegura el flaco.

Igual de melancólica pero quizá algo más convencional sigue “Arenas movedizas”, aunque se intuye que los temas tratados son diferentes, como la enfermedad y la muerte; y la ya habitual ración de música cubana la tenemos en “Ya eyaculé”. Para hablar de su relación con Argentina se vale de “Cuando me hablan del destino”; en la que por cierto no se olvida de Fito Páez con el que lleva años enemistado.El sabor mexicano lo pone la melosa “Camas vacías”, que rebosa penurias y recuerdos que no se borran por mucho alcohol que les eches. Cierra el disco con una sonrisa, la que le dedicas a la graciosísima “Semos diferentes”, que formó parte de “Torrente 2: Misión en Marbella” (2001) Santiago Segura, que canta con el director.

Así cierra un disco rico en matices y variado, que superó las 300.000 copias y que parece querer repetir la fórmula para continuar la senda exitosa de su anterior trabajo de estudio "19 Días y 500 Noches" (BMG, 1999). Si bien el impacto no fue tan grande el trámite se cumple con la cabeza alta y la misión puede darse por cumplida.

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