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LaFonoteca, Disco: Compito, página 2
portada del disco Compito

Poco más de un año después del extraordinario debut, Antonio Luque se carga una vez más a su banda y forma otra. Pero esta vez la cosa es muy seria. Coincide con un personaje que será fundamental en el devenir de muchos de los mejores momentos del proyecto: David Belmonte. Este se encargará de dotar al grupo de un sonido mucho más personal lleno de arreglos imaginativos y dejando de lado el perfil siniestro que dominaba desde el tiempo de las maquetas.

Si “Sr. Chinarro” (Acuarela, 1994) con la exquisita producción de Kramer sonaba a Sr. Chinarro pero dulcificando los momentos más turbios, “Compito”(Acuarela, 1995) busca la belleza en las aristas más afiladas.

No es un disco sencillo. De hecho, es el disco más complejo de toda su carrera. Los textos son más crípticos que nunca (y eso es mucho decir tratándose de quien se trata) y la música es una auténtica bofetada. Lo primero que llama la atención es lo mal que canta Luque. Porque canta endemoniadamente mal. Iniciar un disco tan fuera de tono como en la hipnótica “Tres pianos” es mucho reto de primeras. Y tratar de divisar esas retorcidas imágenes de una procesión religiosa con un Cristo de madera lleno de orugas en los ojos de un niño no es lo que se dice un plato sencillo de digerir.

Y esto es importante porque tanto en “Compito” como en sus dos siguientes discos el tema de la infancia y el extraño mundo que la compone es el tema central con una mirada de un niño que va creciendo en ese periodo hasta llegar a la adolescencia a la altura de “La primera Opera Envasada al Vacío”(Acuarela, 2001). Pero para eso queda mucho.

El sonido que Belmonte aporta es de raigambre mediterránea, con aires sureños pero también eslavos (mucho antes de que quisieran incorporarlos al pop grupos como Beirut). Grabado en el estudio gaditano de Punta Paloma, parece que la brisa tarifeña lo invadiese todo con los olores a San Fernando y los aromas del norte de África. Un destartalado acordeón, instrumentos que parecen de juguete, una trompeta inesperada... Todo funciona pero no con una intención de dulcificar los ambientes sino de hacerlos más angustiosos. Porque la infancia es terreno abonado para la angustia.

Y aunque todos los fantasmas aparecen (Paolo Conte vs The Cure), lo que está claro es que es intransferible todo lo que suena en el álbum, aunque “Papá matemáticas” pueda sonar a Robert Smith de la época de canciones como “Killing an arab” o del disco “Three Imaginary Boys” (Fiction, 1979).

Pero mientras sus compañeros de generación se esforzaban en clonar algún riff de The Lemmonheads o de Pixies, Sr. Chinarro lanzaba un cantazo entre ceja y ceja de seis minutos sostenido como base rítmica... con un paso de Semana Santa. Así, “En el arroyo del Belén” no tiene una batería o un bajo que guíe el ritmo sino los pasos de costaleros. Y eso, en el pop español a mediados de los años 90 no era lo habitual. Ni en el de 2010.

No alcanza la brillantez formal del debut y ese aire arisco, buscado, enfermizo parece más querer marcar distancias que otra cosa. Lo que está claro es que epatar no era el objetivo. Si se pierden los seguidores ganados con esfuerzo pues que se pierdan. Los que me quieran tomarán el tren.

Tampoco sería justo no destacar en este breve disco de tan sólo nueve canciones (y una sin acreditar) el tino que va perfeccionando Luque para las canciones de alcance inmediato. Aún dentro de los parajes desérticos que pueblan el disco hay remansos de dianas certeras. Un ejemplo es la todoterreno “Sal de la tarta”, con una guitarra que parece tocada por el propio Jhonny Marr de The Smiths, perfecta para tararear mientras evocas momentos que tampoco tienen porqué ser mejores sino sólo anteriores. Esos refranes cercenados marca de la casa y una imaginería del recuerdo de espejos del callejón del gato, un lenguaje personal pero que deja las suficientes pistas para que podamos acceder a él. O el ambiente arábigo, con fuerte olor a Mediterráneo (de hecho se escuchan las olas ir y venir por la canción) en “A la comba”.

Pero como otros grandes artistas el Luque de “Compito” merece un puesto de honor más por lo que esconde que por lo que muestra. Porque escondida, sin acreditar, sin letra impresa está “Su mapamundi, gracias”. Pieza capital en el universo chinarro que conocería una pantagruélica versión, comatosa, envuelta en diamantes a cargo de Los Planetas en un split con el propio Sr. Chinarro.

Si “Compito” es la primera mirada intensa a la infancia en el universo chinarro, no hay nada más profundo en la infancia que la relación con la noche de Reyes y sus regalos. Y sus decepciones. Te has portado bien, has rezado y no has hecho rabiar a tus padres. Esperas la recompensa. Te la has ganado. Te vas a dormir. Llegan los tipos en camello y esos miserables te traen un cartón con unas pistolas de plástico y un jodido diccionario. Y, como mucho, un juego de mesa de Borrás, Mattel o Falomir. Para eso has rezado. Para eso te has portado bien. Para una mierda de disfraz. Para unos juguetes que ahora se venden en el todo a 100. Y los cabrones de Los Reyes Magos se ríen de ti en el salón. Y si protestas, dos hostias. Y los payasos en la tele que también se ríen de ti. A ver cómo vas al cole y cuentas esto. Vayapordios. A la feria navideña calentito: si no quieres porras vas a tener tortas. Muchos años antes ya sabíamos que no había nada más triste que unos ponies tullidos dando vueltas tras unos sacos de avena. Qué hijos de puta los Reyes Magos. Y todo esto envuelto es un lenguaje de extraña, febril poesía (“más que estrellas, numerosas retahílas”) para configurar la crónica de la primera decepción real en la vida. Inmenso.

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