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portada del disco Bailio

P.V.P. parecen haber dado por fin el gran salto a una mutlinacional. Tras una azarosa trayectoria que les ha llevado a grabar cada uno de sus discos con un sello distinto, finalmente recalan en una gran firma en la que confian poder tener la proyección adecuada como grupo consolidado tras casi una década de pelea. Y sin embargo fue, según lo que confesaban sus protagonistas tiempo después, el detonante que les lleva a disolverse al poco de su edición.

La evolución que sigue el grupo en su camino hacia esa pretendida estabilidad musical pasa por un progresivo abandono de varias de las señas de identidad con las que se habían hecho un hueco a principio de la década de los 80: las guitarras poderosas y cierta tendencia a la oscuridad a la ola del afterpunk de aquel entonces.

"Donde se Pierde la Luz" (Tres Cipreses, 1985) fue ya un claro aviso a navegantes de por dónde iban a ir los tiros. Aparte de la concesión a la sección de vientos, que por otro lado, siempre había tenido un hueco aprovechando las querencias jamaicanas de Juanjo, cantante y guitarrista, los teclados se consolidaban de forma irremediable hasta el punto de estabilizar como miembro fijo de la banda a Enrique.

Una vez logrado que aparezca el nombre de Teddy Bautista, la grabación se realiza en los estudios Kirios, lo que en principio garantiza las mejores condiciones técnicas para la empresa. Y, efectivamente, el resultado cumple las expectativas en cuanto a calidad de sonido, pero dista mucho de posibilitar un trabajo reconocible de P.V.P.

Nuevamente adolecen de una enorme disparidad de registros. Tan pronto visitan aires caribeños en "Baja de la hamaca", que en el mejor de los casos podrían compararse a algunas de las exploraciones de The Clash en su época Sandinista, como se dejan llevar por sonidos más propios de banda sonora de película de instituto norteamericano en "Montaña rusa". Con "Te vi" uno podría también pensar en la versión de The Damned menos dura, la de "Grimly fiendish".

La producción suena inevitablemente artificiosa, hay sobreabundancia de teclados y las guitarras apenas sí sugieren el punto de durezas de antaño, pero predomina el pop rock de historias algo insustanciales como la "Cris y Juan".

Letras también algo tibias, moviéndose sin excesiva convicción entre querer estar haciendo el amor bajo las palmeras continuamente y pensar en la paz mundial: "No hay razón para ser tan salvajes". También resultan fallidas en las historias de soldados y el frente. Los efectos la hacen poco menos que irreconocible incluso con el resto del disco. No hay demasiada uniformidad.

Cierran con "Jugando con fuego", un ejercicio en el que suenan a Pistones, aunque nuevamente son las aproximaciones a vericuetos con cierto parecido a Psychedelic Furs, "Días, noches", las más logradas.

 

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