portada del disco Actos Inexplicables

Aquí la emotiva y romántica imagen de un hombre ante sus íntimas canciones toma más sentido que nunca. Con solo 26 años, Nacho Vegas se despoja de las turbulencias de Manta Ray y, eliminando los recelos del indie hacia la caspa que se les supone a los cantautores, se lanza a su carrera en solitario con un casi redondo debut.

Sin duda, la devoción que siente por los clásicos es algo palpable. Pero aquí es casi como un tímido tributo a muchos de ellos más que un simple y puro mimetismo. Sin embargo, no es la mayor virtud de "Actos Inexplicables" (Limbo Starr, 2001) las influencias que salen a flote en el repertorio, sino también que aquí no hay ninguna propensión a repetir unos tics en los que luego si caerá a lo largo de su carrera. A pesar de que se haya quejado en alguna entrevista de que su voz sonaba demasiado forzada en este primer álbum, lo cierto es que las canciones fluyen con mucha naturalidad.

A pesar de la respetuosa versión que hace de Townes Van Zandt en "Que te vaya bien, Miss Carrussel", aquí el protagonista se podría decir que es Leonard Cohen. "El camino" da buena cuenta de ello, no sólo por sonoridad, sino por utilizar las mismas imágenes que el canadiense: la vida como camino y los obstáculos que hacen que uno pueda dejar de ser uno mismo como la religión. Nacho Vegas es capaz de unir dos mundos distantes entre sí: el de los cantautores clásicos norteamericanos con el de los indies de principios de los 90, de los que fue protagonista con Manta Ray. Quizás por la unión de ambos existe "Blanca" y "Molinos y gigantes", las dos canciones que cierran el disco. Y quizás también, no sólo por coincidencia geográfica, produce el disco Paco Loco.

Pero lo que prima ahora es la canción y no los efectos. Es al principio de "Actos Inexplicables", de hecho, donde enseña sus cartas y en donde se encuentran sus cumbres estilísticas. Una, "Seronda", que fue single con clip incluído (Nacho Vegas en blanco y negro retratado en su Gijón natal por Ramón Lluis Bande, compañero en Diariu) con un inolvidable arreglo de theremin. Y la otra, esa oda maldita a un difunto, "El Ángel Simón", donde los violines dirigidos por Carlos Martínez se suman a la tragedia.

Para que se entienda: la mayor virtud de este álbum es que el cantautor, sin ampulosidad, se presenta ante el oyente con un tema sincero, hermoso y de cuatro acordes que es "Al norte del norte" (de la que luego hará una versión eléctrica), tras ese premonitorio instrumental, "Actos inexplicables". Desilusiona un poco que luego roce el cielo por otros medios.

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Comentarios

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athinna
17 abril, 2011 at 19:40

Escuchar este album es como tomar un café con Nacho y escuchar sus preocupciones…

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