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La maldición del Denim (Chanel en el Primavera Sound)

Publicado el 27 marzo 2012 por Milodón (y Madroño)

Gabrielle ‘Coco’ Chanel: veo todo en blanco y negro.

Decía Coco Chanel: “Para ser irremplazable uno debe ser diferente”.
La indumentaria es una vía rápida hacia la diferencia. Y la diferencia es, no ya un derecho, sino un deber de cualquier banda que se precie. Desde Josephine Baker hasta Lana del Rey música y moda siempre han sido amiguitas.

¿Qué hubiese sido de los Jam sin sus parkas? ¿De las bandas de jazz sin sus zoot suits? ¿De Loquillo sin sus Perfectos? ¿De los Specials sin sus pork pie hats? ¿De Kiss sin sus pantalones pitillo y su maquillaje? ¿De los bakalas sin sus chandals?
Las pintas siempre han sido complemento de los acordes; la militancia en bandas y los postulados estéticos fueron indisolublemente unidos a lo largo del siglo XX.
¿Os acordáis del siglo XX? Era cuando en el primer mundo los obreros que salían grasientos de sus fábricas necesitaban escuchar soul para purgar sus armas.

En el siglo XXI ya no fabricamos casi nada en el primer mundo: nos regodeamos en el sector servicios y la sociedad del ocio. Y nos hemos especializado en dos cosas: el diseño de cosas bonitas y la producción de espectáculos entretenidos.
En el primer grupo, la moda. En el segundo, la música.
Muchas veces, ambas disciplinas colaboran.

Y así es como los modistos convierten a las grandes divas de la canción en sus musas.
A Madonna le hace la ropa Jean Paul Gaultier.
A Beyoncé le diseña el vestuario Thierry Mugler.
Y Nichola Formichetti se pone las botas con Lady Gaga.
Así es también como Rayban, Levi’s, Vans o Converse esponsorizan los grandes festivales ‘independientes’.
O como Anna Calvi, Florence Welch y Annie Lennox actúan en directo en los desfiles de Karl Lagerfeld, Gucci o Dolce & Gabbana.

La moda ha invadido la música y el rumbo de la economía en el primer mundo ha desplazado vocaciones: los niños ya no quieren ser guitarristas, sino estilistas.
Ahora, eso sí: los guitarristas que quedan defendiendo el poblado pop en plan Asterix nunca habían contado con tantas herramientas para ponerse guapos.

Hedi Slimane le diseñó el vestuario a Franz Ferdinand.

Y sin embargo, el vestuario de las bandas nunca había sido tan aburrido y previsible como lo es en la actualidad. Y si hablamos del terreno nacional, más.

Decía Coco Chanel: “Para ser irremplazable uno debe ser diferente”.

¿Cuándo, dónde y cómo lo dijo? ¿En qué contexto y por qué pronunció estas palabras? ¿De verdad Mademoiselle se dedicaba a lanzar aforismos entre truja y truja? ¿Alguien ha escuchado el archivo mp3 que prueba que de los labios de la inventora del bronceado, el traje de chaqueta y la bisutería salió semejante obviedad? Nops. Ni falta que hace.

Chanel no sigue vendiendo doce millones de gafas con su logotipo al año gracias a la transparencia informativa. Los Ramones no han puesto su emblema sobre las tetas de media humanidad confesando que en realidad llevaban pelucas.
La maquinaria de la industria de la moda y la de la música pop se engrasa con el mismo aceite: la mitomanía. Y los mitos no se construyen sobre el rigor documental, sino sobre las anécdotas cargadas de bombo y las frases grandilocuentes.

Seguramente Chanel nunca dijo que para ser irremplazable, diferenciarse es esencial. Aunque el caso es que esa idea básica fue la que empujó un buena día a la novia del Beatle muerto, Stuart Sutcliffe, a cortarle a los cuatro fabulosos el pelo a la taza y a sugerirles que se vistiesen con trajes Chesterfield.

Ahora, los trajes Chesterfield pueden convertirse en una tendencia global que llene las calles de todo el mundo en un abrir y cerrar de ojos por obra y gracia de Amancio Ortega. Y también es posible encontrar merchandising de los Misfits en las boutiques de Inditex o en H&M.
Mitomanía a granel, vamos.

Pero tenemos malas noticias amigos: lucir en el pecho y con orgullo la portada del “Marquee Moon” (Elektra, 1975) no nos convierte automáticamente en Tom Verlaine. Ni ponerse ‘Hate’ en la espalda nos da los superpoderes de Ian Curtis.

Muchos músicos españoles hoy parecen pensar que ponerse una camiseta de algodón de su banda favorita con vaqueros es todo un fashion statement. Que hacer una referencia al mito les mitifica/mistifica.
Que la imitación es una forma de creatividad.
Pois non.

Hay un cuerpo girando en el probador

Aunque lo pueda parecer, el Milodón no ha venido hoy a deciros que la mayoría de los grupos españoles EN ACTIVO (este matiz es importante) son un poco vagos (estilísticamente) y que abrazan la estética ardilla (camisa de cuadros y denim) con una desfachatez que acatarra.
El Milodón ha venido hoy a hablaros de las honrosas excepciones. De los que no se han conformado con ser remedos pulcros de Josele Santiago o clones castizos de Kurt Wagner o lolitas maduras con vestidos de lunares o imitadores de Justice.

Esta gente quizá no pretenda ser imprescindible, como decía la Chanelona, pero que desde luego intenta la diferencia.
Y el Milodón los trae hoy aquí por su sentido de deber para con el armario, y en consecuencia, para con el público: se nota que cuando vieron a Parchís de pequeños entendieron que lo de los cuatro colores era una parte importante de la puesta en escena.

Así que, ahí van:

Ariadna de Los Punsetes

Su rollo: Princesa gótica de Alexander McQueen
Su logro: Se cambia más de outfit que Anne Igartiburu en una gala de Nochevieja

La Bien Querida

Su rollo: Martirio de la nueva era: faldas de faralaes y chaquetas ejecutivas
Su logro: Aunque a veces tiene una pinta bien bizarra, hay que reconocer que se sale de la media. No así su partenaire, DaBeef

Lorena Álvarez y su Banda Municipal

Su rollo: Unos hipsters de Brooklyn van al descenso del Sella y de paso plantan unos puerros
Su logro: En el caso de Lorena Álvarez, hacer unas fundas de guitarra que pondrían los dientes largos a un monje budista.

Regiones Devastadas

Su rollo: Símbolos nacional-católicos y geometrías futuristas
Su logro: Darle vida al niño nazi de Mark Ryden con sus uniforme de boy scouts

Linda Mirada

Su rollo: Diosa de la selección vintage
Su logro: Ser antónimo (en todos los sentidos) de Russian Red

Pony Bravo

Su rollo: Nick Cave And The Bad Seeds meets Chiquito de la Calzada
Su logro: Devolverle a la camisa estampada la dignidad que le corresponde

Y no se nos ocurren más, así que se admiten muchas y muy enriquecedoras sugerencias.

Moraleja.
Queridos pobladores del reducto pop, amantísimos Asterix del rock: hay un mundo de posibilidades estéticas ahí fuera. Salid a descubrirlo.
Sabemos que os gusta más el lavado a la piedra que un pedal de reverb.
Pero no abuséis de los vestiditos naïf, de las camisetas y del denim, que es un verdadero coñazo. Aunque el mito Yves Saint Laurent dijese: “De lo que más me arrepiento es de no haber inventado los vaqueros”.

El Milodón es un plantígrado antediluviano que se extinguió hace trece millones de años. Hace tres años llegó a Madrid y resucitó. Y desde entonces sueña con encaramarse al Madroño y reemplazar al oso.

El entierro de la sardina (pop)

Publicado el 10 febrero 2012 por Milodón (y Madroño)

The Breakfast Club

The Breakfast Club

Si hubiese que hacer una pirámide demográfica con la población que compone la escena musical española, el gráfico nos saldría con forma de ataúd. Y esto no es una metáfora gótica ni una hipérbole siniestra: es que cuando la población envejece a ritmo muy superior al que aparecen nuevas generaciones las barras que representan el crecimiento de demográfico forman una figura con esta fúnebre forma. Que se lo digan a Japón. Los expertos en economía aseguran que en 2050, si siguen la tendencia actual, la población activa del país nipón será tan reducida como el público de un concierto de la Nueva Oreja de Van Gogh.

Dios les libre para entonces de otro Fukushima, porque todos los bomberos van a estar en un geriátrico.

Aunque la SGAE cuenta con datos sobre los músicos que les tributan, no hay un instituto nacional de estadística que se dedique a llevar el censo de músicos españoles (si lo hubiese, el director general sería, con toda seguridad, Kiko Veneno), pero el Milodón se atreve a asegurar sin miedo a equivocarse que el pop español pasa por una fase vegetativa: es decir, está envejecido y envejeciendo.

Aquí nos metemos en terreno peliagudo por dos razones:
a) Continuar con este argumento obliga a una definición previa de los términos ‘escena musical española’ y por supuesto ‘pop’ (antes de seguir leyendo, podéis haceros fans de este grupo de Facebook)
b) Seguir adelante con esta exposición entraña un riesgo: herir la sensibilidad de los músicos implicados. Es fácil quitarle importancia a la anécdota de esos niños que te paran por la calle pare pedirte la hora y te tratan de ‘usted’ y te llaman ‘señor’. Pero cuando hace tiempo que ya no eres aquel tipo esbelto y con abundante flequillo que cabía perfectamente dentro de unos pantalones pitillo y la tonsura natural o la feliz tripa del hombre casado hacen acto de presencia es más difícil defender que te hayan publicado ya cinco discos (y cuatro sean mediocres).

¿Hay alguien ahí, MacFly?

¿Hay alguien ahí, MacFly?

Supongamos que ‘escena musical española’ y ‘pop’ son dos palabra baúl en las que queremos meter cosas que suenan mucho por la radio y que son bastante conocidas por el público general: acudamos entonces a alguna lista tan ramplona y uniformizadora como el propio hecho de hablar genéricamente de ‘escena musical’ y de ‘pop’. Vayamos a ver cuáles son los diez nombres encabezan hoy por hoy la lista Promusicae de los discos españoles más vendidos.

Y dice así:

Pablo Alborán.
Sergio Dalma.
Estopa.
Manolo García.
Dúo Dinámico.
Amaral.
Bunbury.
Alejandro Sanz.
Amaia Montero.
Luz (Casal).

Correcto.

Nombres todos que ya aparecían en aquellas lista de Afyve que tan felices nos hicieron en los tiempos del Rockopop de Beatriz Pecker. Con la sola diferencia de que entonces todos ellos tenían veinte años menos. Y de que en aquel tiempo la venta de discos podía llegar a convertirse en una fuente de ingresos seria para quienes quisieran vivir de la música. Únicamente Pablo Alborán -un chaval de veintitrés que ha conquistado al público nacional con una propuesta flamenca tan fresca como los jerseys de cuello vuelto de Carlos Cano- es la excepción que confirma la regla.

Premio al Artista Revelación

Diréis:
- Pero Milodón, todos sabemos que las listas de ventas oficiales, controladas por majors y cercenadas por mil motivos, en un mundo dominado por las descargas libres, la escuchas en streaming y la autoedición, no representan en absoluto la realidad de lo que está ocurriendo en el panorama musical español (¿‘Panorama musical español’? Joder, sal de mi, José Luis Moreno).

Y tenéis razón. Los rankings de Promusicae son tan fiables en la medición del pulso de la escena como un gallo de Portugal en la predicción del tiempo.

Por este motivo, el Milodón ha hecho un somero repaso de las listas de Lo Mejor de 2011 publicadas por revistas especializadas en los ires y venires de la industria independiente (¿es necesario concretar a qué nos referimos con ‘independiente’? Qué cansancio. Que ese post lo escriba otro) con la esperanza de que estos espacios de probada sensibilidad underground y gran habilidad prospectiva (Rockdelux, Jenesaispop, MondoSonoro), capaces de subdividir la música popular contemporánea en más de cincuenta y seis categorías diferentes, arrojasen algo de luz sobre el asunto.

La esperanza era encontrar bandas de veinteañeros con cuerpos en plenitud física y mentes inquietas en estado de bullición. Erecciones prodigiosas e ideas nuevas. Los Lady Gaga, los XX, los MGMT, los Vaccines españoles. Los Niños de San Ildefonso del predio alternativo. Juventud, divino tesoro.

Veamos un resumen de los nombres más frecuentes en las listas independientes de los mejores trabajos del año que acabamos de despedir (los números no responden a un orden concreto).

1. Nacho Vegas.
2. Manos de Topo.
3. Antónia Font.
4. Parade.
5. La Casa Azul.
6. Nudozurdo.
7. Russian Red.
8. La Bien Querida.
9. Christina Rosenvinge.
10. Pony Bravo.
11. Sr. Chinarro.
12. Lisabö.
13. Bigott.
14. The New Raemon, Francisco Nixon y Ricardo Vicente.
15. Manel

Interpretación de datos para la ubicación de estas bandas dentro de la pirámide demográfica:

1. La etiqueta yogurín no le encaja, ¿verdad?.
2. Los Artic Monkeys, también fueron jóvenes promesas. Pero ya no.
3. Su gran hit se titula “Calgary 88″. Aquí huele a tienda de segunda mano.
4. ¿¡Aún publican!?
5. Guille Milkyway sale en las fotos de la comunión de Tino el de Parchís
6. Como Lori Meyers o Vetusta Morla, FUERON jóvenes
7. Aplíquese el epígrafe anterior.
8. Véase Christina Rosenvinge.
9. Véase La Bien Querida.
10. Hay que haberle dado varias vueltas al tacómetro para hacer esas letras.
11. Grecian 2000, s’il vous plait.
12. Atendiendo a la entrada de la Wikipedia: “Es un grupo de rock del País Vasco fundado en Irún en 1998”.
13. Es un señor mayor con pelo en la cara.
14. Tres señores mayores, dos, con muchísimo pelo en la cara.
15. Voluntariosos, pero no críos.

Diréis:

-Pero Milodón, estas listas no reflejan, ni muchísimo menos, la riqueza de lo que ocurre en pequeñas salas de conciertos, donde grupos que han autoproducido maquetas o publicado con sellos mínimos sus disquitos de 10 pulgadas, forman parte de una comunidad efervescente. En este hueco es donde están escondidos los talentos insultantemente jóvenes.

Y el Milodón os dice: si esto fuese así (que no lo es) el resultado sería igualmente desolador. O peor. Significaría que la chavalada con ideas y energía renovadas no consiguen hacer llegar su talento a los circuitos comerciales. Y al fin y al cabo se trata de que la cosa rule, ¿no?. ¿O acaso hubiese dejado John Peel que The Smiths se quedasen para siempre tocando en un asqueroso cuchitril de Manchester?

-O sea, Milodón, que tu opinión es que la gente mayor de veinticinco años no tiene derecho a componer, tocar y editar su música.

No. Por su puesto que lo tienen. De hecho, aún esperamos grandes cosas de muchos compositores mayores de cincuenta.

Pero si los mitos de la historia de la música pop (rock o como demonios queráis llamar a cualquier de los cincuenta y cuatro subgéneros que os guste) se suelen morir a los veintisiete años es porque han ofrecido lo mejor de sí mismos mucho antes. Alaska tenía catorce años cuando se subió por primera vez a un escenario. Antonio Vega veintitrés cuando compuso “La chica de ayer”. Santiago Auserón veinticinco cuando editó “Música Moderna” (Hispavox, 1980) con Radio Futura. David Summers diecinueve cuando salieron sus primeros singles.

¿Se acabó la historia de la música española el día que Jota cumplió cuarenta años y llevamos seis celebrando el entierro de la sardina? ¿Deberíamos poner en marcha políticas de natalidad musical en los institutos, de la misma manera que los japoneses subvencionan el segundo hijo? Y sobre todo, ¿de verdad es Pablo Alborán la nueva esperanza del pop patrio?

- Milodón. El cantante de Los Planetas tenía treinta y dos cuando la banda lanzó “Una Semana en el Motor de un Autobús” (RCA, 1998). Cierto, amigos. Y quizá ahí radique parte del problema. Aunque esto y el análisis de las causas profundas de este funeral ya es un tema de debate para otro día.

Puedes encontrar a Milodón (y Madroño) en http://milodonymadrono.blogspot.com/