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Sobre escenas y microescenas

Publicado el 15 mayo 2012 por Manuel González Moliner

Cuando en petit comité comenté que estaba preparando un artículo sobre escenas musicales, desde LaFonoteca no parecieron muy entusiasmados, la verdad. Aunque hubo algún resoplo, se me insistió en que podía hablar de lo que quisiera y bueno, pues al final de eso mismo es de lo que he querido hablar. Cierto es que el asunto está un poco manido, pero no es menos cierto que algo hay en él que siempre provoca prurito y, si el objetivo es generar debate, hay que decir que el debate sobre las escenas no está apagado. Bueno, tampoco encendido, la verdad. Más bien echa algún hilillo de humo de vez en cuando. Se ha convertido en algo así como una fuego fatuo, un asunto fantasmagórico.

Hace poco, un twittero con el original nombre de “indiegnado” (los sagaces juegos de palabra con el “indie” están apunto de superar al “funk” en cantidad y calidad) clamaba ante sus ¡cuatro followers! contra “la absurda microescena madrileña pop de Solletico, Rusos Blancos, Hazte Lapón y Cosmen Adelaida. No puedo evitar ver en esto algo entrañable. Yo soy de la idea de que en España es imposible alcanzar el éxito sin que haya un grueso de gente que te deteste. La pena es que sólo hubiera cuatro testigos ante tal arremetida. Pero me ha vuelto a surgir la duda, ¿hoy día, hay escena o no la hay? Y más importante aún, ¿a alguien le importa lo más mínimo? Porque al fin y al cabo, ¿cuantas escenas han existido en España? Voy a intentar hacer un repaso rápido y a ver si sacamos algo en claro. Prometo ser lo menos riguroso posible, a ver si así, al menos, le damos chicha a un tema fofo.

Respecto a las escenas pasadas, seguramente la única que todo el mundo tenga clara es La Movida madrileña, aunque posiblemente, nadie sepa ya muy bien qué fue movida y qué no. Todos los grupos parecen haber adoptado el término o renegado de él según conveniencia, y con tanto intento de rentabilizar el concepto, este ha acabado funcionando prácticamente como sinónimo de “música española hecha en los 80”. Los recopilatorios de cuatro cedés de lo mejor de la década han acabado por mezclar la velocidad con el tocino, y aunque aún haya quien se acuerde de las viejas polémicas entre babosos y hornadas irritantes, al final Mamá y Glutamato Ye-yé han acabado condenados a aparecer de la mano hasta el fin de los días. Protagonistas directos como la ubicua Alaska, que igual posa desnuda para una foto antitaurina, sale en portada de la revista Psychologies o hace de tertuliana en la COPE, siempre ha dicho que entonces eran cuatro gatos que salían apedreados de los conciertos patronales y a palos con las fuerzas del orden. No me extraña que no añore aquella época, cuando, con el tiempo, ha sido la que se ha llevado la parte más grande del pastel (al menos, una parte tan grande con la de Almodóvar). Pero entonces, si los grupos no estaban unidos y el público no era tan abundante, ¿dónde estaba la escena? Si que parece cierto que más allá de rivalidades coyunturales y dificultades de un país recién llegado a la democracia, hubo un continuo intercambio de ideas entre artistas, no sólo de la música, también del cine o las artes plásticas. E independientemente de que en lo primeros años la mayoría de los españoles permanecieran aún ajenos a aquella efervescencia, Madrid era un hervidero.

Más que el estilo musical, sometido a contínuo cambio, incluso dentro de una misma banda en un corto espacio de tiempo, lo que los unió fue ese fluir de ideas. Luego las rivalidades no eran para tanto, por ejemplo Javier Urquijo, de Tos, germen de Los Secretos, llegó a ser miembro de los Pegamoides durante un tiempo. Víctor Coyote, de Los Coyotes, daba al respecto una visión interesante: En esa época no había suficientes rockabillies, suficientes punks, suficientes siniestros o suficientes mods como para abrir un bar para cada estilo, y entonces todos coincidían en la misma sala o en el mismo pub, y el intercambio de opiniones surgía de forma natural. Cuando aquella música minoritaria fue creciendo, las tribus se separaron, las ideas dejaron de mezclarse y ese fue el principio del fin.

Sí puede decirse que La Movida tuvo lugares comunes: fanzines como La Liviandad del Imperdible dieron un pueril pero potente componente ideológico, concursos como el Villa de Madrid abrieron paso a la joven cantera, Ordovás dio salida a las nuevas bandas en su programa de radio, y, de forma natural, nacieron nuevos sellos para sacar los primeros singles de estos grupos. Se abrieron salas, como Rock-Ola, que además de a Ramoncín, abrieron sus escenarios a bandas imberbes, que podían recibir los oportunos gargajos tan de moda en aquellos tiempos, pero también compartir cartel con Echo & The Bunnymen o Spandau Ballet. Más adelante, un interés político por destacar todo aquello como un paso de España hacia la modernidad dio como resultado un programa en la televisión estatal, La Edad de Oro, que además de dar difusión masiva (con sólo dos canales y sin mando a distancia no había guerra de shares) ha quedado como el mejor testimonio de la época. Pocos grupos de aquellos tuvieron carreras largas, y como herencia han quedado algunos discos disfrutables pero también mucha tontería, mirada con muy buenos ojos, y sin embargo, las crónicas ayudaron a darle el lustre que todo mito necesita.

Los 90 parece que están más claros. Indie (antes “música alternativa”) es aquello que salía en el Generation Next de Pepsi, ¿no? Bueno, aquel recopilatorio fue el primer contacto con aquella música que tuvimos muchos adolescentes, pero no hay que ser tramposos. Alternativo era lo que presentaba una alternativa a la música mainstream, aunque luego las marcas comerciales, siempre astutas, enturbiaran el espíritu inicial. Este fenómeno, más descentralizado que el anterior, tuvo epicentros esparcidos por la península. Sabemos que hubo un Xixon Sound, un Donosti Sound, que había escenas más o menos nutridas en Granada o Sevilla. Y también estaban Dover, que eran alternativos al principio, pero luego no, porque tuvieron éxito a partir de un anuncio de la tele, ¿no es así? Aunque eso también les sucediera a Australian Blonde, que eran un icono de aquella eclosión asturiana, junto a grupos como Penelope Trip, Los Locos de Paco Loco o Eliminator Jr. ¿Entonces, en que consistía la escena?

Fran Fernández, que lo vivó todo de primera mano, siempre dudó de que hubiera habido una escena real. Más bien eran unos pocos chavales interesados por nuevas bandas ruidosas, anglosajonas y americanas, como Ride, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr. o Sonic Youth, referentes musicales que no compartían con la mayoría de la gente de su alrededor, lo que los animó a intentar hacerla ellos mismos. Esto posiblemente hubiera sido muy minoritario si no hubieran sido arrastrados por el fenómeno Nirvana, que al desbancar en las listas a Michael Jackson demostró las inmensas posibilidades comerciales de la música underground. Antes de eso, eran tan pocos que en Oviedo, uno de los dueños del bar Movie, que resistía desde del inicio de los 90 (recientemente cerró) me contaba que en esos años se acercaba a hablar con cualquiera que llevara una camiseta de The Pastels. El público era tan escaso que a veces sólo se iban ver los unos a los otros, pero los propios grupos, través de radios locales de escaso alcance, podían pinchar los discos que se traían de sus viajes a Inglaterra o directamente intercambiar en mano las cintas de cassette que grababan. Así lo hicieron Tito Pintado o Ibón Errazquin, introduciendo nuevos sonidos, igual que hiciera Olvido Gara a finales de los 70. Estos fenómenos locales difícilmente se hubieran unificado si no hubieran existido fanzines como Malsonando, nuevos sellos, como Elefant o Acuarela, o concursos de maquetas como los de la revista Rockdelux, donde destacaron grupos como Los Planetas o Australian Blonde, aunque luego fueran premiados proyectos ignotos, como el grupo de hip hop Eat Meat. En aquellos primeros años, la prensa tuvo mucho importancia a la hora de apoyar a los nuevos músicos, valorando la novedad y el riesgo por encima de aspectos más discutibles. Una mirada crítica generosa dejó crecer a la bandas, haciendo la vista gorda ante plagios obvios, voces desafinadas, grabaciones apresuradas y letras muchas veces pobres.

Luego vino el tontipop. Eso también parece que fue una escena, ¿no? Y lo que les une está bastante claro, porque el nombre es delator: pop de tontos ¿o para tontos? Con la llegada de Meteosat cantando “Mi novio es bakala”, una horda de niños pijos dieron carpetazo al existencialismo abrasivo y la decadencia loser de los 90 saludando al nuevo milenio con ganas de diversión. Los recopilatorios de lo mejor del año, sin embargo, se llenaron sobre todo de canciones de herencia sixtie y electropop de letras más costumbristas que bobas, influidas por Family y Los Fresones Rebeldes. Aparecen grupos como Portonovo, Ellos, La Monja Enana, Me Enveneno de Azules, Mirafiori o La Casa Azul, muchos de los cuales tendrán una trayectoria breve, que a veces ni siquiera culmina en un disco. Pero radio y prensa, ansiosos de una nueva cosa de la que hablar, prestan atención a este “huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno”, aunque no siempre los tratan con tanta amabilidad como a sus predecesores. Hoy resulta curioso que por tontipop pasara, por ejemplo, un grupo como Astrud, que hablaba de “proyecciones mitopoyéticas” y hacían juegos de palabra con “lounge” y “Lynch” y que, con su pinta de empollones, más bien parecían los listos de la clase. Todo vuelve a ser confuso, pero lo que está claro es que, una vez más, parece que es una imprecisa etiqueta de la prensa la que actúa de aglutinante. La escena es fugaz y muere al poco de nacer, pero eso no es necesariamente un impedimento. Si uno lo piensa, más o menos eso duró el punk británico.

¿Qué pasó después? Pasa el tiempo sin que surja nada nuevo hasta que de repente, un polémico artículo de Rockdelux sobre las nuevas escenas de Madrid y Barcelona, (ignorando al resto de ciudades, por cierto) marcan un nuevo maridaje generacional. Los Punsetes en Madrid y Tarántula en Barcelona, con los sellos Gramaciones Grabofónicas y Producciones Doradas detrás, capitanean un nuevo relevo generacional. Empieza a hablarse de Cohete y de Garzón, de Juanita y Los Feos y de Decapante, de Za! y de Manos de Topo, de El Guincho y de Le Pianc. Pero, ¿puede haber escena entre grupos tan dispares? Si lo pensamos, el punk americano agrupó a Suicide y a Blondie, a Talking Heads y a Television, a Devo y a Patti Smith. Entonces, el nexo común fue una sala de conciertos, el CBGB. ¿Y aquí? Pues no está claro, aunque hay salas en estas ciudades que se convierten en señeras, como es el caso de la madrileña Nasti, quizá la clave para entender comuniones tan eclécticas sea la influencia de internet. Las canciones ahora se pueden oír de forma inmediata, sin necesidad de que exista formato físico, y los numerosos blogs musicales se encargan de pregonar las buenas nuevas y convertir algunas maquetas en vox populi. Puede parecer algo muy desmembrado, pero si hacemos un análisis más a fondo, si que puede decirse que hubo muchos nexos entre los grupos: conversaciones, colaboraciones, splits, conciertos compartidos, miembros que saltan de un grupo a otro. Las relaciones entre ellos son fáciles de rastrear, a través de los amigos que se exhibían en el entonces rutilante myspace. Otra vez, aunque el germen real existe, es un artículo periodístico el que hace de cemento para que los oyente asocien algunos nombres.

Mi conclusión es que ese es el principal punto común en toda esta historia, las escenas existen si se hablan de ellas como tal. Son los cronistas los que convierten a unos grupos más o menos unidos por la afinidad y la coexistencia espacio-temporal en una escena. Entonces, volviendo al principio e intentando responder a “indiegnado”, ¿existe aún esa absurda microescena en Madrid a día de hoy? ¿La hubo en algún momento? ¿La va a haber en el futuro? Supongo que eso dependerá de que alguien quiera contarlo así. Muchas de las personas de generaciones anteriores puede que frunzan el ceño, es ley de vida. También George Harrison dijo que iba a dejar la música cuando surgió el punk. Si establecemos similitudes con otras escenas, haberlas, haylas. Hay un concurso de grupos revelación del festival Contempopránea donde aparecen en puestos destacados grupos como Rusos Blancos, Cosmen Adelaida, Los Ingenieros Alemanes, Alborotador Gomasio o Ed Wood Lovers, hay un bonito disco llamado “No te Apures Mamá, es Sólo Música Pop” (LaFonoteca, 2011) donde muchos de esos nombres se repiten, añadiéndose otros como los Solletico, Los Autócratas, Raúl Querido o Betacam y un concierto de presentación de este disco, con un lleno absoluto de la sala Siroco y un centenar de personas que se quedan a las puerta. Hay un blog (y radio) como Aplasta Tus Gafas de Pasta, en cuyos recopilatorios y fiestas pueden rastrearse las primeras grabaciones y actuaciones de algunos de estos grupos, así como los primeros debates sobre la presencia o no de una nueva escena. Hay continuas colaboraciones y nexos, hay nuevas publicaciones, como Jenesaispop, que han dado cuenta, aunque tímidamente, de estas primeras andanzas. También es cierto que hay una repercusión de público aún pequeña. Posiblemente, hay tantos argumentos para estar a favor como en contra. Al fin y al cabo, la mayoría ni siquiera hemos publicado aún un disco largo, a pesar de que casi todos nos acercamos o superamos la treintena. Esto, al fin y al cabo, también puede ser el espíritu de los tiempos. La repercusión a la larga está aún por ver ¿Alguien se acordará de todo esto? ¿Alguien se encargará de alimentar el mito? Vete tú a saber. Hagan sus apuestas.

Manuel González Molinier canta en Hazte Lapón y ejerce de psiquiatra en sus ratos libre. El resto del tiempo ve Mujeres, Hombres y Viceversa. Ya no lee a Carver. Ahora es adicto a la tele-realidad.

Hazte Lapón y Espiritusanto en El Juglar

Publicado el 19 marzo 2012 por LaFonoteca

Hazte Lapón se forman en Madrid en 2009 pero hasta el 2010 no se ponen en marcha definitivamente, año en que empiezan a dar conciertos para presentar su primera demo “Las Fatigas del Querer” (Hazte Lapón, 2010). Pronto consiguen llamar la atención, llegando a telonear a las Aias en el décimo aniversario de la sala Ocho y Medio o a las Charades en Londres dentro de la programación de conciertos del festival independiente de cultura española Spain NOW!, cuya parcela musical se había encomendado a nuestra sección londinense ese año. Tras publicar “Bucles” en un recopilatorio de la revista Plástica, en febrero de 2011 sacan su último single hasta la fecha, con las canciones “Romance en la oficina”, pop luminoso de guitarras, de dramático fraseo y con un sorprendente final con toque afrobeat, y “Alejandra Andrade (Je préfère Françoise Hardy)”, que introduce toques de bossa-nova en el sonido lapón. Unos meses después, “Astrología Universal”, que ya había sido destacada por Radio 3, es elegida para abrir el vinilo recopilatorio “No te apures mamá, es solo música pop” (LaFonoteca, 2011) que editamos en esta casa.

Hazte Lapón lo conforman Manuel González Molinier (voz, guitarra), Saray Botella (teclados, voces), Jesús Rodriguez (bajo, coros), David Ripoll (guitarras), Omar Razzak (guitarras, ukelele, banjo), Rosa Ponce (batería), y la reciente incorporación de Abigail Roule (trompeta). Actualmente se hayan enfrascados en la grabación del que será su primer largo, en los estudios DGR Sónica a los mandos de Raúl Querido. Como aperitivos, la versión de Ricchi e Poveri en formato semi-acústico, para el programa Bodega Tuyus de Miqui Puig y este concierto donde presentarán “El baile de la medusa”, sencillo de adelanto.


Espiritusanto es un nuevo grupo madrileño formado por Reyes García (voces) y Pablo Hernández (guitarras y programaciones), antiguos componentes de Portonovo, junto con Andrés Federico (que se complementa con Reyes en las voces y teclados), Jorge López (bajo) y Juan Rey (guitarras). Recientemente acaban de editar un EP digital de tres canciones grabado a finales de 2011 en los estudios Narita de Madrid y que han llamado como su corte inicial, “Nadar a crol”. Canciones con un deje shoegazer que serán presentadas en sociedad en este su primer concierto.

Cartel diseñado por Luis Sonido Muchacho

Datos del concierto
viernes 23 en El Juglar
Apertura de puertas, 22h
Coste: 6€
Afterparty con LaFonoteca Azul Alcachofa

¿Vivir de la música?

Publicado el 8 marzo 2012 por Raúl Alonso

Cuando alguien se ha preparado en un campo determinado o tiene aptitudes para algo concreto es más que razonable que aspire a poder desarrollarse profesionalmente hasta poder vivir de ello. Cierto es que tal y como están las cosas uno parece incluso tener que agradecer el tener un puesto de trabajo, pero no hace demasiado tiempo estábamos acostumbrados a oír esta frase en distintos ámbitos. ¿Y en el musical? Es de suponer que alguien que cultiva una pasión tan grande por la música habría de dejarlo todo si tuviera la más mínima oportunidad. ¿Seguro? ¿Aun teniendo un trabajo bien remunerado y/o que nos gusta? ¿Es esto posible o simplemente irreal? Nos ceñimos, por supuesto, a lo que todos conocemos como escena independiente, porque como bien indica Saray, de Hazte Lapón, oncóloga, a pesar de los pesares “a David Bisbal no le va nada mal, la verdad”.

Anntona, de Los Punsetes, productor audiovisual, no lo duda: “Me encantaría probar, al menos uno o dos años, aunque no creo que me alejara del todo de mi trabajo, que me gusta bastante”. Tampoco parece pensárselo demasiado Marc, publicista y diseñador gráfico al frente de uno de los grupos revelación del año pasado, Doble Pletina: “En caso de que me alimentase, sí”. Ahora bien, ¿es esta pretensión básica posible? Anntona es rotundo: “No. Apostaría a que el 90% de los grupos que te gustan actualmente no viven de la música. De hecho estoy seguro que un buen 70% de ese 90% pierde dinero haciendo música”.

Bueno, pues voy a ello. Rodrigo de Triángulo de Amor Bizarro, uno de los grupos más punteros de nuestra escena, define la situación como para ir tirando y con suerte: “No ves ningún futuro a largo plazo, pero vas haciendo cosas mientras dure”. Marina de Klaus & Kinski, autores ya en febrero de uno de los discos del año, nos muestra un panorama mucho más desalentador: “Imposible. No sé dónde está el punto, pero vivir con lo que nosotros facturamos, no se puede”.

Una de las claves la apunta Guille Wild Honey, quien también trabaja en el sector audiovisual: “Creo que no existe una red profesional real. La clase media es inexistente, pero es un problema estructural; no hay ni público, ni circuito de salas consolidado, ni una idea de explotar música de manera seria, por ejemplo, en el extranjero”. Hugo de Prisma en Llamas y Margarita, diseñador gráfico, cree que el problema es endémico: “Este país siempre ha funcionado de una manera un tanto oscura frente a la cultura”. El reivindicativo Raúl Querido, empleado en las oficinas de una conocida cadena de televisión, va un paso más allá y apunta a la Administración sin exculpar a la sociedad, de la que por cierto, todos formamos parte: “No deja de ser una manifestación de fenómenos bastante generalizados en nuestro entorno, como la dejadez y el enchufismo de la Administración, el nepotismo extremo de prácticamente toda la sociedad, y la habitual falta de aprecio por la cultura o las formas de ocio que se salen un poco de lo habitual”.

En los casi tres años que estuve viviendo en Londres, pude observar que, al igual que aquí, tan sólo se fantasea con la posibilidad de vivir de la música. La competencia es brutal y las cifras que se mueven ahora nada tiene que ver con las de antes. Pero a diferencia de en España, sí que parece existir un tejido industrial que lo hace factible. Guilhem Fraisse, nuestro técnico de sonido en los conciertos que organizábamos allí nos contaba que era poco menos que imposible llegar. Pero también nos contaba cómo su grupo Black Cherry iba a tocar en Glastonbury el verano siguiente. No hace falta ser muy espabilado para saber que la proyección que te da tocar en Glastonbury, aunque sea a las cuatro de la tarde, no es la misma que la que te da tocar en el Contempopránea… pero, ¿y en el Primavera Sound o en el FIB? ¿Tanto nos cuesta vender nuestros productos al exterior? Si atendemos a la repercusión que tienen nuestros vinos o nuestro aceite fuera de nuestras fronteras, la respuesta parece clara: sí. Volviendo a la música, que aún Latinoamérica siga siendo un terreno por explorar es bastante sintomático; como lo es que el mismo grupo de Guilhem, a pesar de las artimañas de las que se sirviera su manager para conseguirlo, haya logrado ya girar por Estados Unidos o, sin ir más lejos, que un grupo como A Grave With No Name, a quienes ví en un pubeto junto a otras veintipico personas más, vayan a tocar en La Boite en Madrid la semana que viene. ¿Hechos aislados? Me temo que no. Los grupos anglosajones están más acostumbrados a girar, y en numerosísimas ocasiones, aunque nos escueza aceptarlo, esto se sigue percibiendo encima del escenario.

¿De veras no hemos mejorado nada en todo este tiempo? ¿Tan malos emprendedores somos? David Rodríguez (La Estrella de David), que lleva en la brecha desde la eclosión del indie en España, nos confiesa que es profesional por accidente: “¡Y que dure! En los 90 ni por accidente ni por hostias. Ahora, claro, estoy al borde de la miseria. Pero bueno, como la mayoría de los españoles”. Parece, por tanto, que algo vamos aprendiendo porque, dicho sea de paso, estos accidentes cada vez son más frecuentes; aunque también lo es que muchos respondan, como bien indica Lolo de Hazte Lapón, psiquiatra, al hecho de entrar en un círculo de influencias y reconocimiento: “Evidentemente, esto sólo está al alcance de algunos grupos. Por eso hay gente que ha tocado veinticinco años y está viviendo de la música ahora, cuando sus amigos y colaboradores han constituido el circuito que domina la programación de festivales”.

Entonces, si eso de que el directo era lo que iba a salvar a los músicos de la crisis discográfica era mentira, ¿ahora qué hacemos? Según Raúl Querido, la solución a corto plazo pasa por la especialización en actividades relacionadas: “Difícilmente se puede vivir de los directos, pero al menos creo que se debería poder vivir de las actividades de corte profesional y especializado relacionadas con lo anterior: produciendo buenos discos, organizando buenos directos… Está por ver”. Eso mismo pero en otro marco laboral es lo que indica Guille: “El tiempo y el esfuerzo que le puedo dedicar a la música es muy limitado. Dejaría mi trabajo si pudiera tener perspectivas de hacer algo relacionado con la música pero en una industria real, algo tipo hacer música para televisión o publicidad”.

Está claro que uno los factores que preocupan a nuestros entrevistados a la hora de plantearse pegar el salto es la inestabilidad económica. Marc asegura que “como cualquier autónomo, no tener garantías de cobrar en un futuro ni un sueldo fijo al mes” serían algunas de las principales contras, aunque como bien indica Raúl “hablar de estabilidad laboral es ya casi utópico”. Laura, también en Doble Pletina y profesional de uno de los sectores más sumidos en la crisis, la arquitectura, piensa al respecto: “Vivir de la música en España es muy difícil, como lo es vivir de cualquier profesión hoy en día en este país. Si pudiera vivir de la música estaría seriamente preocupada por mi futuro laboral, del mismo modo que lo estoy ahora”. En este sentido, Rodrigo dice estar contento con la decisión tomada: “Nada nos asegura, tal y como está el panorama, que si hubiésemos continuado en los trabajos que teníamos antes estuviéramos mejor económicamente que ahora”.

Dejando de lado el aspecto pecuniario y atendiendo a exigencias creativas, entramos en un terreno repleto de interrogantes. Raúl Querido afirma que dejaría su profesión por la música, con matices: “No me convence enfocar mi faceta como compositor e intérprete de manera profesional, por lo que ello impone de servidumbre creativa”. Lolo incluso ve sus ventajas en el hecho de no vivir de ello: “Puedes imponer tu propio ritmo y ser totalmente selectivo con tu propio material. No sentirte en la necesidad de hacer canciones para un público masivo permite también hablar de todo cuanto quieras”. La música convertida en trabajo; Jaume, de Doble Pletina, ingeniero ferroviario, sentencia: “Mejor no mezclar negocios y placer”. Incluso para otros, como Saray, la música no es más que un hobby: “Si la música me diera para vivir dejaría de ser atractiva para mí”. Eso sí, un hobby al cual se le dedica mucho, mucho, pero que mucho… tiempo. ¿Compensa la pechada?

“Lo bueno es que tu música no se ve afectada nunca por temas comerciales y económicos. Hay libertad absoluta. Entiendo que cuando vives de ello hay una parte que implica hacerlo con miras comerciales y eso puede afectar un poco a tu creatividad. Eso sí, hay que hacer malabarismos con la organización de tu tiempo. Pero esto se vive con alegría”, dice Hugo. Para Lolo, hacer música es un forma de vivir: “Yo no podría dejarla hoy y dedicarme a mis pacientes como si nada. Incluso para la música más minoritaria hace falta una dedicación y una constancia que nada tienen que ver con un hobby al uso. La música es una forma de vida”.

El tiempo, la hora, ¿¡qué hora es!? Dilucidamos de todo este embrollo que poderse dedicar a la música en exclusividad también tiene sus ventajas. Rodrigo no se arrepiente: “Hacemos lo que queremos, a nuestro ritmo y no tenemos jefe, y en cierta medida dependemos de nosotros mismos”. Anntona abre la caja a un universo de posibilidades: “Supongo que si me dedicara plenamente a la música lo haría todo mejor: tocaría mejor, compondría más, cuidaría más los directos y los discos y sería algo más ambicioso en general”. ¡Qué desazón! ¡Qué de potencial desperdiciado! Pronto nos alivia de este sufrimiento: “Ninguna de esas cosas está garantizada, al menos en mi caso”.

¿Está entonces nuestra música condenada a ese amateurismo que tanto nos gusta según qué propuesta? Lolo replica: “Cuando Faulkner escribía mientras trabajaba en un prostíbulo, ello no le convertía en un amateur. Cuando la música es un simple entretenimiento no funciona, se nota porque se extingue ella sola”. ¿¡Se va a extinguir la música!? “Si tuviera que volver a trabajar en otra cosa, pues tampoco pasaría nada. Música voy a seguir haciendo siempre”. Me quedo más aliviado tras estas palabras de Rodrigo. La única certeza es que el trabajo no nos hará libres.

Raúl Alonso es cofundador y director de LaFonoteca