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Fruta de Primavera, o la festivalización de la música en directo

Publicado el 14 febrero 2012 por Xabel Ferreiro

Imagínese que va usted al mercado del barrio a comprar unas cerezas. Aunque sabe que hay alternativas más cómodas y baratas, usted es un tanto romántico y aprecia el bullicio y la variedad de colores y olores que ofrece una visita al mercado. Además, no le importa pagar un poco más por una fruta de buena calidad y una esmerada atención al cliente. Tras esperar pacientemente el turno en el puesto de su frutero de confianza, le pide medio kilo de cerezas. Con una sonrisa de oreja a oreja y tras su mandilón verde, el señor Manuel López, con treinta años de profesión a sus espaldas, selecciona cuidadosamente las mejores cerezas, las más dulces y sabrosas. Las mete en una bolsa de papel y las pesa en su báscula, cerciorándose de que sigue tan certero como siempre en el cálculo intuitivo de pesos y medidas. Usted saca la cartera y alza jovialmente la voz:

—¿Qué se debe?

—Espere –contesta Manuel—, aún no he puesto todas las demás frutas del lote. Me falta algo de manzana, ciruela, piña, albaricoque, grosella, fresa y fresón, plátano, kiwi, melocotón, pitahaya, breva, melón, aguacate, níspero, pera, frambuesa y una buena sandía.

Ante su cara de pasmo, Manuel López le explica la nueva técnica de mercadotecnia:

—He decidido vender la fruta por lotes, así el cliente se beneficia de una relación cantidad-precio inigualable.

—Ah, qué buena idea —responde usted un tanto desconcertado— pero verá, lo cierto es que a mí sólo me apetecen unas cerezas y además no quiero gastar tanto dinero. ¿Podría venderme usted únicamente lo que le he pedido?

—No, es que si las vendemos sueltas nadie querrá comprarlas en el lote —argumenta Manuel—. Anímese caballero, verá como no encuentra nada igual en el mercado.

—Ya, si entiendo la lógica del asunto pero lo cierto es que las fresas me empalagan y las ciruelas me sientan mal. No me importaría quizás llevarme una sandía, o unas brevas, pero no tiene ningún sentido hacerme con el lote entero, no creo que pueda comerme todo eso antes de que se pierda. No lo voy a disfrutar y acabaría empachado.

—Pero hombre, ¡si le estoy ofreciendo una selección sin igual! —Replica Manuel—: toda su fruta local favorita, género importado de primera calidad, lo último en el campo de la fruticultura y algunos grandes clásicos.

—Sí, sí, ya veo —comienza usted a desesperar—. Las manzanas son todo un fiestón, los kiwis tuvieron su momento cuando llegaron a España hace años pero ya han perdido su encanto, la grosella me suena que es como un fruto silvestre pero no estoy seguro, y de la pitahaya no he oído hablar en mi vida. Agradezco el trabajo de selección pero es que ya le he dicho que preferiría llevarme sólo las cerezas.

—Pero piénselo bien, ¿no ve que es una oferta inigualable? ¿Dónde va usted a encontrar tanta variedad y tal cantidad de frutas por este precio?

—No, si viéndolo en esos términos lleva usted razón, pero es que a mí me gusta comer tranquilo, sin la presión de tener que acabármelo todo en sólo unos días. Me da la sensación de que si compro su lote me sentiría agobiado ante tanta oferta y no sabría bien qué elegir en cada momento. Es más, sinceramente, no creo que las condiciones de almacenamiento y conservación de toda esa variedad de fruta sean las óptimas. Aguacates y melones tienen necesidades distintas y usted me las quiere vender mezcladas en el mismo paquete.

—Bueno, haga lo que quiera —cambia el gesto don Manuel—, pero permítame que le diga que va usted listo porque cada vez hay menos sitios que vendan la fruta por separado. Esta fórmula está muy de moda últimamente y se está empezando a aplicar en todos lados. Hasta en el pueblo más pequeño y aburrido se puede usted encontrar con un lote de productos de temporada, aunque ninguno alcanza las cotas de calidad que yo ofrezco, claro está.

—Mire, déjelo, ya me buscaré otro frutero.


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