Publicado el 21 noviembre 2012 por Fernando Fernández Rego
“El amor nos hará perros”
En el 1994 Surfin’ Bichos ponían el telón. El cansancio era grande, muy grande, y la ilusión ya no era la misma. Tras la publicación de “El Amigo de las Tormentas” (RCA, 1994) llega el fin. El grupo ya ni realiza gira y la promoción es prácticamente inexistente, la discográfica tampoco es que los apoyase con fuerza.
En 2006, doce años después de la separación, Surfin’ Bichos vuelven a reunirse para realizar una gira de despedida por la geografía española con los cinco componentes de 1994. La productora La Nube Studio, retrata la gira, centrándose en los últimos cinco conciertos. Un trabajo en doble DVD dirigido por Rogelio Abraldes y producido por Carlos Valcárcel que nos transporta al pasado. En el primer DVD nos encontramos con el documental propiamente dicho y en el segundo, dedicado a los extras, imágenes inéditas de los directos del 89, trece canciones de la gira de reunión del 2006, el relato de Fernando Alfaro “Buzos Haciendo Surf” y muchas cosas más. Problemas de copyright impidieron que el documental estuviese parado unos años, pero por fin en 2012 podemos disfrutarlo.
En cien minutos se recogen los mejores momentos de aquellos conciertos y un montón de reflexiones de los miembros del grupo sobre la banda, los motivos de su separación y cómo volvieron a juntarse para esta gira.
Un retrato íntimo –disfrutar de Alfaro guitarra acústica en mano entonando “Mi refugio” es emocionante- que nos permite, al igual que el libro “Sermones en el Desierto” (Avant Press, 2003) de Jota Martínez Galiana, conocer de primera mano la historia de uno de los grandes grupos nacionales de todos los tiempos. Un grupo que conoció el éxito y el fracaso, que asumió la derrota con determinación, y cuyos componentes encontraron en la música la manera de alcanzar la redención.
Aún recuerdo cuando en 2006 abrió el Fotomatón. Cómo no recordarlo si desde su inauguración hasta que me marché un año después a vivir a Londres nos pasamos allí los fines de semana enteros. Mis recuerdos de esa época son un tanto vagos. Recuerdo el humazo que lo inundaba todo, recuerdo al de la camisa blanca -nunca supimos si tenía una sóla o varias-, al que Javi le pegó un gancho de derecha mientras hacía uno de sus bailes acrobáticos… pero, sobre todo, recuerdo que era un sitio con un criterio musical inusitado con gran querencia hacia la escena nacional; tan pronto podías escuchar Animal Collective o Akron / Family como El Niño Gusano o Chucho. Buenos tiempos.
Sitio como era habitual de reunión, no es extraño que en uno de esos encuentros se fraguase, tercios en mano, esta criatura. O al menos la intención de ponerla en marcha. La conexión con el Fotomatón se seguiría ampliando una vez de regreso de Londres, ya en 2010, con la organización del que sería nuestro primer concierto en Madrid, el estreno de nuestros amigos de Tigres Leones junto a Los Ingenieros Alemanes. El sonido de la velada seguramente no fuera el mejor de la historia, pero yo recuerdo el concierto con especial cariño. En cierto modo, el hecho de que saliera tan bien nos animó a seguir adelante en esta parcela.
No crean que este ejercicio de nostalgia es gratuito, hay una explicación. Y es que seis años después el Fotomatón sigue dando guerra, dando rienda suelta a distintas iniciativas como la de La Butaca del Foto, su sección audiovisual, que en esta ocasión quiere rendir un bonito homenaje al programa que marcó a toda una generación: “La Bola de Cristal” (1984-1988, TVE). Está claro que la nostalgia que pueden despertar la Bruja Avería, la Bruja Truca, el Hada Video, Maese Cámara y Maese Sonoro es ilimitada. Como lo es el elenco de pirados al que este programa dio cabida de manera única e irrepetible, educando a los más pequeños con las locuras creativas de Alaska, Santiago Auserón, Kiko Veneno, Loquillo, etc.
Durante tres días por el Fotomatón pasarán distintos colaboradores para expresar sus impresiones sobre el programa y sus diferentes secciones. El lunes 28 se dedicará a Los Electroduendes, y ahí estará todo un especialista como Nico Grijalba aka Aviador Deluxe. Al día siguiente, será el turno de las secciones relacionadas con montajes de imágenes de archivo y escenas de ficción: El Librovisor y La Cuarta Parte. Gente tan reputada como Jesús Ordovás, David Saavedra (Rockdelux) e incluso el mismísimo Paco Quintanar, principal documentalista del programa, hablarán sobre ello. Y, por último, el miércoles 30 será el turno de la música. Ahí estaremos unos cuantos, -Jorge Obón (El Telescopio), Luis Brea, Juan Santaner (Marxophone) o yo mismo- charlando sobre las actuaciones en directo y los videoclips que se emitieron en el programa, también de los que produjo el mismo.
Poco puedo adelantar por la parte que me toca. Aparte de mi punto de vista personal como persona que no vivió el programa (soy del 82) pero que adora los 80 españoles, prepararé una serie de entrevistas a varios personajes involucrados intentando huir de lugares comunes, que es el riesgo que tiene tratar un tema tan manido como el de La Movida y sus derivados. Desde luego la iniciativa lo merece. Están todos invitados.
Detalles del evento
Lunes 28, martes 29 y miércoles 30 a las 20 horas. Entrada libre.
Fotomatón: Plaza Conde de Toreno, 2. Metro Plaza España. Madrid
Afterparty con Man Pop DJ y DJ Krla con las mejores canciones de La Movida. Evento en Facebook
Raúl Alonso es cofundador y director de LaFonoteca
Publicado el 15 mayo 2012 por Manuel González Moliner
Cuando en petit comité comenté que estaba preparando un artículo sobre escenas musicales, desde LaFonoteca no parecieron muy entusiasmados, la verdad. Aunque hubo algún resoplo, se me insistió en que podía hablar de lo que quisiera y bueno, pues al final de eso mismo es de lo que he querido hablar. Cierto es que el asunto está un poco manido, pero no es menos cierto que algo hay en él que siempre provoca prurito y, si el objetivo es generar debate, hay que decir que el debate sobre las escenas no está apagado. Bueno, tampoco encendido, la verdad. Más bien echa algún hilillo de humo de vez en cuando. Se ha convertido en algo así como una fuego fatuo, un asunto fantasmagórico.
Hace poco, un twittero con el original nombre de “indiegnado” (los sagaces juegos de palabra con el “indie” están apunto de superar al “funk” en cantidad y calidad) clamaba ante sus ¡cuatro followers! contra “la absurda microescena madrileña pop de Solletico, Rusos Blancos, Hazte Lapón y Cosmen Adelaida”. No puedo evitar ver en esto algo entrañable. Yo soy de la idea de que en España es imposible alcanzar el éxito sin que haya un grueso de gente que te deteste. La pena es que sólo hubiera cuatro testigos ante tal arremetida. Pero me ha vuelto a surgir la duda, ¿hoy día, hay escena o no la hay? Y más importante aún, ¿a alguien le importa lo más mínimo? Porque al fin y al cabo, ¿cuantas escenas han existido en España? Voy a intentar hacer un repaso rápido y a ver si sacamos algo en claro. Prometo ser lo menos riguroso posible, a ver si así, al menos, le damos chicha a un tema fofo.
Respecto a las escenas pasadas, seguramente la única que todo el mundo tenga clara es La Movida madrileña, aunque posiblemente, nadie sepa ya muy bien qué fue movida y qué no. Todos los grupos parecen haber adoptado el término o renegado de él según conveniencia, y con tanto intento de rentabilizar el concepto, este ha acabado funcionando prácticamente como sinónimo de “música española hecha en los 80”. Los recopilatorios de cuatro cedés de lo mejor de la década han acabado por mezclar la velocidad con el tocino, y aunque aún haya quien se acuerde de las viejas polémicas entre babosos y hornadas irritantes, al final Mamá y Glutamato Ye-yé han acabado condenados a aparecer de la mano hasta el fin de los días. Protagonistas directos como la ubicua Alaska, que igual posa desnuda para una foto antitaurina, sale en portada de la revista Psychologies o hace de tertuliana en la COPE, siempre ha dicho que entonces eran cuatro gatos que salían apedreados de los conciertos patronales y a palos con las fuerzas del orden. No me extraña que no añore aquella época, cuando, con el tiempo, ha sido la que se ha llevado la parte más grande del pastel (al menos, una parte tan grande con la de Almodóvar). Pero entonces, si los grupos no estaban unidos y el público no era tan abundante, ¿dónde estaba la escena? Si que parece cierto que más allá de rivalidades coyunturales y dificultades de un país recién llegado a la democracia, hubo un continuo intercambio de ideas entre artistas, no sólo de la música, también del cine o las artes plásticas. E independientemente de que en lo primeros años la mayoría de los españoles permanecieran aún ajenos a aquella efervescencia, Madrid era un hervidero.
Más que el estilo musical, sometido a contínuo cambio, incluso dentro de una misma banda en un corto espacio de tiempo, lo que los unió fue ese fluir de ideas. Luego las rivalidades no eran para tanto, por ejemplo Javier Urquijo, de Tos, germen de Los Secretos, llegó a ser miembro de los Pegamoides durante un tiempo. Víctor Coyote, de Los Coyotes, daba al respecto una visión interesante: En esa época no había suficientes rockabillies, suficientes punks, suficientes siniestros o suficientes mods como para abrir un bar para cada estilo, y entonces todos coincidían en la misma sala o en el mismo pub, y el intercambio de opiniones surgía de forma natural. Cuando aquella música minoritaria fue creciendo, las tribus se separaron, las ideas dejaron de mezclarse y ese fue el principio del fin.
Sí puede decirse que La Movida tuvo lugares comunes: fanzines como La Liviandad del Imperdible dieron un pueril pero potente componente ideológico, concursos como el Villa de Madrid abrieron paso a la joven cantera, Ordovás dio salida a las nuevas bandas en su programa de radio, y, de forma natural, nacieron nuevos sellos para sacar los primeros singles de estos grupos. Se abrieron salas, como Rock-Ola, que además de a Ramoncín, abrieron sus escenarios a bandas imberbes, que podían recibir los oportunos gargajos tan de moda en aquellos tiempos, pero también compartir cartel con Echo & The Bunnymen o Spandau Ballet. Más adelante, un interés político por destacar todo aquello como un paso de España hacia la modernidad dio como resultado un programa en la televisión estatal, La Edad de Oro, que además de dar difusión masiva (con sólo dos canales y sin mando a distancia no había guerra de shares) ha quedado como el mejor testimonio de la época. Pocos grupos de aquellos tuvieron carreras largas, y como herencia han quedado algunos discos disfrutables pero también mucha tontería, mirada con muy buenos ojos, y sin embargo, las crónicas ayudaron a darle el lustre que todo mito necesita.
Los 90 parece que están más claros. Indie (antes “música alternativa”) es aquello que salía en el Generation Next de Pepsi, ¿no? Bueno, aquel recopilatorio fue el primer contacto con aquella música que tuvimos muchos adolescentes, pero no hay que ser tramposos. Alternativo era lo que presentaba una alternativa a la música mainstream, aunque luego las marcas comerciales, siempre astutas, enturbiaran el espíritu inicial. Este fenómeno, más descentralizado que el anterior, tuvo epicentros esparcidos por la península. Sabemos que hubo un Xixon Sound, un Donosti Sound, que había escenas más o menos nutridas en Granada o Sevilla. Y también estaban Dover, que eran alternativos al principio, pero luego no, porque tuvieron éxito a partir de un anuncio de la tele, ¿no es así? Aunque eso también les sucediera a Australian Blonde, que eran un icono de aquella eclosión asturiana, junto a grupos como Penelope Trip, Los Locos de Paco Loco o Eliminator Jr. ¿Entonces, en que consistía la escena?
Fran Fernández, que lo vivó todo de primera mano, siempre dudó de que hubiera habido una escena real. Más bien eran unos pocos chavales interesados por nuevas bandas ruidosas, anglosajonas y americanas, como Ride, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr. o Sonic Youth, referentes musicales que no compartían con la mayoría de la gente de su alrededor, lo que los animó a intentar hacerla ellos mismos. Esto posiblemente hubiera sido muy minoritario si no hubieran sido arrastrados por el fenómeno Nirvana, que al desbancar en las listas a Michael Jackson demostró las inmensas posibilidades comerciales de la música underground. Antes de eso, eran tan pocos que en Oviedo, uno de los dueños del bar Movie, que resistía desde del inicio de los 90 (recientemente cerró) me contaba que en esos años se acercaba a hablar con cualquiera que llevara una camiseta de The Pastels. El público era tan escaso que a veces sólo se iban ver los unos a los otros, pero los propios grupos, través de radios locales de escaso alcance, podían pinchar los discos que se traían de sus viajes a Inglaterra o directamente intercambiar en mano las cintas de cassette que grababan. Así lo hicieron Tito Pintado o Ibón Errazquin, introduciendo nuevos sonidos, igual que hiciera Olvido Gara a finales de los 70. Estos fenómenos locales difícilmente se hubieran unificado si no hubieran existido fanzines como Malsonando, nuevos sellos, como Elefant o Acuarela, o concursos de maquetas como los de la revista Rockdelux, donde destacaron grupos como Los Planetas o Australian Blonde, aunque luego fueran premiados proyectos ignotos, como el grupo de hip hopEat Meat. En aquellos primeros años, la prensa tuvo mucho importancia a la hora de apoyar a los nuevos músicos, valorando la novedad y el riesgo por encima de aspectos más discutibles. Una mirada crítica generosa dejó crecer a la bandas, haciendo la vista gorda ante plagios obvios, voces desafinadas, grabaciones apresuradas y letras muchas veces pobres.
Luego vino el tontipop. Eso también parece que fue una escena, ¿no? Y lo que les une está bastante claro, porque el nombre es delator: pop de tontos ¿o para tontos? Con la llegada de Meteosat cantando “Mi novio es bakala”, una horda de niños pijos dieron carpetazo al existencialismo abrasivo y la decadencia loser de los 90 saludando al nuevo milenio con ganas de diversión. Los recopilatorios de lo mejor del año, sin embargo, se llenaron sobre todo de canciones de herencia sixtie y electropop de letras más costumbristas que bobas, influidas por Family y Los Fresones Rebeldes. Aparecen grupos como Portonovo, Ellos, La Monja Enana, Me Enveneno de Azules, Mirafiori o La Casa Azul, muchos de los cuales tendrán una trayectoria breve, que a veces ni siquiera culmina en un disco. Pero radio y prensa, ansiosos de una nueva cosa de la que hablar, prestan atención a este “huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno”, aunque no siempre los tratan con tanta amabilidad como a sus predecesores. Hoy resulta curioso que por tontipop pasara, por ejemplo, un grupo como Astrud, que hablaba de “proyecciones mitopoyéticas” y hacían juegos de palabra con “lounge” y “Lynch” y que, con su pinta de empollones, más bien parecían los listos de la clase. Todo vuelve a ser confuso, pero lo que está claro es que, una vez más, parece que es una imprecisa etiqueta de la prensa la que actúa de aglutinante. La escena es fugaz y muere al poco de nacer, pero eso no es necesariamente un impedimento. Si uno lo piensa, más o menos eso duró el punk británico.
¿Qué pasó después? Pasa el tiempo sin que surja nada nuevo hasta que de repente, un polémico artículo de Rockdelux sobre las nuevas escenas de Madrid y Barcelona, (ignorando al resto de ciudades, por cierto) marcan un nuevo maridaje generacional. Los Punsetes en Madrid y Tarántula en Barcelona, con los sellos Gramaciones Grabofónicas y Producciones Doradas detrás, capitanean un nuevo relevo generacional. Empieza a hablarse de Cohete y de Garzón, de Juanita y Los Feos y de Decapante, de Za! y de Manos de Topo, de El Guincho y de Le Pianc. Pero, ¿puede haber escena entre grupos tan dispares? Si lo pensamos, el punk americano agrupó a Suicide y a Blondie, a Talking Heads y a Television, a Devo y a Patti Smith. Entonces, el nexo común fue una sala de conciertos, el CBGB. ¿Y aquí? Pues no está claro, aunque hay salas en estas ciudades que se convierten en señeras, como es el caso de la madrileña Nasti, quizá la clave para entender comuniones tan eclécticas sea la influencia de internet. Las canciones ahora se pueden oír de forma inmediata, sin necesidad de que exista formato físico, y los numerosos blogs musicales se encargan de pregonar las buenas nuevas y convertir algunas maquetas en vox populi. Puede parecer algo muy desmembrado, pero si hacemos un análisis más a fondo, si que puede decirse que hubo muchos nexos entre los grupos: conversaciones, colaboraciones, splits, conciertos compartidos, miembros que saltan de un grupo a otro. Las relaciones entre ellos son fáciles de rastrear, a través de los amigos que se exhibían en el entonces rutilante myspace. Otra vez, aunque el germen real existe, es un artículo periodístico el que hace de cemento para que los oyente asocien algunos nombres.
Mi conclusión es que ese es el principal punto común en toda esta historia, las escenas existen si se hablan de ellas como tal. Son los cronistas los que convierten a unos grupos más o menos unidos por la afinidad y la coexistencia espacio-temporal en una escena. Entonces, volviendo al principio e intentando responder a “indiegnado”, ¿existe aún esa absurda microescena en Madrid a día de hoy? ¿La hubo en algún momento? ¿La va a haber en el futuro? Supongo que eso dependerá de que alguien quiera contarlo así. Muchas de las personas de generaciones anteriores puede que frunzan el ceño, es ley de vida. También George Harrison dijo que iba a dejar la música cuando surgió el punk. Si establecemos similitudes con otras escenas, haberlas, haylas. Hay un concurso de grupos revelación del festival Contempopránea donde aparecen en puestos destacados grupos como Rusos Blancos, Cosmen Adelaida, Los Ingenieros Alemanes, Alborotador Gomasio o Ed Wood Lovers, hay un bonito disco llamado “No te Apures Mamá, es Sólo Música Pop” (LaFonoteca, 2011) donde muchos de esos nombres se repiten, añadiéndose otros como los Solletico, Los Autócratas, Raúl Querido o Betacam y un concierto de presentación de este disco, con un lleno absoluto de la sala Siroco y un centenar de personas que se quedan a las puerta. Hay un blog (y radio) como Aplasta Tus Gafas de Pasta, en cuyos recopilatorios y fiestas pueden rastrearse las primeras grabaciones y actuaciones de algunos de estos grupos, así como los primeros debates sobre la presencia o no de una nueva escena. Hay continuas colaboraciones y nexos, hay nuevas publicaciones, como Jenesaispop, que han dado cuenta, aunque tímidamente, de estas primeras andanzas. También es cierto que hay una repercusión de público aún pequeña. Posiblemente, hay tantos argumentos para estar a favor como en contra. Al fin y al cabo, la mayoría ni siquiera hemos publicado aún un disco largo, a pesar de que casi todos nos acercamos o superamos la treintena. Esto, al fin y al cabo, también puede ser el espíritu de los tiempos. La repercusión a la larga está aún por ver ¿Alguien se acordará de todo esto? ¿Alguien se encargará de alimentar el mito? Vete tú a saber. Hagan sus apuestas.
Manuel González Molinier canta en Hazte Lapón y ejerce de psiquiatra en sus ratos libre. El resto del tiempo ve Mujeres, Hombres y Viceversa. Ya no lee a Carver. Ahora es adicto a la tele-realidad.