validando
RSS Entradas del blog Últimas Entradas

¡QUEMAD MADRID! (O LLEVADME A LA LÓPEZ IBOR), DE RAQUEL PELÁEZ.

Publicado el 3 julio 2014 por Raúl Alonso

Conocimos a Raquel Peláez hace ya tiempo por su fantástico blog del Milodón e incluso llegó a hacer alguna colaboración con nosotros más ligada a la música española. Es justo comenzar con esto para poner de manifiesto que al enfrentarnos a su libro ya sabíamos por dónde iban a ir los tiros, lo cual, obviamente, nos encantaba. Se han escrito muchas líneas sobre Madrid, recientemente y sin cesar sobre lo supuestamente hipster y lo que no, la enésima disertación sobre La Movida, las mil y una listas de los mejores -ponga un sustantivo aleatorio- de la ciudad… Pero se echaba en falta, o al menos yo lo echaba, un retrato generacional con los ingredientes que en este “¡Quemad Madrid! (O Llevadme a la López Ibor” (Libros del KO, 2014) se reúnen: diversión no exenta de crítica social, mordacidad, psicología y desnudez personal.

Al igual que Carmen (de) Posadas hacía ese repaso a la fauna y flora de la tardomovida en “Yuppies, Jet Set, La Movida y Otras Especies” (El Papagayo, 1987) desde un punto de vista más socioeconómico (aunque de manera muchísimo más superficial y no por deliberadamente snob, con más gracia), Raquel Peláez se atreve a erigirse como retratista de una generación, la de los nacidos entre mediados de los 70 y principios de los 80 (año arriba, año abajo) algo perdida y falta de tótems. Y esto es importante, aunque no crucial, porque si bien el lector de edad no comprendida en este rango pueda quedarse fuera de ciertas cuestiones -no sentirse uno de nosotros al leerlo-, sí que puede encontrar en estas líneas la distancia suficiente y el interés necesario como para aproximarse a ello sin sentirse espantado, más bien lo contrario. Porque lo de Raquel es con ojos de viajera pero con el plus de ser residente y militante, combinación de Lonely Planet particular y bitácora personal de una superviviente inquieta en una ciudad inhóspita y cálida a partes iguales como Madrid.

Escudriñando cada uno de los rincones, acudiendo a los lugares típicos, pero también alejándose de ellos, adelantándose a ese fenómeno de gentrificación, dulce cuando tiene que serlo, mordaz e hiriente cuando procede, Raquel hila ideas y conceptos con gran destreza y maestría y gracias a ello y a su precisa mirada de bisturí de cirujano se aproxima más a una suerte de Baroja con retranca gallega (ejem, perdón, berciana) que a una simple cróniquita meliflua repleta de nostalgia y batallitas. Al fin y al cabo, nunca nadie ha descrito mejor Madrid que alguien de fuera, lo cual entronca y mucho con la idiosincracia de la propia ciudad. Y Raquel lo vuelve a demostrar con creces.

En este recorrido por los sitios menos turísticos de la ciudad, veáse el caso de barrios como el de La Elipa, pasan de manera natural personajes ligados a la música y grupos tales como Loquillo y Burning. Por supuesto que hay un capítulo entero dedicado a Malasaña y se tocan, aunque sin demasiado énfasis, aspectos de La Movida (pequeña aseveración lapidante de El Zurdo inclusive) pero en los modos de vida, en los barrios y los locales, se huye, aquí sí, de lugares comunes. Uno puede encontrar cartas abiertas a personajes tan dispares como Christina Rosenvinge o David Summers al mismo tiempo que se frecuentan sitios como Ciudad Pegaso, por citar uno que me toca de cerca por familia, donde por cierto -y me da la impresión es una de las pocas cosas que Raquel no conoce- Fabio McNamara se crió. La pasión con la que escribe Raquel nos hace desear estar por igual junto a Carmen Martín Gaite y su refugio en El Boalo como junto a Carlos Boyero y su refugio en el Sylkar (de las mejores tortillas de Madrid, lo digo con conocimiento de causa). Historia, arte, literatura… Pocos detalles se le escapan a esta madrileña de adopción que confiesa haber pasado su primer verano en Madrid a la fresca dando vueltas y leyendo un libro en la circular.

Pasando las páginas de “¡Quemad Madrid!” uno tiene el doble (qué digo, triple; o cuádruple, no sé) placer de disfrutar las historias personales en las que Raquel nos enreda, querer descubrir la infinidad de lugares que describe y se nos escapan, sorprenderse por la innumerable cantidad de anécdotas históricas bien traídas que relata y, desde el punto de vista que en este blog más nos interesa, constatar la vinculación de la ciudad a una grandísima y vigente escena musical. Ilusiona que las historias de Raquel tenga una banda sonora -su banda sonora, por supuesto- y esperamos que el valiente que se atreva a hacer el siguiente retrato también le de una importancia capital a la música como en este libro se destila.

“¡Quemad Madrid!” no sólo es una lectura perfecta para el verano, desestresante y refrescante, sino un libro imprescindible para cualquier madrileño, donde madrileño adquiere aquí el término más amplio posible: oriundo, residente, simpatizante, crítico y turista.

“El cielo azul es un emblema de Madrid y una de las pocas cosas que la ciudad aún ofrece totalmente gratis.”

“Madrid, que siempre fue un resumen larguísimo de todas las ciudades españolas, que tiene un bar con el nombre de cada pueblo de Iberia, por fin acepta que ser un pueblo grande -y no La Movida- es lo que la ha convertido siempre en la ciudad más divertida de Europa.”

¡Quemad Madrid! se presenta hoy mismo en Tipos Infames (San Joaquín, 3) con la actuación en acústico de Marcos Rojas, líder de Los Claveles. No podía ser de otra manera. Sale editado por Libros del K.O. con prólogo de Santiago Lorenzo y simpáticas ilustraciones de Alfonso Zapico.

Música Para Leer – Apasionados de la Música

Publicado el 3 abril 2013 por TGL

En esta ocasión nuestra sección Música Para Leer se centra en dos títulos de reciente aparición. Sus autores comparten la condición de apasionados de la música, a la que han convertido, de una u otra forma, en su razón de ser profesional: El primero como periodista y el último como ejecutivo de sellos discográficos.

JINETES EN LA TORMENTA
Diego A. Manrique
Espasa, 2012

Ahora que ya no le dejan hablar desde su Ambigú, queda tan solo la posibilidad de disfrutar de Diego A. Manrique por medio de la palabra escrita. Colaborador habitual de El País, el libro recopila sus contribuciones para este periódico y su suplemento dominical durante estos últimos años, de los que recuerda, según cuenta ya al final en los agradecimientos, la tensión a la que se veía sometido para entregar los textos en el plazo estipulado por el periódico y la satisfacción de leerse una vez publicados.

Revisa en sus páginas trayectorias de un sinfín de grupos y artistas, presenta entrevistas y compara detalles de la carrera de varios de ellos. Generoso como es el libro en su grosor, tiene espacio suficiente para tratar a mucha gente, agrupando la enorme lista en diferentes secciones: Música negra, sección de malditos, de “colosos”, de tropicalias y un último rincón en el que cabe sobre todo cuestiones alrededor de The Beatles pero que termina con la reseña hecha al libro de un compañero, Xavier Valiño y su estudio sobre la censura sobre las portadas de discos, “Veneno en dosis camufladas. La censura en los discos de pop-rock durante el franquismo” (Milenio, 2012).

Sorprende quizás lo reducido de la sección dedicada a grupos españoles, capítulo que el autor titula precisamente como Los Mejores Años de Nuestra Vida. Este apartado se limita a un texto dedicado a la madrileña sala El Sol, recuerdos para artistas ya desaparecidos (Antonio Vega, Carlos Berlanga, Enrique Sierra, Álvaro Urquijo), escritos sobre el tándem Serrat-Sabina, Fito, Kiko Veneno y una entrevista a Bebe que recuerdo haber leído con gusto en su momento en el suplemento dominical del periódico. Es esta última precisamente ejemplo de cómo le gusta a Diego A. Manrique presentar sus interviús. Poco amigo de mostrar el resultado de sus careos con los artistas con un simple listado de preguntas y respuestas, el autor empapa los textos con sus impresiones y su personal lectura del estado anímico del que tiene delante.

Introduce además a modo de presentación o comentario previo a cada texto un pequeño fragmento en el que, junto a los detalles para situar cronológicamente el momento en el que se escribió, no tiene problema alguno de reconocer, si procede, posibles equívocos o injusticias en lo que se publicó entonces. En ocasiones aporta curiosas anécdotas no incluidas en el texto original y que, en caso de creer a pies juntillas, nos informan por ejemplo de las sospechosas insinuaciones a las que se vio sometido por Lou Reed.

Sirve de mucho el texto de este “Jinetes en la Tormenta” -o al menos a mi me ha servido- para situarse en la historia de nombres que muy probablemente en otros foros, o presentado por diferentes guías, no me hubieran despertado demasiada curiosidad: Michael Jackson, Madonna, Prince, Amy Winehouse, Rolling Stones, Bee Gees, históricos del rock clásico o grandes damas del blues… De igual forma resulta todo un deleite dejarse llevar por la descripción que hace el periodista de la producción de The Clash en general y de lo contenido en los surcos de vinilos indispensables como el “London Calling” (CBS, 1979). Pocos mejor que Diego A. Manrique para contarnos todas estas cosas.

CINTAS DE CASSETTE. La Cara B de la Música
Óscar García Blesa.
Editorial Bubok, 2013

Sostiene Óscar García Blesa que su libro es un recorrido vital; un vistazo atrás recién cumplidos los 40; un balance de lo vivido. Esta especie de road movie existencial trae, eso sí, la música como excusa e hilo conductor, y así la narración queda vertebrada a partir de conciertos, discos y bandas que por una u otra razón le dejaron alguna impronta. El aficionado a cuestiones musicales reconocerá además el crédito otorgado a obras como “High Fidelity” (1995), la novela escrita por otro enfermo de los vinilos como es el autor inglés Nick Hornby. Son continuas las referencias a espacios comunes como la construcción de listas, la disposición de los capítulos del libro a modo de canciones de una selección en cinta de cassette grabada o la inclusión de citas de diferentes momentos de la historia de dicho libro.

Es  su pasión por la música precisamente la que llevó al autor a montar un fanzine desde muy temprana edad, con el que se hizo con la excusa ideal para entrevistar a muchos de sus ídolos musicales del momento y conseguir pases de prensa para conciertos y festivales. Muy probablemente además fue la misma afición la que determinó su futuro profesional, el de directivo de compañías como Warner, RCA y en la actualidad de Real Networks. Su implicación directa en las entrañas de la industria discográfica abre un más que interesante punto de vista desde el que está escrita esta historia. Consciente quizás del papel de “malo” que muchas veces parece jugar este perfil en el mundo de la música, no rechaza el parapeto que le brinda Kiko Fuentes, directivo de Warner y compañero del autor en su paso por la compañía, en el prólogo inicial.

Lejos de entorpecer con todo ello el relato general, Óscar ofrece al lector momentos impagables e irrepetibles, impensables para el común de los mortales, de su contacto con muchos de los grandes nombres de la música. Comienza por ejemplo el libro con los preparativos frustrados del concierto que Alejandro Sanz iba a dar en la gala de los premios Grammy en versión latina con un MTV Unplugged que tuvo que retrasarse como consecuencia de los atentados al World Trade Center de Nueva York. Se cuentan las peripecias vividas aquellos días, en los que el grupo de directivos allí destacados terminaron como “refugiados” por una noche en la casa de Antonio Banderas y Melanie Griffith. Más adelante se relata cómo tuvo que lidiar el autor y protagonista del libro para sobrevivir a la tensión impuesta por las exigencias del séquito de Madonna en su visita a España.

Pero no es el texto una lista de anécdotas con notables de la canción. Donde realmente radica a mi juicio lo interesante de las historias que se cuentan es en el factor humano, entrañable que se ponen de manifiesto, tanto del artista como del fan del mismo. Valga como muestra el capítulo que comienza con el concierto que dio Nirvana en el Pabellón del Real Madrid de baloncesto y que termina con la descripción de una barbacoa en la casa de la madre de Dave Grohl, integrante primero de dicho grupo y posteriormente de Foo Fighters, en la presentación de un disco de esta última formación: “Desde que llegamos a su casa por la tarde, y hasta que nos marchamos de madrugada, no mencionó ni una sola vez qué tipo de planes teníamos previsto llevar a cabo en nuestros respectivos países con “In Your Honor” (Roswell / RCA, 2005). Entendía y nos lo hacía saber con su actitud que sabríamos qué hacer con su disco. Mostró respeto por nuestro oficio del mismo modo que lo exigía con sus canciones. De verdad, y parece difícil de creer, aquella noche sólo intentó caernos bien. Evidentemente lo consiguió“.

Contadas con sincera agilidad y simpatía (recomiendo encarecidamente la lectura del relato del viaje para visitar en el Palacio de La Moncloa al entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero de un autobús lleno con artistas como Alejandro Sanz, La Oreja de Van Gogh, Café Quijano, Amaral, Alex Ubago, Estopa, Andy y Lucas, David Bisbal y Mago de Oz) atrapa leer cómo se desmorona la desconfianza de Jota (Los Planetas), conmueve la incomprensión de David Summers (Hombres G) al ver cómo su carrera en solitario no termina de despegar, el agradecimiento de un grande de la canción italiana como Claudio Blagioni ante la confianza depositada en él por el sello o la camadería con las bandas “menores” que tienen en nómina.

No son sólo bandas o artistas que el autor haya tratado por cuestiones laborales las que desfilan por las páginas del libro. Se habla de Bruce Springteen y sus giras en concierto en España, del gusto personal para con la Credence Clearwater Revival o Canned Heat, de las escuchas de discos de Depeche Mode en una estancia en los EE.UU., de Coldplay…

No desperdicia la ocasión para lanzar dardos al bando de la independencia cuando ésta se comporta de forma poco consecuente o intransigente: “Qué aburrida es la independencia más recalcitrante cuando insiste en poner zancadillas a las buenas canciones por el simple pecado de ser piezas populares. Las canciones se construyen para hacer que la gente lo pase bien y se emocione. Disfrútenlas sin prejuicios. Viva la vida“.

Este libro parece por su parte escrito precisamente desde el disfrute de la música. Recomendable y mucho para enfermos con síntomas similares.

TGL es físico investigador y administrador de LaFonoteca

El Punto G

Publicado el 20 mayo 2012 por José E. Rubio

Es probable que el fenómeno de Hombres G en el panorama de la música pop-rock nacional no haya sido aún suficientemente estudiado. No seré yo quien, desde este espacio dedicado a las relaciones entre el cine y la música, se atreva a explicar los motivos del carisma y la vigencia de David Summers, Javier Molina, Daniel Mezquita y Rafa Gutiérrez, ni de las pasiones que han arrastrado a millones de fans a lo largo de España y Latinoamérica y que han mantenido su legado durante treinta años, incluyendo diez de ausencia discográfica y en directo.

Pero sí me detendré en su debut cinematográfico, “Sufre Mamón” (Manuel Summers, 1987), insólita pieza de cine musical que se arrima y esquiva, una y otra vez, a todos los tópicos y tendencias del género haciendo bandera de la amistad, el compromiso, la monotonía y la estrechez de miras como claves para el éxito. “Somos muy normalitos, todo empezó como una cosa de amigos” y frases similares (a recitar con voz arrastrada y cierta chulería castiza) se repiten una y otra vez a lo largo del metraje.

Es evidente que una película como “Sufre Mamón” sólo puede disfrutarse desde una óptica naif, nostálgica o trash. Surgida en plena efervescencia de la fama de la banda, cuando sus dos primeros álbumes superaban el millón de copias vendidas, dirigida por el padre del líder del grupo y realizador poco sospechoso de incorrección política (algún día habrá que analizar con detenimiento su personal cine de la pubertad pre-liberación sexual) y con no menos de cuatro Summers más repartidos entre el guión y el reparto, debería haber sido una triunfal hagiografía, una celebración eucarística repleta de canciones que se rindiera al talento y al gancho musical de sus cuatro protagonistas. O, siendo aún más ambiciosos, un delirio pop a mayor gloria de la banda que emparentara el film con los experimentos visuales de Richard Lester con los Beatles o, sin ir más lejos, de las películas de Los Bravos.

Nada más lejos de la realidad. Amén de ofrecer el lógico puñado de canciones que harían las delicias de los fans y que convertían algunas de sus proyecciones en auténticos happenings de cánticos colectivos (según narran los afortunados testigos de la época), la película carece de dinamismo, de excitación hormonal, de delirio silvestre o de punch visual. Como mucho, contiene ciertos toques de comedia gamberra adolescente, como el sensacional comienzo en el que David y Javi torturan a los curas del Menesianos o de curiosidades como los comienzos protopunks del grupo, a la sombra de Los Nikis. Sorprende ver a los Hombres G (por entonces, Los Residuos) con camisetas de The Clash o Dead Kennedys mientras arañan guitarrazos a “La cagaste Burt Lancaster”. Asimismo, Summers (padre) jamás hace ver que el grupo posea algún tipo de habilidad musical, a pesar de que cada actuación deja ver el indudable olfato de Hombres G para crear melodías directas y pegadizas, adobarlas con desvergonzadas referencias pop y rematarlas con unos estribillos irresistibles.

Sin embargo, el verdadero punto G de la película reside en un detalle que le hace alejarse de su propia insignificancia y asomarse con cautela a la vanguardia.

Ya de por sí, no es demasiado habitual asistir a biopics en que los propios artistas se interpreten a sí mismos (y no me refiero a una ópera rock, al rodaje de un concierto o a un documental, sino a un film de ficción que narra la forja y la ascensión de la leyenda de los biografiados). Pero además, “Sufre Mamón” apuesta por plasmar en pantalla los fantasmas liberados de la canción que le otorga su nombre (cuyo título real, “Devuélveme a mi chica”, siempre fue eclipsado) adaptando el argumento de su letra e introduciéndonos sin aviso, sin pistas y sin rupturas de puesta en escena o de guión, en la cabeza de David Summers, en sus ensoñaciones, en la pequeña ocurrencia que se transforma en soplo de inspiración y logra hacerse inmortal. Incluso llega al extremo de regalarnos, en la que resulta ser la mejor escena de la película, un plano cerrado de David durante el mágico momento en que escribe las líneas que todos sabemos recitar de memoria: “Estoy llorando en mi habitación / todo se nubla a mi alrededor / ella se fue con un niño pijo / en un Ford Fiesta blanco / y un jersey amarillo”.

Y ese instante de creación artística surge de la improbable imagen de Ricky Lacoste, líder del ficticio grupo Fiebre Amarilla y villano de trazo grueso sublimado por las musas de David, némesis del grupo e ideal de lo que Hombres G querían y estaban a punto de obtener: el éxito musical, la admiración por su sensibilidad en el escenario y por su adorable toque macarra fuera de él y, lo más importante, un harén (o ganado, según se indica en la cinta) de chicas-cocodrilo a sus pies.

Por supuesto, no falta el esperadísimo momento en que el grupo ataca con polvos pica-pica a Ricky y quema su jersey con un petardo, rematado con un combate de boxeo en el que David triunfa y logra eliminar al fantasma que le impedía realizar sus sueños y amenazaba con llevarse a su novia “zorra y pedorra”. Un papel que fue interpretado por Marta Madruga, compañera sentimental de toda la vida y a la sazón esposa de David, sin ninguna experiencia previa (ni posterior) en el cine, sugiriendo así malévolas implicaciones sobre el demonio de los celos surgidos del subconsciente.

Y así, de inesperada y tal vez inconsciente manera, Summers narra el proceso de creación artística de un tema fundamental en la historia de la música española, estableciendo además renovados vasos comunicantes en la relación entre música y cine, entre una canción y una película, entre realidad y ficción.

José E. Rubio es analista cinematográfico y de marketing, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo