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El Diván Musical: El Proceso Creativo

Publicado el 22 febrero 2012 por S. J. Persa

¿Habéis pensado alguna vez las cosas que se ponen en juego cuando escuchamos música y cuando la creamos? Pues sentaros un rato en nuestro diván musical.

Si revisamos los textos escritos sobre música y psicoanálisis, no encontramos mucho, pero podemos adaptar conceptos que nos permiten una lectura distinta del proceso creativo.

En primer lugar, la música es la experiencia de lo inefable. Está claro que los sonidos que componen la música están articulados, combinados por el artista de acuerdo a una lógica y a una estética. Es decir que esta inefabilidad se manifiesta por sonidos encadenados en secuencias, tiempos, ritmos, silencios, etc.

Dice Freud en su “Presentación Autobiográfica” (1925): “El artista, como el neurótico, se había retirado de la insatisfactoria realidad al ámbito de la fantasía, pero, a diferencia de aquel, se las ingeniaba para hallar el camino de regreso y volver a hacer pie sólidamente en la realidad. Sus creaciones, eran satisfacciones fantaseadas de deseos inconscientes (…) Pero, a diferencia de los sueños, asociales y narcisistas, estaban calculadas para provocar la participación de otros seres humanos, en quienes podían animar y satisfacer las mismas emociones inconscientes de deseo”. ¿Sabíais que Freud no se atrevió a analizar la música porque padecía de uno de los muchos tipos de amusias (deterioro o pérdida de la capacidad de reconocer o evocar elementos musicales) y como consecuencia, no sentía ninguna emoción con ella?

Desde Freud sabemos que todos los seres humanos tenemos pulsiones, que son procesos que empujan al organismo hacia una meta. La pulsión tiene una fuente de excitación corporal (estado de tensión) que todas las personas necesitamos descargar a través de algún medio. Aunque existen varios tipos de pulsiones, entre ellas encontramos la pulsión de muerte, dirigida en un primer momento hacia el interior tendiendo a la autodestrucción, y en un segundo momento hacia el exterior en forma de pulsión agresiva o destructiva y la pulsión de vida o Eros, dirigida a conservar la existencia.

La creación artística es uno de los medios de descarga de las pulsiones que todos los humanos utilizamos. A esto se le llama sublimación, es decir, un proceso mediante el cual canalizamos nuestras pulsiones sexuales hacia fines no sexuales, es decir, hacia objetos socialmente valorados, como la música, la pintura, la escritura… Así, una persona con una pulsión sexual más voyeurista, podría sublimar siendo, por ejemplo, fotógrafo.

En la creación musical, el artista está desvelando todo su mundo interno, y su inconsciente sale a la luz con mucha menos represión que en nuestro día a día. En grupos musicales esto es aún más complejo ya que se ponen en marcha no un inconsciente sino dos, tres, cuatro… dependiendo de los integrantes que formen el grupo, por lo tanto se crea un inconsciente grupal compartido. ¿Pero qué pasa cuando ese inconsciente grupal se exhibe a la luz de los focos de un escenario? ¿Y si además ese inconsciente grupal es aclamado por un público? Que todos los inconscientes de cada uno de nosotros empiezan a compartir puntos comunes, como si de una tela de araña se tratara, creando una experiencia grupal e individual difícil de explicar con palabras, donde pareciera que el que está escuchando se siente también escuchado, reconocido en las emociones que el grupo transmite, aunque no siempre significa lo mismo para unos que para otros, ya que los inconscientes son muy suyos y muy nuestros.

Así en los conciertos, se puede ver gente cantando, intentando seguir la canción, interpretándola con gestos… La repuesta emocional es inmediata. La euforia, la melancolía, la ira o la calma que transmite la canción se convertirá también en “mi” euforia, “mi” melancolía, “mi” ira o “mi” tranquilidad, aunque realmente no hay fusión real con el otro, la melodía no es mía, ni soy el artista que la toca y esto puede generar sentimientos de muchos tipos, envidia, alegría, tranquilidad. La música nos sacude, nos acaricia, nos golpea, nos atraviesa… no hay ciencia que pueda explicar este hechizo que la música plantea, ni las heridas que nos deja.

TAB y Lüger en el AfterARCO 2012

Publicado el 22 febrero 2012 por Raúl Alonso

Como continuación a la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid nacía este año el festival Enjoy After Arco vinculado de manera más que acertada a la sala Joy Eslava. Desde la organización, a la hora de desgranar los objetivos de su nacimiento se esgrimía la necesidad de dar una continuidad nocturna, buscando una programación “arriesgada e interesante, alejada de lugares comunes”. No parece que escoger a Los Planetas para amenizar la velada con sus discos cumpla precisamente esta premisa, pero en lo que al apartado de directos se refiere no pondremos objeción alguna, pues aunque Triángulo de Amor Bizarro pueda resultar a estas alturas una obviedad, también lo es que actualmente es, de largo, el grupo más en forma del panorama musical español. Y es que estamos hablando del único grupo capaz de adoptar la posición que otrora ocuparan Los Planetas, su carácter totémico y referencial.

De primeras costaba asimilar que desde un marco como el que estamos tratando se apostase de una forma tan tajante por las guitarras en detrimento de la música electrónica, mucho más ligada a la modernidad. Con la cabeza como aquella canción de Blas y Las Astrales uno se podría imaginar un afterparty lounge chill out de caras estiradas y música aséptica. Pero ahí estaban las guitarras, demostrando que ahora mismo son tendencia.

En una sala tan agradecida como la Joy Eslava -probablemente la de mejor sonido en Madrid- los de Boiro desplegaron todo su arsenal de ruido, aunque con un puntito menos atronador de lo esperado e incluso con una nitidez inusitada en las voces. Además de un repertorio plagado de hits -con mención especial a “El himno de la bala”, “Amigos del género humano” y la más celebrada por el público “De la monarquía a la criptocracia”- tuvieron tiempo de probar hasta cuatro nuevas canciones, dos de ellas englobadas en su vertiente más punk de guitarras aceleradas, y otras dos -a priori más interesantes para un servidor-, de tinieblas y oscura gravedad. Su presencia, con una cada vez más locuaz y pizpireta Isa como líder indiscutible sobre el escenario, la batería incontestable de hits, y la entrega de una legión de fans dispuestos a darlo todo en cada uno de sus conciertos, hacen que estos devengan en fiestas inolvidables.

Mucho más arriesgada fue la elección al día siguiente de Lüger, quinteto madrileño que no para de crecer y cuyo techo se establecerá donde ellos quieran, en un momento en que todo el mundo parece coquetear con el kraut, pero ninguno de una forma tan rabiosa y vehemente como ellos. Como aquellos Acid Mothers Temple que telonearan en junio de 2010, se mostraron hipnóticos y apabullantes, capaces de provocar sentimientos encontrados entre sus pasajes de sosiego y aquellos otros de regurgitante desenfreno. Cohesionados como nunca, inmutables como siempre, hicieron válido aquello de parecer un grupo de fuera. Y van…

La Bodeguita Musical de Antonio Marzaski: Fournier

Publicado el 20 febrero 2012 por Antonio Marzaski

Este mes se cumplen dos años del fallecimiento de Ramón Echeverría, líder de Fournier, prometedora banda de pop multiinstrumental de finales de la década pasada. He de decir que, a pesar de que musicalmente hablando Fournier no me entusiasma demasiado (esas melodías pastosas, esas guitarras lacias, ese oboe insufrible…), raro es el día que no me levanto recitando (más que cantando) una de sus canciones. Porque es sobre todo por sus letras por lo que Fournier será recordado. Y éstas se las debemos al malogrado genio de Ramón Echeverría.

Echeverría, jugador impenitente de tute y músico precoz (empezó a componer bien pronto, aunque nunca se supo cómo consiguió su padre introducir aquellas maracas en el vientre materno), fue encontrado muerto tal día como hoy, el 14 de febrero de 2010, en su domicilio de Collado Villalba, Madrid. Fuentes de la agencia EFE apuntaron entonces a que pudiera haberse tratado de un suicidio, aunque la Guardia Civil ni confirmó ni desmintió nunca este punto. Las circunstancias que rodean el asunto, dos años después, siguen siendo misteriosas.

Fue la mujer de Ramón Echeverría, Marga, la que halló el cadáver. Según su testimonio su marido estaba ahorcado en el cuarto de baño, el pecho cosido a puñaladas, los pies metidos en una bañera a medio llenar con el agua electrificada por una radio sumergida y aún enchufada a la pared, las muñecas cortadas y sangrantes, las piernas manchadas de mierda, probablemente reacción espontánea al ahorcamiento o a la electrocución o a las puñaladas o al desangramiento, un agujero de bala perforándole la sien y el cuerpo hinchado de alcohol y barbitúricos. En la mano izquierda sostenía una pistola humeante y en la derecha una nota en la que podía leerse “me he suicidado”.

Dejando de lado las zonas oscuras del suceso, está claro que Echeverría padecía graves trastornos mentales, tales como estrabismo, esquizofrenia paranoica, asma, por no hablar de sus turbador don para la papiroflexia. Por todo ello no es de extrañar que no pudiera leer bien de cerca, que su atormentado mundo interior se viera reflejado en sus letras, que a veces le costara respirar y que fuera capaz de modelar la cara de Chus Lampreabe valiéndose de un Din A4, una colilla y polvos de talco.

Fournier, además de las maquetas que Echeverría grabó en solitario con su guitarra y sus maracas antes de que el grupo se consolidara como tal, únicamente cuenta con dos discos en su trayectoria, pero en ambos Echeverría se revela como el letrista más sorprendente y conmovedor de los últimos años en el panorama nacional. El menos conocido “Sardinas” (Grabaciones del Orto, 2009) fue editado por la independiente Grabaciones del Orto en el 2009. Le siguió “Rodaballo” (EMI, 2010), con el que dio el salto a la multinacional EMI un año después. Su tercer disco de estudio, “Lubina”, nunca vio la luz debido a la tragedia.

Ramón Echeverría, buzo de profesión, compaginaba sus tareas en el grupo, donde componía todas las canciones, con su trabajo de profesor de submarinismo en Cercedilla, en la sierra de Madrid. De los demás miembros de Fournier, que eran en realidad meros ejecutores de las composiciones de Echeverría, poco se sabe. No aparecían en la fotos promocionales, en las que Echeverría posaba solo, por lo general embutido en su escafandra, la mirada demenciada perdida dentro del casco.

Los miembros del grupo, a los que Echeverría se refería como Los Asesinos, no se sabe si debido a una de sus múltiples manías persecutorias o a que ése era en realidad el nombre artístico de la banda, sólo hacían acto de presencia en los conciertos, y durante todo el tiempo que estaban tocando mantenían ocultas sus caras bajo pasamontañas negros. Permanecían envarados, sin más movimiento que el necesario para hacer sonar sus respectivos instrumentos, detrás de un Echeverría que agitaba sus maracas con gestos lentos de submarinista. La banda estaba compuesta por un batería, un bajo, dos guitarras, un pandereta, un oboe, un organillo, tres violines y un violonchelo. Se sospechaba que uno de los violines era en realidad una cabra, porque andaba a cuatro patas, era peludo y de vez en cuando otro de los violines se agachaba para darle un puñado de hierba seca, pero esto no son más que conjeturas irresolubles, pues el pasamontañas mantuvo siempre al más enigmático de Los Asesinos, al igual que a los demás, en el más absoluto anonimato.

Me hubiera gustado poner un enlace a uno de los vídeos del último disco de Fournier, pero por motivos de derechos de autor me ha sido imposible. La verdad es que son varios los vídeos destacables de la banda, pero hay uno en especial, “Percebes”, en el que se puede admirar una interesante coreografía dirigida por el mismo Echeverría. En ella aparecen una pandilla de emos, pelotas de playa y un par de osos polares. La angustia vital del autor madrileño es casi palpable.

Ya que no hay vídeo, voy a transcribir aquí una de mis letras favoritas, críptica a la vez que emotiva, titulada “El Rodaballo”. Es la canción que da título a su último disco de estudio y de la cual que se rumorea que fue la última que compuso antes de morir.

El Rodaballo, FOURNIER

A mi lado en la orilla permaneces
donde no hay palabras

Buceo en el mar junto a los peces
donde no hay palabras
donde no hay palabras.

Vi bailar al rodaballo
vi una orgía de arenques
vi campos de corales
y al as de bastos tuve fallo.

Donde no hay palabras
donde no hay palabras.

Te vi atragantarte con una merluza
y olí sin querer las bragas de tu madre.

Donde no hay palabras
donde no hay palabras.

Si aparezco muerto entre mis heces
ha sido la cabra
ha sido la cabra.